El pecado de Zapatero

Óscar Celador
Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas

Las dos últimas legislaturas han sido las más tensas en las relaciones entre el Estado y la Iglesia católica de nuestra historia democrática, pues la jerarquía eclesiástica ha respondido con declaraciones muy duras ante los medios de comunicación y liderando las manifestaciones organizadas para protestar contra la aprobación de algunas políticas impulsadas por los gobiernos de Zapatero (que formaban parte de su programa electoral) en terrenos como la familia, la educación o la bioética.

Ahora bien, al mismo tiempo que la jerarquía católica calificaba públicamente las políticas impulsadas por el Ejecutivo socialista como laicistas y enemigas de la libertad religiosa, ha negociado hábilmente con ese mismo Gobierno la mejora de sus privilegios en numerosos terrenos. Durante las dos últimas legislaturas el dinero público ha seguido financiando las escuelas concertadas católicas, la enseñanza de la religión ha continuado impartiéndose en las escuelas públicas y los presupuestos generales han continuado financiando generosamente la conservación de iglesias y catedrales porque forman parte de nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, pese a que en la práctica su uso sea privado, entre otros muchos ejemplos. Y por si esto no fuera suficiente, en este periodo el Estado ha aceptado responsabilizarse económica y laboralmente de los profesores que imparten enseñanza de la religión católica en la escuela pública, como si de un servicio público más se tratase, y convertir en indefinida en el tiempo y mejorar considerablemente la financiación que recibe la Iglesia a cargo del erario público.

En este contexto, el principal pecado de los gobiernos de Zapatero ha sido haber dejado pasar la oportunidad de reformar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, pese a que dicha regulación carece de los instrumentos necesarios para solucionar los problemas derivados del pluralismo ideológico y religioso que se ha instalado en nuestra sociedad. Decía Sócrates que los buenos gobernantes no son los que llevan cetro, sino los que saben mandar, y a la vista de los hechos queda claro que Zapatero ha claudicado ante la tiara papal.