Egipto, más allá de la matanza en el estadio

Luis Matías López
Periodista

Hay más dudas que certezas sobre la peor matanza en Egipto desde la revolución que derrocó hace un año al dictador Mubarak, pero los sucesos del estadio de Port Said reflejan el campo de minas de la transición a la democracia. Pese a unas elecciones relativamente limpias, está lejos de alcanzarse el objetivo de la revuelta de Tahrir, que inspiró movimientos similares en el mundo árabe y alentó a indignados como los del 15-M.

El Ejército, teórico garante del cambio, conserva escandalosos privilegios, el monopolio de la violencia, la impunidad para torturar y detener de forma arbitraria y el abuso de los juicios militares. Su pasividad y la de la Policía en el estadio, las denuncias de encerrona para vengar la hostilidad con la Junta de los seguidores del club Al Ahly, y el precedente de la matanza de coptos en octubre alientan la sospecha de que lo ocurrido, más que un estallido incontrolado, fue fruto de una conspiración en toda regla.

La masacre, y los disturbios y la represión subsiguientes, desacreditan el mensaje «o nosotros o el caos» de los militares, responsables últimos del caos. Los manifestantes reclaman que rindan cuentas los responsables directos de lo ocurrido, el titular de Interior, el primer ministro y la propia Junta. Es un clamor la exigencia de que el Ejército, al que se identifica con un antiguo régimen, vuelva a los cuarteles. Sin embargo, hay mucha distancia entre el espíritu de Tahrir y el Egipto profundo, ya que los comicios dieron a los islamistas tres de cada cuatro escaños (¡un 2% para mujeres!). Los revolucionarios están más cerca de las democracias laicas occidentales que de modelos inspirados en la sharía y, aunque los Hermanos Musulmanes no propugnen una república islámica y los radicales salafistas escondan sus garras, es obvio que la confesionalidad tiñe la acción política islamista. La Hermandad también exige responsabilidades, pero su principal interés podría ser un pacto de no agresión con los uniformados que se haría más visible en la próxima elaboración de una Constitución y la elección de presidente.

Así, quienes ganaron en Tahrir la batalla contra la dictadura pueden perder la guerra por construir un Egipto más libre y justo. Si la calle no lo impide.