Entre la espada y la pared

En realidad, a nadie le gustan los que son distintos: los extranjeros, los pobres, los inmigrantes, los enfermos, los homosexuales, los adversarios políticos, los que no creen en la vida eterna o creen de una manera distinta. A nadie le gustan: a veces, tras la fascinación previa, algo similar al efecto de la piedra imán, llega un hastío inexplicable. Los peores radicales son los conversos. Los peores enemigos han amado antes lo que odian.
La empatía exige un esfuerzo casi sobrehumano. Una especie como la nuestra, que mide la importancia de los conceptos a través del lenguaje, le ha dado muchos nombres. Misericordia, con su toque de dulzura y entrega. Compasión, o caridad, para quienes no sólo sienten, sino que también entregan. Solidaridad, esa palabra leve y ya gastada, que no indica nada sino un estado de ánimo afín.
En el estricto sistema de emociones regladas occidental, estos han sido los días en los que el consumismo se entremezclaba con las más nobles emociones. Es sencillo el respeto en la distancia: exige imaginación y un leve trazo de generosidad. A los que son distintos, en cambio, ni el respeto, ni la solidaridad sirven de mucho. Sin arroz, no hay paraíso.
En realidad, las decisiones importantes arrinconan entre la espada y la pared a quienes se ven afectados por ellas. Es preciso decidir no sólo un estilo de vida, sino un código de creencias con un cierto grado de flexibilidad. El justo para cambiar de opinión si, por alguna causa, nos toca cerca un extranjero, un pobre repentino, un homosexual, un enfermo. En el mundo de la customización, nada es eterno, salvo lo que parece radical. El problema de las emociones no tiene nada que ver con el sentimiento: en realidad, se relaciona con nuestra capacidad para el cinismo.