Melocotones helados

Hay días peores que los de esta semana para que se colapsen los aeropuertos, pero no muchos: en un día como hoy, por ejemplo, la horrible Terminal 4 madrileña rebosa de viajeros que se desplazan con enormes maletas cargadas de presentes y de comida, de niños que se aburren y lloran y dan guerra, de mascotas, las pobres, asustadas y encerradas en sus transportines. En definitiva, de personas que no acostumbran a subirse a un avión de manera habitual y, por lo tanto, no saben que ya no pueden acarrear latas de bebida, ni un perfume, que retroceden ante el arco detector para desprenderse primero del cinturón y luego de la cartera y, por último, de los zapatos. Gente normal y corriente que, a diferencia de los neuróticos viajeros constantes, entre los que me incluyo, aún conservan la capacidad de sorpresa ante las estupideces a las que nos somete la seguridad aérea.
Como en mi Melocotones helados, alguien que debiera estar de nuestra parte y cuidarnos se convierte en un destructor enemigo: cumplimos las normas, todas las normas, puntualidad previa, metales y líquidos, cantidades astronómicas por un zumo. Ellos no.
Ellos atraviesan por una encubierta huelga de pilotos que hace que mi avión se retrase dos horas en un vuelo nacional, porque quien debía ir en cabina no se ha presentado. Nos mantienen en pie, en una fila, sin una explicación, hasta que una azafata, abochornada, nos lo cuenta y nos dice que sus órdenes son las de mentir. En mi avión vuelan dos niños, un invidente, varios ancianos. Un perrito dócil. No hay indemnización, ni siquiera el compromiso tácito de la honestidad. El sobrecargo nos anuncia que por avería del avión todo se ha retrasado.
Él sí miente. Por un momento, recuerdo que soy una cliente. En teoría.