Opinion · Dominio público

Izquierdas, Pangloss y el ‘jam’ democrático

Luis Moreno

Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de ‘Europa sin Estados’

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de ‘Europa sin Estados’

Con la renuncia de Juan Carlos I, ¿se completa la transición iniciada tras la muerte del general Franco? ¿Sigue todo igual con la próxima entronización del príncipe Felipe? ¿Nos lleva este fatigoso tránsito institucional a una refundación de la democracia en España? ¿Es momento para consensuar y refrendar un nuevo orden constitucional? Tales preguntas son variaciones sobre un mismo tema reformuladas en diversos sectores de las opiniones pública y publicada españolas.

Cual sesión jam jazzística, una vez emprendida la composición pautada y acordada en 1978 por los actores implicados en desatar lo que el dictador había dejado «atado y bien atado», se abre ahora un período de improvisación más o menos encajado por nuestro pasado reciente. Los solistas o secciones intervinientes no sólo pueden desarrollar nuevas desviaciones armónicas, sino acaparar incluso un protagonismo determinante en la recreación musical de la partitura original.

Tras la convulsión electoral producida por las últimas elecciones europeas, y la consiguiente renovación de los intérpretes políticos, los tradicionales partidos de izquierda han visto surgir pujantes organizaciones que reclaman su propia participación orquestal. Los nuevos integrantes auspician una variante hot —principalmente en la sección de viento— cuya génesis musical se fraguó en la larga noche del 15 de mayo de 2011. Aquella movilización que se desatendía como brindis a la luna de unos jovenzuelos en la Puerta del Sol madrileña se ha plasmado en un voto cuantificado en millones.

Las izquierdas españolas son numerosas no sólo en siglas y estatutos partidarios. Algunos de sus rasgos distintivos —capillismo y chiringuismo— han sido desplegados con fruición desde 1975. En el caso de la izquierda comunista ha primado una pugna en aras de la verdad ideológica, ejemplificada en el largo proceso de reajuste del PCE/IU desde los tiempos de la frustración electoral del 15 de junio de 1977. Con posterioridad, las distintas dirigencias, tanto a nivel estatal como regional, se han entregado a un cainismo inagotable en la recomposición de las cuotas de influencia estratégica de las familias internas. En paralelo a tal ensimismamiento ideologista, no pocos reputados comunistas pasaron a abrazar la causa socialdemócrata —y los cargos de responsabilidad— en mérito al pragmatismo del reformismo felipista.

El partido de Pablo Iglesias (PSOE) siempre se preocupó por proyectar una cultura organizativa de unidad hacia el exterior. Pero ya antes del Congreso de Suresnes (1974) proliferaban sensibilidades articuladas en torno a la obtención de prebendas orgánicas e institucionales y, en mucha menor medida, a causa de diferencias ideológicas o estratégicas en la lucha final por el socialismo democrático. Llopistas, tiernistas, convergentes, renovadores (felipistas), pretorianos, críticos, apparatchiks (guerristas), beautiful people, vaticanistas o, más recientemente, los denominados bambis, son algunos epítetos que han identificado a diversos grupos en su dura pugna por el poder político interno y externo.

No interprete el lector, por contraposición, que las formaciones de la derecha española han estado al pairo de luchas intestinas. Todas las modernas formaciones políticas están asociadas a las ampliamente estudiadas prácticas del cierre elitario y la oligarquización partidaria. Pero la capacidad para aunar voluntades y quebrar personalismos en el AP/PP ha fructificado en la configuración de un omniabarcante catch all party (partido cógelotodo), el cual ha fidelizado votos desde el centro hasta la extrema derecha fascistoide. Su despliegue en la performance jazzística del tránsito democrático ha provisto de un molde sincopado y cool reacio a cambios altisonantes. Parece como si para la derecha conservadora ya disfrutásemos del mejor de los mundos posibles, como proclamaba Pangloss, el célebre personaje volteriano. No hay peor receta que el pesimismo infundado y a España le va bien, se concluye.

Sucede que el bipartidismo dinástico español ha pasado en unos meses de sumar más del 80% del sufragio electoral a quedarse por debajo del simbólico umbral del 50%. Además se denota una evidente desafección por el sistema de partidos establecidos y una mayor atención al discurso de los partidos de reciente creación. Ante tal contexto puede optarse por el fraseado monocorde de seguir como estamos sin proponer novedades, o quizá improvisar secuencias diferentes para que la audiencia electoral disfrute de un repertorio musical que enganche e ilusione.

La coyuntura aparece propicia para legitimar la refundación democrática en España. Una negociación interpartidaria entre fuerzas representativas según los últimos resultados electorales, bien podría fructificar en un acuerdo a someter eventualmente al pueblo español en forma de referéndum constitucional con tres reformas necesarias y suficientes para proseguir el jam democrático en España. A saber: (a) salvaguarda de los derechos humanos como seña de identidad de los valores civilizatorios europeos; (b) promoción del Estado del Bienestar según el modelo europeo de cohesión social y creación de valor añadido; y (c) constitucionalización del estado federal plural aplicando los principios europeos de la subsidiariedad territorial y la dación de cuentas democrática.

Podrá argüirse que semejante programa de negociación, con el fin de consensuar un texto constitucional para someter a la aprobación de los españoles en los próximos meses, es un ejercicio inútil de candidez política. Empero, nuestro pasado de rivalidades y enfrentamientos destructivos es una variable demasiado independiente como para empeñarse en tocar la misma pieza musical a pesar de la incorporación de innovadoras secciones instrumentales. Es mejor optar por un jazz fussion melódico y legitimado.