Dominio público

Transgénicos: una opinión desde el campo

Agustín Mariné

AGUSTÍN MARINÉ

16-11-07-javier-olivares.jpgLamento mucho la aparición de un escrito en esta página de Dominio Público, firmado por dos diputados de ICV (Público, 7-11-2007), considerando que definitivamente los transgénicos resultan desastrosos para nuestra civilización. Tanto, que es preciso oponerse a ellos, como si de algo maligno se tratase. Pues bien, resulta que los médicos y los farmacéuticos los están usando en numerosos procesos que resultan favorables para la salud. ¿Por qué en el caso de la agricultura hemos de ser tan críticos que no queramos admitir nada de esta nueva tecnología? No estaría de más, por supuesto, trabajar en estos temas a posteriori; es decir, ver qué es lo que estas plantas transgénicas pueden aportar y qué dificultades se presentan al mismo tiempo, caso por caso, de manera que quizás una modificación genética sea muy aceptable mientras otra tenga que ser rechazada. Pero esto es precisamente lo que se está haciendo por parte de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria: evaluar las modificaciones genéticas propuestas y luego autorizarlas o no, según se desprenda
objetivamente de sus estudios.

¿Por qué, pues, los ecologistas y sus diputados se manifiestan tan en contra de toda una nueva tecnología, y en cambio no se esfuerzan por discriminar cada uno de los resultados y cada una de las propuestas para ver si se podía llegar a un acuerdo en ciertos casos? Me parece lamentable que después de tantos años de ensayos y análisis se rechace de plano una tecnología tan prometedora como ésta.

Existen casos en los cuales el resultado ha sido muy satisfactorio: en Canadá se cultivaba hace unos años colza para obtener aceite de freír y de aliñar; pero la composición de este aceite no era demasiado recomendable para la salud por la presencia excesiva de ácidos grasos saturados. Pues bien, los científicos, por modificación genética, crearon un nuevo tipo de colza, llamado Canola, que segrega un aceite excelente. La sociedad canadiense, que no es sospechosa de atraso intelectual alguno, aceptó este aceite en pocos años, y hoy día el 85% del consumo total del país procede de esta nueva planta transgénica.

Tenemos ahora ante nosotros el gravísimo problema de la extinción de los recursos marinos. Resulta que están pescando en todo el globo grandes cantidades de peces salvajes para molerlos y obtener harinas de pescado destinadas a las piscifactorías (sobre todo, las de Noruega). Es decir, que los peces cultivados comen otros peces salvajes molidos. ¿Y esto por qué ocurre? Pues porque no disponemos en el acervo botánico de planta alguna capaz de servir de base a los piensos para piscifactoría, por insuficiente contenido en proteína y baja calidad de la misma. Pero los científicos han logrado ya en una universidad americana, por biotecnología, una soja rica en aminoácidos esenciales que, ésta sí, podrá servir de base a la fabricación de pienso para peces sin necesidad de esquilmar el océano.

Todos los gobiernos mundiales se preocupan ahora por el estado de las aguas, tanto superficiales como profundas, y poco a poco están restringiendo el uso de productos químicos para la protección de las cosechas. Actualmente, en Andalucía se tienen que aplicar (hasta 10 veces al año) insecticidas para controlar los gusanos del algodón. ¿Cómo van a producir algodón en el futuro si no existen insecticidas autorizados o si la contaminación causada por los mismos es excesiva? Pues bien sencillo, cultivando algodón modificado genéticamente y resistente a dichos gusanos (cosa que ya tenemos y bien lo saben en la India, por ejemplo).

Otro serio problema de la agricultura es la competencia de las hierbas en numerosas cosechas. Por ejemplo, en el arroz es imposible evitar la presencia del salvaje, que invade sin remedio los campos que no se repasan a mano. No parece adecuado, en el siglo XXI, obligar a la gente a meterse en el barro hasta la pantorrilla durante horas y horas para eliminar dicho arroz. En el delta del Ebro, dicen que (además) esta práctica cuesta 500 euros por hectárea. Pero es que la biotecnología ha resuelto ya este asunto: tenemos un arroz resistente a herbicida total, que es capaz de discriminar el salvaje del cultivado. La misma técnica puede aplicarse a los maíces y a la soja. Ha resultado un éxito con más de 50 millones de
hectáreas de cultivo en todos los continentes.

Y en cuanto a la llamada contaminación de los campos llamados ecológicos, en el caso del maíz, valdría la pena que reflexionaran un poco: el umbral de tolerancia del 0,9% puede bajarse fácilmente al 0,1% o incluso menos, despreciando una zona tampón un poco más amplia. Científicos del INRA de Francia y de Innopflanze de Alemania dicen que con una barrera de 9 ó 12 metros dicha contaminación es prácticamente nula. Y además el maíz contaminado no es tóxico ni nada por el estilo, tan sólo tiene un gen modificado entre los más de 40.000 que constituyen su patrimonio y se ha comprobado científicamente que dicha modificación es inocua.

Seamos, pues, responsables –los políticos, los primeros– y antes de tomar decisiones tan drásticas, analicemos la realidad caso por caso. Si los agricultores cultivan ciertos transgénicos y las autoridades de Bioseguridad los han autorizado, tengamos la tranquilidad de que no han hecho las cosas para perjudicar ni para contaminar. Antes bien, para ser útiles y mejorar las cosas.

Agustín Mariné es genetista y Presidente de la Asociación General de Productores de Maíz de España

Ilustración de Javier Olivares