Dominio público

La pax euroalemana, asfixia de la soberanía popular y germen de cataclismos

François Ralle

AndreoliConcejal consular de los franceses en España e integrante de una lista ciudadana, Front de Gauche, Écologistes, indépendants (Frente de Izquierdas, Ecologistas, independientes)

François Ralle Andreoli
Concejal consular de los franceses en España e integrante de una lista ciudadana, Front de Gauche, Écologistes, indépendants (Frente de Izquierdas, Ecologistas, independientes)

En la historia de la construcción europea, las turbulencias económicas suelen provocar de manera cíclica una crisis de las instituciones europeas y un repliegue de los Estados sobre sus intereses nacionales. En el marco de la crisis actual, la Europa de los tratados supranacionales parece generar, más bien, una aceleración de la integración europea, según la interpretación única de lo que deben ser sus instituciones por el más influyente de todos sus estados, Alemania. Esa deriva explica la rigidez con la que se ha tratado el "problema griego". Esta visión interesada, desde Berlín o Frankfurt, apoyada por los demás estados miembros como borregos de Panurgo, crearía una supuesta estabilidad financiera liberal necesaria para el crecimiento. ¿No supondría, más bien, este nuevo orden alemán además de un sacrificio definitivo de la soberanía popular el caldo de cultivo de nuevos cataclismos políticos?

Una de las escuelas teóricas de la soberanía del Estado nace en la Francia convulsa de las guerras de religiones y después de la masacre de San Bartolomeo de 1572 donde se asesinó a miles de protestantes. Jean Bodin proponía reforzar la fuerza e independencia del Estado soberano como herramienta de necesaria estabilidad. En un segundo tiempo, la Revolución francesa define la necesidad del reparto por «contrato social» de esta soberanía entre todos los componentes de la Nación, los ciudadanos. Esa participación de todos de la soberanía, con sus requisitos en términos de poderes independientes o contra poderes construidos a lo largo de luchas políticas y sociales (sindicatos, medios independientes, derechos), seria la definición de nuestra democracia moderna. Si observamos la respuesta dada a la expresión soberana del 61% de los griegos, podríamos llegar a pensar que acabamos de destruir este edificio nacional sin sustituirlo por otro a escala europea.

Quizás la construcción supranacional europea hubiera podido edificar una soberanía democrática de un pueblo o de los pueblos europeos, verdadero marco de estabilidad política. Pero esa construcción, como lo recuerda Habermas, ha sido marcada por una asincronía con una integración económica, siempre antepuesta a la integración democrática. El vacío de soberanía lo han llenado con mucho gusto y con el beneplácito de los gobiernos europeos, los mercados y sus herramientas: banco central independiente, agencias de notación, tratados liberales supranacionales. Esta aceleración de la integración económica se encauza en el corsete rígido de la doctrina económica dominante del ordoliberalismo alemán: euro fuerte, recorte del gasto publico, austeridad como solución a las crisis. Es la doctrina económica que asegura, no tanto el crecimiento de la zona euro, más bien lo contrario, pero la estabilidad necesaria para contentar el electorado envejecido de la CDU/CSU de Angela Merkel cuyas pensiones por capitalización privada están en manos de fondos de inversion y necesitan buenos dividendos.

Hemos llegado a esta situación de confiscación del proyecto europeo y de asfixia de la expresión democrática de los pueblos, en parte, por la desaparición del mapa politico de Francia, el actor que conseguía (en función de sus intereses propios claro, pero también de una cierta idea de Europa) equilibrar, hasta ahora, el peso del gigante germano. La foto de un François Hollande, cómplice de la brutal humillación autoritaria hacia Tsipras de Angela Merkel, es emblemática. Que lejos estamos del Mitterrand que ponia condiciones a Khol para la reunificación. Por más que intente comunicar lo contrario, Hollande no ha sido capaz de encarnar la voz de los pueblos del sur y del suyo, que no pueden soportar más recortes de su modo de vida y de su soberanía. Ya había pasado lo mismo con su promesa, en la campaña electoral de 2012, de renegociar el Tratado de Estabilidad firmado por Merkel y Sarkozy, sin cambiarle al final ni una coma, e imponerlo a su pueblo, imitando a su vecino Zapatero quien había introducido la regla de oro y el articulo 135, el año anterior. Hemos llegado a esta situación después de una doble capitulación política al norte de los Pirineos. Por un lado, ha desaparecido la tradición soberanista conservadora del gaullisme que se disolvió, en época de Sarkozy, en un liberalismo clásico, conformandose con las teorías de Berlín/Frankfurt. Por otra parte, la socialdemocracia francesa (y la de todo el continente) desaparece como fuerza capaz de defender una mínima regulación del capitalismo más salvaje. La política de recortes del triunvirato Hollande/Valls/Macron no ofrece nada más que la interpretación de la partitura ordoliberal alemana que aplican sus amigos del SPD alemán gobernando con Merkel al norte del Rin.

Se ha formado de esta manera, en la Europa occidental, una Gran Coalición de la derecha conservadora y liberal, de los socioliberales y de lo poco que queda de los democristianos. Se reforzó este bloque, con la acelerada y precipitada ampliación hacia el Este, incorporando el apoyo de nuevas fuerzas políticas de países donde la democracia es reciente, la luchas sociales y ecológicas balbuceantes y dónde las ayudas europeas y la situación de periferia low cost al servicio de las filiales alemanas parecen crear una suerte de consenso con Berlín.

Esa coalición apisonadora, debemos recordarlo, puso los cimientos de esta pax euroalemana, a través de un primer « golpe » en contra de la expresión de la soberanía ciudadana, después de que en 2005 la población francesa y holandesa rechazaran el proyecto de tratado constitucional europeo, en gran parte, por la dimensión de las medidas liberales y el sacrificio de soberanía que conllevaba. No es exagerado hablar de la puesta en marcha de diferentes mecanismos de asfixia progresiva de la soberanía democrática y de la posibilidad de proponer una alternativa a la lectura económica ordoliberal alemana. Vemos por ejemplo en marcha, estos mecanismos de deriva antidemocrática con la negociación (secreta) del tratado de libre comercio transatlántico TTIP con EEUU respaldado por esta Gran Coalición al completo. Hablamos de una nueva bajada de aranceles (herramienta de protección de un modelo soberano más social), de eliminación de las protecciones del ciudadano como son las normas europeas sanitarias, culturales, y agroalimentarias, y del reconocimiento de la superioridad de los tribunales de arbitraje privados sobre las leyes y la justicia soberana de los estados. Como en el caso de la falsa « negociación » con Grecia, se trata de mecanismos supranacionales puestos en marcha para definitivamente « destronar lo politico » según el sueño de liberales como Hayek. La Europa alemana ordoliberal ha tejido, con minucia, un marco rígido en el que no cabe lo politico u otra política. No caben otros criterios que los del gobierno alemán. No hay margen de negociación con moderados regulacionistas o kenesianos (Tsipras no es nada más que un Mitterrand de 1981 edulcorado sin las nacionalizaciones y con un modesto plan de inversión). No hay margen de negociación moral con los que denuncian la locura de hundir poblaciones del sur, en situaciones de pobreza infantil o paro juvenil inéditas desde las dictaduras y la II Guerra mundial. No existe margen para incorporar criterios medioambientales en una Europa ciega que va hacia el desastre ecosistémico; ni tampoco margen de maniobra para dialogar con el mensaje politico del 61% de la población de un estado soberano. Parece escribirse el ultimo capitulo del « Fin de la historia » de Fukuyama: un mundo tecnocrático donde con una mínima vigilancia reguladora de los hombres de negro, la mano invisible del mercado llegaría a crear crecimiento y bienestar sin perturbaciones políticas externas.

Muchos han demostrado la ineficiencia económica de este planteamiento ordoliberal que no busca la mejora económica de la Europa del sur, sino la creación de nuevos protectorados low cost y el control de la emergencia de políticas económicas alternativas en la cuenca euromediterránea. El golpe a Tsipras es un aviso a Pablo Iglesias. Y es cansino y de mal gusto escuchar el lancinante discurso tecnocrático defendiendo la ejemplar gestión del buen padre de familia alemán Schauble, dando lecciones a los frívolos y perezosos pueblos del sur. Recordemos que el entramado político financiero que gestiona el caso griego y la elaboración de esta pax euroalemana está formado por personas adeptas a las prácticas fraudulentas y no por rigurosos ahorradores pater familias bávaros: Juncker y la organización de una amplia evasión y dumping fiscal europeo en Luxemburgo, Christine Lagarde imputada en el caso Crédit Lyonnais, Draghi, dirigente de Goldman Sachs, banco que ha promovido burbujas, malas prácticas y que maquilló las cuentas griegas, sin olvidarse del mismo Schauble implicado en las cajas negras de la CDU. ¿Nos atreveríamos a hablar de una confiscación de la soberanía popular por un entramado mafioso al servicio de multinacionales con sus correspondientes puertas giratorias? Lo que si sabemos es que este entramado cuenta con la complicidad de los medios de comunicación dominantes, para no cuestionar las prácticas de estos aprendices de brujo.

Pero esta ilusión neoliberal de una pax euroalemana obtenida a golpe de ajustes autoritarios y de  injerencia en la soberanía nacional no funcionará. La negación de la soberanía popular nos llevará de nuevo a guerras civiles y de religiones. El orden euroalemán produce frustración y genera rechazo a las instituciones europeas, que se volverán irreversibles. Produce pobreza (empezando por los 13 millones de pobres alemanes) y nuevos focos de inestabilidad política, difícilmente controlables en el futuro como los que ya se han creado en Ucrania o en el próximo Oriente. Parece igual de ciego y contraproducente este planteamiento desde Berlín, que el de los neocons americanos que de la invasión de Irak nos llevaron a la desestabilización de Siria y de Siria al Estado Islámico. Aquí, en Europa, el autoritarismo interesado de Merkel y Hollande, la foto de la humillación de Tsipras es el mejor regalo que le podían hacer a Marine Le Pen, dejándola aparecer, para la gente humilde desesperada, como la única capaz de llevar el estandarte de la soberanía nacional frente a esta derivad del proyecto Europeo. Danke schoen Frau Merkel!

Las fuerzas del cambio social y ecológico europeas (nuestra vieja « izquierda radical ») han perdido una batalla contra el orden establecido. Pero, la resistencia nunca ha sido fácil y de Allende a Tsipras la historia enseña que los poderosos no abandonan su posición fácilmente. Seguramente han pecado esas fuerzas por demasiado europeísmo y confianza en la posibilidad de cambiar o influenciar Europa desde dentro. Sus herramientas internacionales al final (el grupo  parlamentario GUE/NGL, el partido de la izquierda europea…), con actuaciones tímidas y poco visibles, son la expresión de esta tendencia. Aún así, no se ha perdido la guerra. En Grecia, se sigue apoyando con fuerza al compañero Tsipras en los sondeos.

En el marco actual de la confiscación de la soberanía por la Europa alemana, donde ni siquiera un Estado soberano aunque pequeño puede obtener una ligera inflexión, es urgente seguir creciendo. Necesitamos sacar a Tsipras de su aislamiento, ganando en un estado-nación de más peso económico como lo es España. Ganando aquí, puede que despertemos a las fuerzas progresistas francesas, italianas y del resto del continente para romper las cadenas que estrangulan lo poco que habíamos conquistado en los consensos de la posguerra.

No viene mal, que la figura que se prepara para librar esta difícil batalla en España y al que debemos proporcionar el más amplio respaldo popular, Pablo Iglesias, haya pasado por Bruselas y haya conocido los terribles límites de acción de lo político en el marco europeo.