Opinion · Dominio público

Los cómicos y la política

dominio-08-22.jpgAntoni Gutiérrez-Rubí

Algunas situaciones de la política formal dan risa, pero lo cierto es que no hacen ninguna gracia cuando se piensa detenidamente en la gravedad y la relevancia de los temas a los que deben enfrentarse nuestros representantes. La hilaridad que nos producen determinadas declaraciones o actuaciones de la política convencional es una reacción que, al madurarla, nos lleva a la indiferencia, a la compasión o al enojo profundo. Una mezcla de vergüenza (ajena) e incredulidad nos envuelve y contribuye al clima de desencanto, hastío y cansancio creciente hacia la política formal.

Incluso, a veces, nos molestan sus risas: “¿De qué se ríen?”, nos preguntamos, exigentes, reclamando en su contención emocional una prueba de mayor compromiso o seriedad en su responsabilidad. No hay nada peor para un político que una risa fuera de lugar. Muchos ciudadanos pueden pensar, equivocada o legítimamente, que se están riendo de ellos.
Desde esta perspectiva, se comprende la mayor receptividad pública ante nuevas propuestas –provocativas, irreverentes, imaginativas– que surgen de la mano de nuevos políticos, que aportan puntos de vista distintos y soluciones a los problemas con un marcado estilo personal. Actores, cómicos, presentadores… en definitiva, personajes famosos que, aprovechando su popularidad mediática, se atreven a dar el salto al ruedo político con más o menos fortuna pero, en ningún caso, sin pasar
inadvertidos. El espectáculo está servido, y la ciudadanía parece querer mandar un claro mensaje a la clase política: seguro que los cómicos no lo harán peor que muchos de ellos y puestos a rebelarse, mejor con una sonrisa. Son muchos los que sienten un placer oculto y mal disimulado ante la posibilidad de reírse abiertamente de la política –y de los políticos– con propuestas transgresoras. Es una manera clara de decir: ¡basta ya!

El cómico francés Colouche abrió el camino y, con su cara pintada de payaso, se presentó a las elecciones presidenciales en 1981, con una provocativa campaña: “¡Qué suerte tienen los pobres de vivir en un país tan rico!”. En España, años más tarde, la presentadora de televisión Eva Hache, coincidiendo con el lanzamiento de su nueva temporada en antena en 2007, anunció a bombo y platillo su intención de presentarse a las elecciones generales con el objetivo de desembarcar “a lo bestia” en la vida política española. Su estrategia –televisiva y mediática– introdujo un nuevo elemento de reflexión política. Hache mostró un fondo de provocación irreverente e irónico en el reto planteado que conectó muy bien con el desencanto existente y dejó en evidencia la necesidad de remover, agitar y subvertir los escenarios previsibles dentro de la política española. La diversión sirvió de gancho a la audiencia, pero no fue un salto al vacío. Hay un caldo que empieza a hervir.

En Estados Unidos, ese mismo año, el cómico Stephen Colbert anunciaba su intención de emprender la carrera a la Casa Blanca poniendo nervioso a más de uno. Su personaje televisivo parodiaba con inteligencia a los conservadores más rancios y extremistas. Jugó al ver sus expectativas (que rozaron el 13%), pero finalmente desistió después de lograr una cierta notoriedad. Quien sí lo ha conseguido ha sido otro cómico, el senador Al Franken, que se hacía con el escaño decisivo que da la mayoría absoluta a los demócratas en el Senado, a finales del pasado mes de junio, tras varios meses de batallas legales.
En Italia, hoy, el humorista Beppe Grillo es un adversario mediático a temer y a considerar, ya que, con sus iniciativas provocadoras, algunas directamente en contra de los políticos, zarandea a toda la clase política y se convierte en todo un fenómeno en la Red, que gana cada día más seguidores. Una auténtica pesadilla para la política establecida. A los que le censuran la crítica mofa, les responde orgulloso que más risa (o pena) dan algunos de los políticos que tenemos. Y no le falta razón, lamentablemente. Recientemente, anunciaba su intención de afiliarse al Partido Demócrata (PD) e inscribirse en las elecciones primarias de la formación resultante de la fusión entre los poscomunistas de Demócratas de Izquierda y los centristas de La Margarita. Heredero de la tradición bufa de Darío Fo (dramaturgo y Premio Nobel de Literatura, que afirma que “el teatro tiene que provocar al espectador. Es, también, política. Es la conciencia política del ser.” ), Grillo quiere ofrecer “una alternativa a la nada”. Ambos pretenden saltar del escenario al hemiciclo. Y ya son muchos los que les aplauden con un sonrisa. Si les parece de guasa, piensen en Berlusconi. El mismo que censuró el trabajo para la televisión estatal italiana de la conocida cómica Sabina Guzzanti, autora también del documental ¡Viva Zapatero!. Tras la primera emisión de dicho programa, este desapareció de la programación por “su vulgaridad” y por “insultar al Gobierno”. Guzzanti ha sido comparada en varias ocasiones con el director Michael Moore y se ha convertido en un claro ejemplo de que en Italia las críticas, a pesar del humor, se pagan, y caro. El humor irreverente, la crítica ácida, la sátira mordaz… han estado siempre vinculados a la política y a los políticos. Estos han sido fuente de inspiración al conectar con un sentimiento de desprecio y despecho en el que se refugian muchos ciudadanos descontentos o ignorados.

La novedad radica cuando los cómicos cambian de escenario y ven en la política una nueva oportunidad de comunicación, con nuevos registros y contenidos transgresores. Muchos espectadores, en su condición de electores, creen que la única revolución posible es la de los cómicos. Algo se mueve en el escenario y la platea empieza a dar sentido a la orwelliana Rebelión en la granja.

Antoni Gutiérrez-Rubí es Asesor de Comunicación

Ilustración de César Vignau