Dominio público

Y al Este, el desencanto

LUIS MATÍAS LÓPEZ

dominio-01-11.jpgDado que la vuelta atrás es imposible, no tiene sentido preguntar a los ciudadanos de la Europa del Este si añoran o no la época anterior a la caída, hace ahora 20 años, del Muro de Berlín, alegoría de hormigón de la frontera ideológica y política entre dos mundos. La Unión Soviética saltó en pedazos y, para desgracia de cuantos crean necesario un contrapeso que limite los excesos del capitalismo, el socialismo real se fue para no regresar. Sólo conserva algún que otro residuo agonizante

(Cuba), pervertido y desviado (Corea del Norte) o pragmático hasta la desnaturalización (China).
Ni siquiera Vladímir Putin, para quien la desaparición de la URSS fue "la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX", parece desear ese retorno al pasado. Le basta al primer ministro ruso, en enigmática cohabitación con el presidente Dimitri Medvédev, con imponer una centralización a la soviética que pasa por eliminar cualquier oposición, segar la libertad de prensa e intentar recomponer parte del imperio perdido. Es un designio que se vislumbra, por ejemplo, tras la guerra del gas con Ucrania, el estallido bélico de agosto de 2008 en Georgia y la oposición sistemática a la ampliación de la Alianza Atlántica hacía países que no hace tanto estuvieron en la órbita de Moscú.

Será un aniversario agridulce para la Europa del Este, que no se ha amoldado por completo al sistema capitalista y democrático que, bajo el dominio soviético, fascinaba a buena parte de su población. Superada la fase de entusiasmo de las revoluciones de colores, transformadas las economías, recuperadas las libertades de expresión, de prensa y de voto, consolidado el pluripartidismo, y casi completado el proceso de adhesión a la UE y la OTAN, el desencanto arraiga. Después de ser víctimas del fracaso de la utopía comunista, les toca sufrir el fracaso de la utopía capitalista.

Según el diccionario de la Real Academia, utopía es el "plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación". Y no están los tiempos para optimismos. Aunque ya la reproduje en estas mismas páginas en enero, no me resisto a citar de nuevo una frase entre cínica y autocompasiva que circulaba por Rusia allá por el cambio de siglo y que aún tiene vigencia en la mayor parte del antiguo espacio de influencia soviética: "Hemos descubierto que todo lo que nos contaban del comunismo era falso y que todo lo que nos contaban del capitalismo era cierto".

Más allá de diferencias nacionales, a veces muy notables, la economía de la región se contrajo entre 1989 y mediados de los noventa, se estancó hasta finales de siglo, creció con fuerza a partir de entonces y sufre hoy con especial virulencia los efectos de la crisis. Aunque con algunas reservas, cabe asegurar que los sistemas políticos se han democratizado y han ganado en transparencia y legitimidad, pero el paraguas protector público característico de la época soviética (pleno empleo, sanidad y educación gratuitas, etc.) se ha cerrado muy dolorosamente sobre los sectores más débiles de la población. En el platillo negativo de la balanza pesan además males como los siguientes: desmoralización, corrupción, frustración, apatía, descenso de la población, saqueo del Estado mediante privatizaciones opacas, control por la vieja nomenklatura de empresas y medios de comunicación e insuficiente control democrático de los excesos del poder.

La frustración se alimenta con la evidencia de que la integración en la UE no ha sido una panacea. Ni siquiera sobrevive intacto el atlantismo al que la Europa del Este se sumó con entusiasmo porque EEUU y la OTAN parecían la única defensa posible contra la eterna amenaza, real o no, del oso ruso. Con el conciliador Obama, esa garantía les parece menos firme que con Bush.

Más allá de las encuestas, el desencanto se reflejó en la participación de las pasadas elecciones al Parlamento Europeo. Sólo dos países del Este superaron la media, que fue del 42,9% para el conjunto de la Unión: Letonia (52,5%) y Estonia (43,2%). Por detrás quedaron Bulgaria (37,5%) y Hungría (36,3%). Y ya en la cola, los otros seis nuevos socios orientales: Eslovenia y República Checa (28,2%), Rumanía (27,4%), Polonia (24,5%), Lituania (20,9%) y Eslovaquia (19,6%).

Cabría pensar que, tras tantas décadas de dominio soviético, de elecciones trucadas, de partido único, deberían ser cualquier cosa menos euroescépticos. Pero no. Un estudio del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo señalaba ya a finales de 2007 que sólo el 30% de ellos estimaba que su nivel de vida era superior al de 1989, y únicamente el 15% creía que la corrupción era menor. Así, y aunque los motivos sean otros, casi se puede entender el penoso espectáculo de que el presidente de un país del Este, la República Checa, ponga en jaque la supervivencia del Tratado de Lisboa. O que el 36% de los europeos, con picos mucho más altos en Alemania y Francia, estén convencidos de que la ampliación ha debilitado a la Unión, aunque sean más, un 48%, los que opinen lo contrario.

¿Merece la pena ampliar aún más las fronteras de la Unión? El debate está abierto y se centra nuevamente en la Europa del Este, con Croacia en una fase avanzada hacia la adhesión, y con una larga lista de espera: Turquía, Albania, Moldavia y cinco de los países surgidos de la explosión yugoslava: Bosnia, Macedonia, Kosovo, Serbia y Montenegro. Nadie quiere quedarse fuera de la UE. Tanta demanda, 20 años después de la caída del Muro, sitúa en su justo punto el escepticismo de los socios llegados del frío. Se extiende la percepción de que, pese a todos los problemas y reticencias, la Unión no es una opción entre muchas, sino la única alternativa real de progreso y modernización.

Luis Matías López es periodista

Ilustración de Miguel Ordóñez