Opinion · Dominio público

Miserias del progresismo

CARLOS TAIBO

11-16.jpgSe ha dicho de todo sobre la respuesta que el Gobierno español ha asumido ante la crisis. Se ha hablado, así, de su responsabilidad, no precisamente menor, en la gestación de aquella, de impresentables acatamientos del credo neoliberal y de políticas tan erráticas como complacientes con los poderosos. Es muy escasa, sin embargo, la atención que hemos dispensado a la percepción de la crisis y de sus remedios que alienta el grueso de los partidos y de los sindicatos que, conforme a la descripción más común, están a la izquierda del PSOE. No hay, pese a ello, mejor prueba de la zozobra en la que nos encontramos que el escaso empaque, la sumisión al orden establecido y la llamativa ausencia de algo que huela a prospección crítica del futuro que muestran diputados, consejeros y concejales de fuerzas políticas, liberados sindicales y, en su caso, intelectuales y artistas afectos a firmar manifiestos.

Cifremos el sinsentido de esas percepciones en dos hechos. El primero nos recuerda que el horizonte mayor que parecen contemplar las propuestas progresistas –en mal momento reaparece este hueco adjetivo– es el que proporciona la defensa de los estados del bienestar, en un intento de devolver el reloj a dos o tres años atrás y en abierto olvido, por cierto, de la inanidad histórica de los derechos sociales entre nosotros. Pareciera, en otras palabras, como si debiéramos sentirnos orgullosos de lo alcanzado en los últimos decenios en una suerte de remedo, muy común en los dirigentes sindicales biempensantes, del “España va bien” aznariano. Al abrigo de unas demandas que, ajustadas al discurso alicaído y cortoplacista de los sindicatos mayoritarios, parecen entender que saldremos adelante si acrecentamos, o al menos mantenemos, los salarios –o si conseguimos para todos un trabajo por cuenta ajena, que para el caso tanto vale–, ha quedado dramáticamente en el olvido cualquier horizonte de transformación de la sociedad. A duras penas sorprenderá que, en este caldo, y no sin que falten llamativas invocaciones a la solidaridad con la pequeña y mediana empresa, todo lo que está lejos de nuestros reductos de prosperidad, y en singular el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres, quede relegado a un discretísimo segundo plano.

No deja de sorprender, por lo demás, que la propuesta progresista asumida por el grueso de las formaciones que dicen ser de izquierda, luego de criticar la inanidad de la reacción gubernamental ante la crisis, asuma con frecuencia, sin embargo, todo tipo de miramientos ante unos sindicatos, los mayoritarios, que nadan en la misma miseria (cómo estará de subida la patronal, por cierto, para que, con los sindicatos que tiene a su merced, se permita rechazar acuerdos claramente ventajosos para los empresarios). Lejos de tirar de esas fuerzas sindicales hacia posiciones de mayor entereza y confrontación –no hay ningún camino que recorrer en sentido contrario–, lo que se intuye es, sin más, un acatamiento de la podredumbre que aquellas, burocratizadas y coartadas por su dependencia económica de la teta estatal, difunden.

El segundo hecho relevante bebe de un sonoro silencio: el que se dispensa a una cuestión vital como es la de los límites medioambientales y de recursos del planeta. No se busque en los pronunciamientos progresistas ninguna mención que no sea sibilina y retórica al crecimiento imparable de la huella ecológica, a un cambio climático que empieza a ser una realidad omnipresente o al inevitable encarecimiento que, en el medio y el largo plazo, afectará a la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos. El hecho de que todo esto quede, también, en segundo plano, en provecho de nuevo de una visiblemente abusiva sacralización de salarios y derechos sociales –para qué preguntarnos qué producimos, con qué lo hacemos y al servicio de quién–, acerca una vez más el discurso progresista a las miserias de las propuestas oficiales que padecemos, incapaces de abandonar el terreno de juego que perfila un oxímoron, el del crecimiento sostenible, que retrata bien a las claras lo que tenemos entre manos: pan para hoy y hambre para mañana.

Si las posiciones que ahora me atraen se hallan claramente a la defensiva y se ajustan, mal que bien, al “virgencita, que me quede como estaba”, nada retrata mejor su sentido de fondo que la exultante crítica del neoliberalismo que nos rodea por todas partes. Aunque en una primera y superficial lectura pueda sonar a contestación radical del orden establecido, haríamos mal en olvidar que esconde a menudo –no me atreveré a afirmar que siempre– el designio de no ir más allá y de esquivar cualquier discusión que afecte, no ya al neoliberalismo, sino al propio capitalismo. Y es que una de las trampas mayores que se nos tienden en los últimos tiempos es la que nace de la afirmación, mil veces repetida, de que lo que está en crisis es el capitalismo desregulado, con el consiguiente corolario, a menudo orgullosamente verbalizado, de que el capitalismo regulado no arrastra ningún problema de relieve.

En la trastienda es fácil adivinar lo que se nos vende: la aceptación callada y vergonzante de que no hay vida fuera del capitalismo y, con ella, la inevitable negativa a examinar la hondura de la crisis que afecta al paraíso fiscal de escala planetaria y a una crisis ecológica imparable que aquel, regulado o desregulado, ha contribuido a crear. El mero retorno a un estado de cosas que está en el origen de lo que hoy padecemos, al amparo de un procedimiento que invita, franca o subterráneamente, a darle otra oportunidad al capitalismo, mal escudo parece para hacer frente a los duros tiempos que se avecinan.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Miguel Ordóñez