Opinión · Dominio público

Una mujer afgana

NICOLE THIBON

02-26.jpgVan a ser las mujeres nuevamente engañadas por la historia? Es legítimo temerlo en el caso de las afganas, donde Hamid Karzai pretende un “plan de reconciliación con los insurgentes”. ¿Dialogar con los talibanes? La idea puede parecer descabellada en un momento en que se intensifica la guerra; sin embargo, varios países financiarán el plan de paz de Karzai.
Esta política de “mano tendida”, desarrollada en la Conferencia de Londres del 28 de enero de este año, mientras la insurrección de los talibanes nunca estuvo más lejos de ser contenida, se desplegará en dos terrenos: el de la reintegración y el de la reconciliación. La reconciliación pretende abrir un diálogo con los jefes de los insurrectos, en particular con ciertos elementos del Estado Mayor del movimiento talibán (Emirato Islámico de Afganistán), replegado en Quetta, en el Baluchistán pakistaní, o sea, en el foco más ideológico de la insurrección. Karzai asegura que de ninguna manera se trata de dialogar con los talibanes vinculados a Al-Qaeda, pero no descarta hacerlo con el célebre Mulá Omar, ex brazo derecho de Bin Laden. Por otra parte, Obama ha quitado a cinco ex responsables talibanes de la lista negra. Sería cosa de hallar la perla rara: los talibanes moderados, dispuestos a respetar la Constitución afgana actual, mientras su Estado Mayor exige la salida previa de las tropas extranjeras y mantiene su objetivo de restablecer el “emirato islámico” construido entre 1996 y 2001. Ocho años después de haber sido expulsados de Kabul, los talibanes reciben una suerte de invitación a volver a participar. Para gran parte del pueblo afgano, esta propuesta señalaría el regreso a los años de plomo anteriores a 2002.
Como un puñado de heroínas que arriesgan su vida por los derechos de las mujeres, la afgana Shukria Haidar lucha desde hace 30 años por que “no se olvide allí la suerte de las mujeres”. Ex campeona de ping-pong, expulsada –a causa de su militancia– del Comité Olímpico Internacional, refugiada en París desde el golpe de Estado pro soviético de 1978, Shukria volvió a su país en 1989, cuando la retirada del Ejército Rojo. La esperanza renació en todos los afganos cuando el partido islámico tomó el poder en 1995. Shukria organizó entonces un proyecto de ayuda al deporte femenino: “Quería recoger fondos para construir terrenos deportivos y conseguir material para liceos y colegios”, dice.
La llegada de los talibanes puso fin a este proyecto –como a tantos otros–.
Shukria tuvo la “impresión de que el cielo se (le) cae encima…”. “Sabíamos de qué habían sido capaces en las ciudades controladas por ellos: prohibición de escuelas para las niñas, burka obligatorio, acceso a los hospitales prohibido a las mujeres, prohibición de trabajar”. Para ella, como para sus camaradas, que crearon la asociación Negar de apoyo a las mujeres afganas, lo urgente ya no era el deporte, sino “los más elementales derechos de la mujer”. Con su asociación creó escuelas clandestinas, 26 en Kabul, y sembró centros sanitarios por todo el país y en los campos de refugiados: “Varios miles de mujeres trabajan allí con nosotras”. En junio de 2000, 300 de ellas se encontraron en Duchambé (Tayikistán), donde redactaron una Declaración de derechos fundamentales de la mujer afgana. Shukira multiplicó sus conferencias, también en Francia, veladas de debate, campañas de prensa para “mostrar el verdadero rostro de los talibanes… Las condiciones que imponen a las mujeres no forman parte de la cultura afgana ni del islam. Encerradas en sus casas, las mujeres no pueden salir sin que las acompañe un hombre y ni siquiera tienen derecho a escuchar música”, explicaba hace diez años Shukria al periódico francés Le Monde.
Desde entonces, a pesar de un cierto reconocimiento de los derechos de las mujeres afganas por el Gobierno de Karzai, estos se violan de manera recurrente: ataques contra las que se implican en la vida pública, violencias generales siempre impunes, casamiento de niñas y casamiento forzado, acceso vedado de la mujer a la justicia y de las niñas a la enseñanza secundaria. Las mujeres implicadas en la vida pública son objeto de amenazas y maniobras de intimidación. Muchas de ellas han sido asesinadas, pero ningún asesino ha sido llevado ante la justicia. El asesinato en 2009 de Sitara Achakzai, política y valiente militante de los derechos humanos, conocida por su manera directa y clara de hablar, fue una advertencia más dirigida a todos las que se inmiscuían en la vida pública. Una oficial de policía recibió amenazas de muerte: “Me dijeron que matarían a mis hijas”. “La situación de las mujeres y jóvenes afganas es alarmante y corre peligro de empeorar”, declaró recientemente Rachel Reid, especialista de Human Rights Watch sobre Afganistán. “Mientras el mundo tiene la mirada clavada en la nueva estrategia de la administración Obama en cuestiones de seguridad en Afganistán, es absolutamente esencial asegurarse de que los derechos de mujeres y jóvenes no se queden en un piadoso deseo y que se pongan en primera fila de las prioridades tanto de los gobiernos como de los proveedores de fondos”.
“Las mujeres no son una prioridad para nuestro Gobierno ni para la comunidad internacional… Hemos sido olvidadas”, dice Shinkai Karokhail, parlamentaria. “El presidente Karzai tiene mucho que hacer si quiere redorar su imagen moderada respecto de los derechos de las mujeres”, añade Rachel Reid. En la Conferencia de Londres, Hillary Clinton dio prueba de fina analista y optimismo desbordante: “La premisa de partida es que uno no hace la paz con sus amigos. Debéis ser capaces de negociar con vuestros enemigos”. El problema es que, para la opinión general, el Gobierno Karzai es demasiado débil frente a los talibanes. Mientras que Shukria Haidar no cesa de repetir: “No hay talibanes moderados, como nunca hubo nazis moderados”.

Nicole Thibon es periodista

Ilustración de Patrick Thomas