Dominio público

¿Unidad latinoamericana?

AUGUSTO ZAMORA

02-28.jpgEn 1826 se celebró en Panamá, convocado por Bolívar, un Congreso Anfictiónico entre las recién creadas repúblicas americanas. Su propósito era establecer una alianza regional, ante el temor de que cristalizara un pacto hispano-francés para reconquistar los perdidos dominios hispanos. La reunión terminó sin mayores resultados y derivó las decisiones de fondo a una nueva cita en Tacubaya (México). Si a Panamá acudieron sólo cinco estados (ninguno de la cuenca del Plata, ni Chile, ya neocolonias inglesas, sí EEUU, infiltrado allí por Santander, el más furibundo enemigo de Bolívar, e Inglaterra), a Tacubaya se presentaron sólo tres. Después de esperar casi dos años sin resultados (de 1826 a 1828), se declaró disuelto el Congreso. No hubo más. Sumidos en cuartelazos, guerras civiles y caos, aquellos remedos de estados estaban más ocupados en entregar sus riquezas a Inglaterra y en autodestruirse que en crear alianzas regionales.

Desde entonces, y hasta fecha reciente, los países latinoamericanos han movido las siempre oxidadas palancas integracionistas al socaire de amenazas externas contra alguno o varios de sus miembros, y no siempre.
Así, la guerra imperialista de EEUU contra México en 1847 provocó pánico en la región y llevó a celebrar el Congreso de Lima, entre 1847 y 1848, para crear una confederación sudamericana "con el fin de protegerse de las agresiones foráneas". En septiembre de 1856 se organizó una
reunión en Santiago de Chile a raíz de la invasión de Nicaragua por aventureros yanquis, financiados por esclavistas del sur de EEUU (que pretendían anexionarse Centroamérica como nuevos estados esclavistas para romper el empate que mantenían con los abolicionistas y de paso controlar la ruta interoceánica, entonces pensada para hacerse por Nicaragua). La reunión produjo el llamado Tratado Continental, del que formaron parte todos los estados hispanoamericanos, con excepción –nuevamente– de los estados rioplatenses y Brasil. Un nuevo intento de forjar una alianza regional se dio en 1864, cuando la invasión francesa de México, que, al igual que las anteriores, quedó en mucho ruido y pocas nueces. México perdió la mitad de su territorio; Centroamérica pudo, unida, librarse sola de los aventureros yanquis, y Benito Juárez puso fin al sueño de Maximiliano de Austria de crearse un imperio mexicano, fusilándolo en el Cerro de las Campanas.
No hubo más hasta que, en 1889, de la mano de EEUU (emergente poder imperial continental) se reunieron en Washington, como la gallina reúne a sus polluelos, representantes de todos –todos– los países del continente americano. Allí, guiados por el secretario de Estado estadounidense, acordaron crear una Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas, nombre explicativo en sí mismo, pues a EEUU lo único que le interesaba de la reunión era promover sus intereses comerciales, en choque permanente con los británicos, entonces amos y señores de los ex dominios españoles y portugueses.

Siguieron otras conferencias americanas, mangoneadas por EEUU, que terminaron cristalizando en la creación, en 1910, en Buenos Aires, de la Unión Panamericana (UP), primera organización mundial como tal, y que funcionará hasta 1948, cuando es sustituida por la Organización de Estados Americanos (OEA). La UP será el marco dentro del cual surgirá un pujante Derecho Internacional Americano (nunca valorado en Europa), deformado y vapuleado por las políticas imperialistas de EEUU, que darán lugar a lo que se resumiría en la expresión "el Uno y los veinte", para referir que un país –EEUU– podía más que todos los otros veinte miembros, tanto en la UP, como en la OEA (como puso de manifiesto el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya, en Honduras, en 2009).
El triunfo de la revolución sandinista en 1979 y las amenazas de una invasión de Nicaragua por EEUU, que habría extendido la guerra por toda Centroamérica, llevan a cuatro países –Panamá, México, Colombia y Venezuela– a crear, en 1984, el grupo mediador de Contadora. A este grupo se unirán en 1954 cuatro países más (Brasil, Perú, Argentina y Uruguay), conformando el primer grupo regional enfrentado –hecho insólito– al poder yanqui. El grupo de ocho países decidió, en 1988, establecerse como mecanismo permanente, marcando, desde entonces, una pauta regional que fructificó en Cancún el pasado 22 de febrero con la decisión de crear, de aquí a 2012, una organización regional de Latinoamérica y Caribe.
Desde hace más de una década, con el ascenso de gobiernos de izquierda y progresistas, los procesos latinoamericanos de integración han recibido un impulso decisivo. Entre ellos destacan tres, el ya consolidado MERCOSUR, y dos de nuevo cuño: la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) y la Unión de Naciones del Sur (UNASUR). Ambos procesos son la manifestación de una voluntad, cada vez más firme, de crear alianzas regionales sólidas que, además de servir para combatir pobreza y desigualdad, sirvan para crear foros desde los que negociar, con mayor fuerza, con otros bloques regionales. Son, también, esfuerzos dirigidos a consolidar la especificidad de América Latina y el Caribe, única región del mundo en paz (con la excepción triste de Colombia), única región sin enemigos externos (salvo el de siempre, que es parte del paisaje) y única región que ha abrazado, sin casi fisuras, el Derecho Internacional y la solución pacífica de las controversias internacionales.
La especificidad latinoamericana requiere de una organización internacional propia, desde la que pueda desarrollar sus propias políticas y estrategias y servir –en su condición de región pacífica y en paz con todo el mundo– de puente, bisagra o interlocutor en los tantos conflictos que abaten al mundo. Por demás, en un mundo en que los estados van siendo sustituidos progresivamente por grandes bloques regionales como actores en la política, la economía y la guerra, Latinoamérica no puede renunciar a poseer su propio bloque regional. No será fácil el camino, pues la OEA ha sido, para EEUU, lo que la OTAN en Europa, un medio para mantener aherrojados a los países. Pero no hay alternativa a esa vía. No, si quiere librarse de la dependencia, la dominación y el atraso.

Augusto Zamora es autor de ‘Ensayo sobre el subdesarrollo. Latinoamérica, 200 años después’

Ilustración de Juan Ossorio