Dominio público

Navidad en bikini

Eva Mintenig

EVA MINTENIG

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Por todas partes se ven símbolos navideños. Lucecitas parpadeantes en los comercios, iluminación en las calles y anuncios de juguetes en la tele, que duran y duran y duran. Abres el periódico y ahí están los folletos de los productos informáticos, las grandes estrellas del consumo; vas al cine y te asaltan los tráilers de los estrenos navideños. Ni comer tranquilo puedes: al vaciar las bolsas del supermercado, constatas que la cajera se las ha arreglado para obsequiarte con las separatas de ofertas alimentarias que no osarás desaprovechar.

Pasen y vean, señores: ha llegado la Navidad. En nuestro mundo, claro. En otros mundos, vete tú a saber qué es la Navidad. Para mí, la Navidad sólo tiene un significado: ilusión. Cuando yo era niña pertenecía a una familia... llamémosla "irregular". Pero en aquella familia había una persona empeñada en que la Navidad tuviera un carácter especial. Mágico. Sí, lo que hacía aquella mujer era pura magia, una magia que nos transformaba, sobre todo a los niños, en hadas fantásticas, duendes y angelitos con alas de algodón, sometidos a extraños fenómenos que convertían en realidades algunos de nuestros deseos. En Navidad sucedían cosas que no pasaban durante el resto del año: había animales que volaban sobre la ciudad hasta alcanzar nuestra terraza arrastrando trineos cargados de juguetes. El chófer era un hombre vestido de rojo y de barba blanca, que previamente había llamado por teléfono para que nos sentáramos en el salón, apagáramos las luces y le recibiéramos repentinamente mudos, tan grande era la expectación y en el fondo, el miedo. Éramos muchos, muchos niños, y había un regalo para cada uno. Después de la visita del hombre vestido de rojo, que sabía un montón de cosas sobre nosotros, cenábamos; a los postres se entonaban los villancicos, alguien tocaba el piano, y otro, más osado, se travestía y cantaba asomando la pantorrilla detrás de la cortina de terciopelo verde. Era maravilloso. Tan embelesados quedábamos todos, que no nos importaba acudir entonces a la misa del Gallo, aunque nos venciera ya el sueño.

Con el paso del tiempo, la rebeldía adolescente y el escepticismo juvenil no lograron, sin embargo, volverme inmune a la ilusión navideña, que se renovó cuando tuve hijos. Reivindico el árbol de Navidad y el personaje dadivoso, diferente en todas las culturas, y la alegría de los críos. Pero hoy, mi Navidad está lejos de todo aquello que yo viví. Odio las compras navideñas, las aglomeraciones en las tiendas y ese afán por conseguir la bola roja más in del momento. Durante años sólo he intentado reproducir en mi entorno el hechizo de mis Nochebuenas infantiles, y cocinar para todos de manera esplendorosa pero, eso sí, respetando la tradición. La tradición de que, para mis antepasados, la Navidad sólo era comerse un gallo bien cebado, disfrutándolo con la familia.

Ahora mis hijos ya no son niños; saben que el hombre de rojo era aquel primo que sólo nos visitaba en esas fechas, y hace tiempo que afrontaron la dura realidad de que los Reyes son los padres. Por eso, estos últimos años he puesto en marcha un plan B para huir del feroz acoso navideño, al cual es tan difícil sustraerse. Se trata de marcharse al lugar más lejano, exótico y caluroso que uno pueda costearse, y pasar la Nochebuena, el Fin de Año y los Reyes en bañador. No alcen la ceja con escepticismo. Según la UCE (Unión de Consumidores de España), cada español gastará estas Navidades una media de 912 euros en alimentación, regalos y juguetes, más 110 euros en lotería. Con estos datos en la mano, combinando sabiamente ofertas turísticas y vuelos low cost, poner en marcha el plan B puede incluso salir más barato que quedarse en casa. Y tiene la ventaja, además, de que nadie te regala bufandas, gorros ni guantes; como mucho, un tubo de crema solar. Es lo que tiene ser un poco... "irregular".

Eva Mintenig es periodista

Ilustración de Iván Solbes