Dominio público

Ni violadas ni colonizadas

Noelia Adánez

Doctora en Ciencias Políticas y Sociología

Noelia Adánez
Doctora en Ciencias Políticas y Sociología

Propongo reflexionar sobre la violencia sexual contra las mujeres a partir de una definición breve y aséptica aunque algo complicada.

Una violación es una agresión de carácter sexual a través de la cual el victimario trata de transferir su dignidad a la víctima.

Esta que acabo de dar es una definición de profundas connotaciones filosóficas y psicoanalíticas. Pido paciencia a quienes puedan considerar mi argumento -para empezar- artificioso. No es al artificio a lo que apelo, ni a la razón, ni a la lógica, ni a la ley; sino a una imaginación comprometida y a la ética pública. Apelo también a mi experiencia personal y claro está, a mi condición de feminista. Ni una ni otra son universalizables, tal vez, pero eso no las hace despreciables ni mucho menos poco significativas. Al fin y al cabo soy una mujer, y a las mujeres se nos viola como seres encarnados que somos, o sea, que no se nos viola por ser individuos, sino por ser mujeres.

Me doy cuenta de que lo primero que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en una violación es que el violador trata de privar a la víctima de su dignidad. Al humillarla y vejarla, al dominarla física y psicológicamente, estaría intentando arrancarle su dignidad, es decir, su "conciencia de ser ella misma", su "soberanía sobre sí misma", su "identidad", su "humanidad". En efecto, la violación, per se, es un acto de deshumanización.

¿Cómo es posible, entonces, que hable de deshumanización y transferencia de dignidad en una misma acción? ¿No es, acaso, la violación algo terriblemente indigno?

Ahí está la cuestión. El acto lo es, porque nos indigna. Pero una cosa es la dignidad, es decir, nuestra cualidad de ser, y otra la indignación que nos provoca una violación. Digamos que "la dignidad ni se crea ni se destruye, se transfiere". El violador transfiere su dignidad para sentirse omnipotente. Intuye que cuando sea omnipotente ya no será únicamente digno: será dios. Aspira a ser dios; aspira a ser más colonizando a otra.

Una violación es un ejercicio de colonización a través de la dominación sexual. No nos debe extrañar que las conquistas y colonizaciones se hayan presentado en el curso de la historia como procesos de limpieza étnica, lo que no solo implica el exterminio o la expulsión del enemigo, sino su eliminación genética a través de la violación sistemática de las mujeres. Una violación es, en suma, un acto de poder que incidentalmente implica sexo (que no sexualidad).

La indignación es una reacción de naturaleza afectiva con un extraordinario potencial político; es una reacción que puede desencadenar un acto o cadena de actos de poder (de empoderamiento, como nos gusta decir ahora).

La indignación es contingente; la dignidad en sustantiva, es constituyente y está encarnada. Todos y todas nosotros y nosotras poseemos nuestra propia dignidad.

Si la dignidad es la cualidad de ser, ¿puede alguien realmente privarnos de lo que somos?; ¿arrancarnos el ser?; ¿absorbernos y dominarnos y transformarnos para la eternidad? Pues no; nadie tiene el poder de situarnos en la eternidad o de impedirnos, sencillamente, ser.

En la tradición occidental de pensamiento no hay eternidad al margen del sufrimiento. Jesús, estático en su sufrimiento (crucificado), eterno, sufre de un modo paradigmático y ejemplar. Ejemplar en el sentido de que apenas nadie, en el curso de la historia de nuestro mundillo occidental, ha podido sufrir sin tomar a Jesús como referencia. Ya se sabe, nadie ha sufrido tanto como él, que lo hizo por todos nosotros... y nosotras...

Estamos en un momento de la historia en el que el sufrimiento de las mujeres se está redimensionando. Se están señalando las violencias y las agresiones que padecemos. Se están nombrando con contundencia nuestros sufrimientos. Se está peleando porque las instituciones asuman que tales sufrimientos existen y que es preciso atajarlos. Cuando digo instituciones no me refiero únicamente a partidos, organismos, instancias de poder, de justicia, me refiero al universo normativo que otorga significado a todos esos símbolos que componen el entramado de sentido de lo social: de nuestro mundillo occidental.

Había algo que decían los teólogos de la liberación. Decían que en realidad solo los poderosos expresan la imitatio Christi -entiéndase como una metáfora del sufrimiento- como una pobreza voluntaria, y una debilidad y una desnudez voluntaria; mientras que los pobres generalmente representan su postración, su tortura, su dolor, como una lucha. Henos aquí, mujeres, en lucha contra todas las formas de violencia, especialmente las que nos afectan por el hecho de ser mujeres, especialmente las que tratan de colonizarnos y de privarnos de nuestro ser.