Opinion · Dominio público

¡Tirad sobre el mantero!

Manuel Delgado y Horacio Espinosa

Miembros del Observatori d'Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)

Manteros en el paseo Joan de Borbó de Barcelona. EFE
Manteros en el paseo Joan de Borbó de Barcelona. EFE

Es lo de siempre. En las situaciones de crisis, lo más fácil, tanto para los poderes como para las mayorías sociales, es dirigir el foco acusador a los sectores más frágiles de la sociedad, que han de ver como a los abusos que sufren se le añade el de aparecer como responsables del mismo desorden social del que son al tiempo víctimas y producto. En una ciudad como Barcelona -pero también en Madrid-, maltratada por la masificación turística, por el encarecimiento de todo, por el ruido y la contaminación, por la inaccesibilidad de la vivienda…, parece ser que uno de nuestros grandes problemas es el de los vendedores ambulantes y su escandalosa manera de ganarse la vida. Evocando el primer largometraje de François Truffaut –Tirez sur le pianiste!–, bien podríamos decir que la consigna urgente en estos momentos es “¡tirad sobre el mantero!”. El mantero es, en efecto, el blanco perfecto.

Pero, ¿de quién es el “problema de los manteros”? De los barceloneses, no, al menos por lo que indica el último barómetro del Ayuntamiento de Barcelona, aparecido el pasado junio, en que el asunto ni si menciona entre las inquietudes de los encuestados. El incidente de hace unos días en plaza Catalunya entre unos vendedores y un turista americano, del que solo ha circulado una versión, ha llevado a presentar la venta ilegal como un peligro para la industria turística. Pero lo cierto es que tampoco en las encuestas de satisfacción de los visitantes asoma la cuestión. En la publicada por el propio Ayuntamiento el pasado diciembre, los turistas se quejan de los precios y, sobre todo, la presencia que les incomoda por encima de cualquier otra no es la de los manteros, sino la de los turistas. Lo mismo para las opiniones vertidas en Tripadvisor. Ninguna queja sobre los vendedores ambulantes y si multitud sobre los carteristas, el ruido, la suciedad, incluso el nacionalismo…, pero, por encima de todo, la saturación que ellos mismos provocan. Conclusión: el principal enemigo de la industria turística es la propia industria turística y su codicia.

En lo que hay que darles la razón a los preocupados por el asunto mantero es en que su presencia es inaceptable en el espacio público. Un vendedor senegalés sin licencia no puede estar ahí, a la vista de todo el mundo, haciendo evidente que existe y que existen otros muchos como él. El espacio público no es para él, puesto que el espacio público debe permanecer ordenado, previsible, desconflictivizado, sin sobresaltos, sin fealdad. De su buen estado de revista depende ese otro mercadillo en que se compran y venden ciudades. Y no digamos si el espacio público es proclamado “de calidad”. El mantero no es “de calidad”, de ahí la urgencia de su exclusión. El lugar del mantero no es el quimérico “espacio público”; su lugar es la calle, ese escenario donde acaba emergiendo todo lo que conforma la sociedad, lo bueno y lo malo, lo maravilloso y lo arbitrario; también la pobreza. El mantero encarna la verdad de la calle frente a la mentira de un espacio público que, por cierto, no existe, puesto que todo él está ya privatizado.

Vamos a dejar de lado lo que de sarcástico tiene que nos duela tanto que se ahoguen inmigrantes en el mar y que, si no se ahogan y consiguen llegar a tierra, nos dediquemos a perseguirlos luego de haberlos criminalizado. Está claro que, de una forma u otra, se está de acuerdo en que sobrevivir no es lo suyo.

¿Alternativas? De entrada, como propuso en el Congreso Unidos Podemos a raíz de los incidentes en Lavapiés este mes de marzo, despenalizar el top-manta. Luego, garantizar a estas personas el derecho a vivir legalmente, porque, ¿cómo puede ser la vida humana “ilegal”? El paso siguiente sería reconocer que son lo que son y quieren ser: trabajadores, y que, como tales, tienen la necesidad de trabajar y hacerlo de manera justa, segura y, por supuesto, legal. Y, puesto que es una necesidad, debería automáticamente constituirse en derecho garantizado por los gobiernos. En definitiva, se trata de asumir y llevar a sus últimas consecuencias esas dos premisas incontestables, a las que toda medida destinada a los llamados manteros debería ceñirse: que son personas y que son trabajadores. Como nosotros.