Opinion · Dominio público

‘Natural born haters’, la izquierda y la ultraderecha

Claudio Zulian

Cineasta y artista @Claudiozulian1

En 2002 en Francia fue el shock. Por primera vez desde la segunda Guerra Mundial, el líder de un partido de ultraderecha pasaba a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Jean Marie Le Pen, padre la actual presidenta del Frente Nacional, había llegado en segunda posición, superando al candidato socialista Lionel Jospin. La presidencia se jugaría entre él y Jacques Chirac, el candidato de la derecha. Acabó ganando este último con el apoyo de muchos votantes de izquierdas, convencidos que cualquier cosa era mejor que tener a Le Pen como presidente.

Entre los muchos análisis que este hecho traumático concitó, hubo uno que me pareció particularmente clarividente: el que publicó Bernard Stiegler en un librito titulado Aimer, S’aimer, Nous aimer (Querer, Quererse, Querernos). En él, Stiegler sostenía que una parte importante de los votantes de Le Pen eran personas de clase baja, antiguos votantes de izquierda, que se habían sentido abandonados por los partidos que tradicionalmente los representaban – socialista y comunista- y que, ahora,  a menudo, parecían representar más bien a la clase media urbana. Era un análisis que ha sido después ampliamente compartido. Stiegler, sin embargo, iba más allá. Según él, estos votantes no eran sólo pobres “olvidados” sino que estaban caracterizados por  una “herida de su narcisismo”. Se sentían marginados y menospreciados y, en consecuencia,  se menospreciaban a sí mismos. Este resentimiento los llevaba a decidir del voto por una razón particular: sabían que con él generaban un gran malestar en el resto de la sociedad.

Han pasado dieciséis años y la intuición de Bernard Stiegler no ha hecho más que confirmarse. Matteo Salvini, líder de la ultraderecha italiana y figura prominente de la ultraderecha europea, no se cansa de acusar de “buenismo” a todo el que se oponga a sus políticas xenófobas y autoritarias. Es de suponer, por lo tanto, que sus políticas se sitúan del lado del “malismo”: son moralmente malas y además reivindicadas como tales. Su discurso lo completa una apelación a la necesidad: hay que ser malos porque el país no puede permitirse ser bueno – los “otros” se aprovechan de él, se quedan sus puestos de trabajo, usan su sanidad y lo corrompen. En esta situación de supuesta emergencia no se puede tener piedad: el “buenismo” es un lujo – de las aborrecidas clases medias urbanas.

El discurso de la ultraderecha europea – y mundial  – expresa el malestar de una parte importante de la población. Sus eslóganes corresponden no sólo a las ideas que puedan circular en ciertos partidos, sino sobre todo a una irritación de grupos importantes de ciudadanos respecto a otros discursos de la esfera pública por los que se sienten menospreciados. Su planteamiento podría resumirse así: “no quiero que me escuches, quiero hacerte daño con lo que digo”. En este sentido,  es absolutamente coherente que el objetivo preferido de la ultraderecha sea lo “políticamente correcto” –  que se podría, simétricamente, resumir así: “sólo te voy a escuchar si no dices palabras que me podrían hacer daño”.  Es un enfrentamiento que muestra con claridad hasta qué punto el campo de batalla está definido por el narcisismo característico de nuestra individualista sociedad de consumo. Un narcisismo triunfante, satisfecho, en el caso de lo políticamente correcto y un narcisismo herido, resentido, en el caso del “malismo” de la ultraderecha.

La pobreza es, sin duda, una de las razones principales de la herida narcisista: vivimos en una sociedad donde la capacidad de satisfacer las pulsiones consumistas marca el estatus de los individuos. Es aquí donde naufraga el proyecto socialdemócrata, incapaz, por sus propios genes, de escoger entre las llamadas “políticas de reconocimiento” y las políticas de redistribución. Las “clases medias urbanas” le exigen la plena realización de los derechos de las mujeres, de las minorías étnicas o sexuales, pero no están dispuestas a renunciar a una parte significativa de su renta para financiar los servicios sociales. Mientras que las clases más pobres exigen, con mucha más urgencia, mejoras sociales. Es obvio que el capital simbólico de las clases medias urbanas es infinitamente superior y satura todo el espacio discursivo público.  En consecuencia, muchos votos de las extremas derechas provienen de las zonas más pobres de sus respectivos países: las regiones desindustrializadas de Estados Unidos, el noreste de Francia, el campo en Polonia, las regiones de Alemania del este. Algunas voces autorizadas del campo progresista – Nancy Fraser, por ejemplo – han empezado a hacer autocrítica respecto de esta deriva. Sin embargo, es muy difícil que la socialdemocracia abandone las clases medias urbanas – son su médula.

Hay que recordar, no obstante, que las clases más pobres  no son la única base de la extrema derecha. Existe toda una parte de las clases medias (incluso las urbanas) que también es sensible al “malismo”. No tienen  problemas económicos: piensan simplemente que no tienen todo el bienestar que se merecen y están resentidas por ello. Algunos de los discursos que han llevado a Jair Bolsonaro a disputar la presidencia de Brasil, pasan por la radical aversión de las clases medias hacia las políticas de redistribución que propició Lula.  Aquí también hay una herida narcisista, pero no en razón de difíciles condiciones económicas, sino por el enfado que provoca comprobar que el paraíso terrenal prometido por el consumismo es inalcanzable. Se trata de natural born haters, genuinos productos de nuestra sociedad. No parece que, mientras el consumismo pueda seguir alimentando su narcisismo y, a la vez, frustrándoles, estas personas puedan encontrar alguna forma de redención. Allí donde son mayoría, nos podemos esperar lo peor: las guerras europeas del siglo XX, nos dieron un buen ejemplo de hasta donde son capaces de llegar en su rabia.

Algunas nuevas formaciones políticas han intentado interpretar esta situación desde posiciones de izquierda: Podemos en España y, de manera más confusa, 5 Stelle en Italia, por ejemplo. En sus programas intentan utilizar el resentimiento hacia las élites, hacia “los de arriba” – positivizándolo a veces como “agonismo” -, para rescatar a las clases más pobres y cementar políticas de redistribución. Parece una operación sensata, a la luz de cuanto expuesto más arriba. Pero es también extremadamente frágil. En 5 Stelle, por ejemplo,  conviven ideas de mejoras sociales – el “reddito di cittadinanza”, una especie de renta básica universal – con ideas de tinte xenófobo – la redistribución se tiene que limitar a los “nuestros”. De lo lábil que puede llegar a ser la diferencia entre las diferentes posturas políticas que explotan el resentimiento – y tienen en él su carburante – da cuenta el hecho que 5 Stelle gobierna en coalición con la ultraderechista Lega.

Por otra parte, los nuevos partidos de izquierda dan una gran importancia en sus programas a formas de democracia directa, sostenida esencialmente por las redes. La idea es que “los de abajo” puedan expresar finalmente sus necesidades y aspiraciones. En realidad,  hay en ella un fondo socialdemócrata: es un avatar de lo políticamente correcto en tanto que se trata básicamente de una disposición correcta de la palabra de los ciudadanos. Al desplazar el foco de la discusión hacia la forma de la representación política en las redes, se asume implícitamente la imposibilidad de una transformación radical: el capitalismo consumista es nuestro contexto y nuestro destino, y, dentro de ese marco, podemos expresar nuestras opiniones a todas las horas del día – como cualquier “cliente” con un producto. La expresión inmediata en las redes de tal o cual preferencia política, está perfectamente alineada con el uso que de las redes mismas hace el capitalismo consumista. Teniendo en cuenta que es ese mismo capitalismo el que genera la frustración de las clases más pobres – y de los haters en general – es difícil imaginar como, por esta vía, se podrá desarmar el resentimiento.

En España, Podemos está mucho más claramente asentado en postulados de izquierda que 5 Stelle en Italia. Es, en este sentido, el experimento político quizá más interesante de la actualidad. Su insistencia en las políticas de redistribución – además de las más típicas políticas de reconocimiento – muestra una senda esperanzadora. Sin embargo, incluso si se llegara a apaciguar el resentimiento de las clases más pobres, lo más seguro es que, puesto que la cultura del capitalismo consumista seguiría intacta, una parte de  los nuevos no-pobres pasaría a engrosar las filas de los haters consumistas.

El desafío, en suma, va mucho más allá de las políticas de redistribución. Se trata nada menos que de transformar el resentimiento en filia, en deseo de los otros, trascendiendo el consumismo. De otro modo, la posibilidad de una victoria de los natural born haters encarnada en los partidos de ultraderecha – y en los horrores que irremediablemente la van a acompañar -, siempre estará al acecho.