Opinion · Dominio público

Zurdos y progres… ¿le darán forma al futuro?

Ysrrael Camero

Secretario de Políticas Públicas del partido socialdemócrata venezolano UNT

El proyecto histórico de las izquierdas se encuentra inserto en la médula de la modernidad occidental a varios niveles. Adquiere sentido dentro de la búsqueda moderna de la liberación del ser humano de las cadenas, de la autodeterminación de cada individuo, lo que lleva hacia la reivindicación de la razón ilustrada como fuerza que lleva luz donde reina la oscuridad de la ignorancia y de la opresión. En ese clima racionalista e ilustrado se incubaron las ideas que darían pie a las izquierdas en sus diversas facetas, que se desarrollarían luego bajo el signo del romanticismo decimonónico.

Desde que hace su aparición, como una temprana dicotomía, durante la Revolución Francesa, varias ideas han movilizado a las izquierdas como fuerzas de cambio, su oposición al absolutismo y a las tradiciones feudales, su amor por la libertad humana como un objetivo universalizable, y su confianza en que el destino del hombre se encontraba en sus propias manos.

La construcción del Estado liberal, con sus poderes limitados, su cuerpo de derechos individuales garantizados por un sistema legal, así como el énfasis que las fuerzas liberales ponían en convertir súbditos en ciudadanos forma parte de la larga tradición de las izquierdas modernas.

En este proceso la expansión de la ciudadanía se impulsó en dos sentidos. Primero, la lucha  por la incorporación de nuevos sujetos, tanto obreros y campesinos que se encontraban sometidos a diversas formas de opresión, como de las mujeres, que habían venido siendo silenciadas y relegadas fuera de la vida pública. Pero también con la metamorfosis de lo que se entiende por ciudadanía, la expansión del corpus de derechos y deberes que dan forma a nuestro rol en la comunidad, a la ciudadanía civil se incorporó la expansión de la ciudadanía política, la lucha por la universalización del voto, posteriormente se incorporaron derechos económicos y sociales, avanzando más allá de la agenda liberal clásica.

Con cada nueva expansión de los sujetos también se ampliaba la noción misma de ciudadanía. Es el largo recorrido de las democratizaciones, entendidas como movimientos históricos hacia unas relaciones entre gobernantes y gobernados cada vez más marcadas por consultas mutuamente vinculantes, cada vez más amplias, más iguales y más protegidas, siguiendo a Tilly. Allí las izquierdas, democráticas, republicanas, liberales, socialistas, socialdemócratas, laboristas, etc., fueron protagonistas.

También, más allá de lo que el liberalismo decimonónico era capaz de construir, las izquierdas fueron protagonistas en la configuración del Estado social de derecho, elemento constitutivo de las democracias contemporáneas, con su Estado de bienestar, servicios públicos universales, sanidad pública y educación pública.

Todos estos artefactos modernizadores eran instrumentos de construcción de una ciudadanía porque tenían como meta la plena libertad de todos y de cada uno de los ciudadanos, frente a la miseria, la ignorancia, la enfermedad y las distintas formas de opresión. Allí podemos determinar la continuidad entre la agenda liberal y la agenda socialista, socialdemócrata, laborista, incluso nacional-popular para América Latina.

La disrupción y el abismo

Pero otros exploraron una vía disruptiva. Durante la primera crisis de la civilización liberal aparecieron experimentos anti-liberales que protagonizaron los violentos episodios del siglo XX. Debemos prestar atención a aquellos debates entre Bernstein, Rosa Luxemburgo y Lenin para comprender como se debilitó el vínculo entre las distintas familias de las izquierdas, entre quienes veían la continuidad entre las luchas liberales y las socialistas y quienes las concebían disociadas. Porque la diferencia entre la socialdemocracia y el comunismo no es de grado, sino de sustancia, para entenderlo hay que releer “Mi viaje a la Rusia sovietista” de Fernando de los Ríos, encontrando el momento en que el abismo se abre y los caminos se separan.

Esa ruptura tuvo hitos críticos. En Europa fue la Revolución bolchevique de 1917 y la división entre comunistas y socialdemócratas. Los primeros se embarcaron en la construcción de un experimento totalitario, anti-liberal, que derivó en nuevas formas de opresión, el fracasado experimento soviético. Los segundos continuaron impulsando su lucha por la libertad plena de todos y de cada uno de los ciudadanos con un compromiso por la construcción de sociedades más justas y más libres.

En América Latina el hito de ruptura fue la Revolución cubana de 1959. Hasta ese momento la construcción de la democracia había sido el gran proyecto histórico de las izquierdas latinoamericanas. La emergencia de Fidel Castro dividió el campo en el continente. Cuba se fue convirtiendo en otro experimento totalitario, anti-liberal, anti-democrático, que movilizaba banderas antiimperialistas mientras establecía un control totalitario sobre su población y un aparato de propaganda global que lo justificaba. Frente al castrismo permaneció activa una izquierda reformista, que insistió en seguir impulsando la construcción de repúblicas democráticas que permitieran a sus ciudadanos una vida más libre en una sociedad más justa.

Cuando tomamos una perspectiva de largo aliento para comprender procesos históricos seculares podemos percibir texturas. Quienes pretendieron dividir a las izquierdas negando la continuidad entre las luchas liberales y las socialistas terminaron promoviendo experimentos sociales opresivos y procesos liberticidas. Tanto la URSS como la Revolución cubana terminaron en fracaso, sostenidos a contravía del proyecto de Modernidad. Es allí donde las izquierdas que pretendan seguir siendo una fuerza progresista con capacidad para darle forma al futuro no pueden volver, ni con la nostalgia, al ser vías clausuradas por reaccionarias.

¿De qué depende la supervivencia de las izquierdas como fuerzas progresistas?

Para poder volver a ver al progreso a la cara es necesario ajustar cuentas con el pasado. Hay elementos que profundizar, mientras otros es necesario enfrentar, rechazar y desterrar. Es el proyecto histórico de la Modernidad el que funciona como marcador. Los avances en el proceso de liberación del hombre de todas las cadenas que lo atan, en la superación de todas las formas de opresión, sumisión y explotación, es el hilo de Ariadna que podemos rastrear como evidencia de progreso en los últimos siglos.

Eso nos lleva a reivindicar y potenciar, dentro de la continuidad de las luchas políticas y sociales de las izquierdas, la expansión de las libertades humanas, de la capacidad de que el hombre sea dueño de su destino, la ampliación de la ciudadanía, de los derechos civiles y políticos, económicos y sociales. El Estado de Bienestar, los servicios de seguridad social que protegen al hombre de su propia vulnerabilidad, la educación que lo libera de la ignorancia, la sanidad que lo libera de la enfermedad. Todo esto se encuentra en el saldo positivo de la lucha de las izquierdas.

Pero es imprescindible romper con las tentaciones totalitarias y autoritarias. No son Fidel Castro ni el Che Guevara referencias útiles a una izquierda progresista hoy, como no lo son tampoco Lenin, Stalin o Mao. La búsqueda de la unidad en las izquierdas no es útil sin resolver el tema del autoritarismo propio y las libertades ajenas. Caso contrario la izquierda quedará enceguecida para ver las dimensiones de los monstruos autoritarios que se elevan usando sus banderas, de las fuerzas que asesinan en su nombre, de quienes mueren bajo la opresión de sus proclamas. Esta ceguera asume forma de chantaje purista contra los moderados. La dificultad de asumir al régimen cubano como totalitario, de percibir como dictadores a Nicolás Maduro en Venezuela o a Daniel Ortega en Nicaragua, arrastra a muchos dirigentes de izquierda a una indolencia criminal. Esa rémora impide que se restablezca el vínculo histórico entre las izquierdas y la democracia en la mente del ciudadano.

La única manera de hacer frente al vendaval reaccionario y darle forma al futuro como fuerzas progresistas es explorar y reivindicar la relación existente entre las tres grandes tradiciones políticas de la modernidad: la socialista, la democrática y la liberal. Las izquierdas, solo así, pueden volver a defender las libertades civiles y políticas de todos y de cada uno sin anclas autoritarias ni nostalgias armadas.