Opinion · Dominio público

Cautivos y desarmados

José Antonio Martín Pallín

Magistrado emérito del Tribunal Supremo. Comisionado de la Comisión Internacional de Juristas (Ginebra) Abogado de Lifeabogados.

Hace 80 años los españoles que sobrevivieron a la guerra civil, pudieron escuchar después de un toque agudo de cornetín, el último parte de guerra que decía textualmente: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». El Generalísimo Franco, Burgos, 1° de abril de 1939.

Reproducción facsímil del último parte oficial de guerra firmado por Francisco Franco. WKIPEDIA
Reproducción facsímil del último parte oficial de guerra firmado por Francisco Franco. WKIPEDIA

Si uno repasa la firma de los tratados de armisticio firmados al finalizar las numerosas guerras en las que se ha visto envuelta en la humanidad, se puede comprobar que desde la Rendición de Breda, inmortalizada por Velázquez, hasta que posteriormente los alemanes y los japoneses firmaron su rendición, en ninguno de los textos se puede encontrar la palabra cautivos para los vencidos en la contienda. Sólo los bárbaros que asaltaron Roma, anticiparon la venganza sobre los vencidos.

Siempre he pensado, a la vista de los acontecimientos que se sucedieron en los años inmediatamente posteriores al final de la Guerra civil y durante cuarenta años, hasta que el General Franco se despidió de este mundo ejecutando a cinco personas en consejo de guerra sumarísimo, que en el parte que se leyó el 1º de Abril de 1939, faltaba un párrafo que era la seña de identidad de los golpistas militares: «la guerra ha terminado, pero la venganza y el exterminio continúan».

Sólo los que se obstinan en negar la evidencia, ante los incontestables documentos firmados por los vencedores, pueden poner en duda, que la maquinaría de exterminio que ya habían anunciado premonitoriamente los principales protagonistas del golpe militar, (Mola, Franco y Queipo de Llano), se cumplió de manera metódica y sistemática. No es posible sostener que el propósito de los sublevados, era restablecer el orden público que decían alterado por las convulsiones de la República, inmersa en un contexto internacional mucho más agitado en el exterior que en nuestro país.

La idea era aniquilar la libertad, desencadenando el pavor en el enemigo, encarnado en los republicanos demócratas que había configurado un gobierno plural bajo las siglas del Frente Popular. Había que exterminarlos o reprimirlos como un cáncer que impedía el regreso glorioso a la que llamaban la nueva España que se nutría, retrocediendo casi cinco siglos,  con el lema «de Isabel y Fernando el espíritu impera». Para ello se necesitaba el soporte de la fe religiosa nacida del Concilio de Trento, como dogma intangible para hacer frente a la inteligencia y la cultura de la Ilustración que difícilmente se había abierto paso en nuestro país al alumbrarse la Segunda República.

Esta política se plasmó en ejecuciones, internamientos en Gulags a la española, extendiendo la persecución y acoso a muchas personas por el hecho de haber sido familiares de republicanos demócratas. Se trataba de instaurar un régimen basado, según sus propios postulados, en la implantación de: «la ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, apostólica y romana, única, verdadera fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación. El ideal cristiano de la justicia social inspirará la política y las leyes».

La furia y la obsesión desatada por aniquilar cualquier vestigio de la cultura democrática incipiente que no tuvo tiempo de germinar en nuestro país, puso en marcha una maquinaria desenfrenada de Consejos de guerra y ejecuciones sumarísimas, internamiento en campos de concentración que se anticiparon, en el tiempo, a los campos de exterminio nazi, el exilio forzado de las principales inteligencias de nuestro país, y la reducción al silencio de los que mantenían la dignidad de sus convicciones y la frustración de no haber alcanzado la consolidación de una República homologable al resto de las que se alumbraron después de la Segunda Guerra Mundial. Fueron perseguidos, torturados, y obligados a cumplir con un rito ancestral de la Inquisición que sometía a los herejes a la abjuración de sus convicciones, si querían sobrevivir en el ambiente irrespirable de la «nueva España».

La Historia está llena de paradojas y Franco nunca fue lo suficientemente agradecido con su homólogo Stalin, que al confrontarse, finalizada la Segunda Guerra Mundial, con sus antiguos aliados, alzando un muro infranqueable, entre el mundo occidental y el bloque comunista, sirvió de sostén, absolutamente imprevisto, para que las democracias occidentales y sobre todo los Estados Unidos de Norteamérica, que ejercía el liderazgo, llegasen a la convicción de que era mucho más pragmático, mantener a un dictador genocida, que dar una nueva oportunidad a la democracia.

Soportamos 40 años de dictadura, en los que la eliminación física de los republicanos disminuyó cuantitativamente por influjo de los norteamericanos que no veían con buenos ojos, los atropellos de los tribunales militares juzgando a civiles, sin respetar, las más mínimas garantías del proceso debido que tenían acuñado en las Enmiendas a su Constitución. Retrocediendo en el tiempo tampoco podemos olvidar que la reducción de las ejecuciones sumarísima se produjo, paradójicamente, unos años antes, 1941, a raíz de la visita de uno de los líderes del nazismo más sanguinarios Heinrich Himmler, que comprobó asombrado el frenesí homicida de sus aliados y les recomendó que era preferible conmutarles la pena de muerte y utilizarlos como mano de obra esclava, tal como estaban haciendo los alemanes en todos los países que ocupaban.

El 23 de septiembre de 1953, se firmó un acuerdo vergonzante con los norteamericanos que nunca tuvo el rango de Tratado internacional ya que la mayoría del Senado norteamericano se oponía a su firma porque suponía reconocer políticamente la dictadura y un apoyo al régimen del General Franco.  Ocuparon?  literalmente una parte de nuestro territorio, para establecer unas Bases militares, sobre las que nunca tuvimos una efectiva soberanía y jurisdicción, que permitieron sobrevivir a la dictadura como único sistema político autoritario en el entorno de una Europa que iniciaba el camino hacia una unión política y económica, mientras permanecía indiferente ante los crímenes y la represión de las libertades democráticas.

A lo largo de su extenso mandato, Franco tuvo la oportunidad de integrar a España en el plan Marshall y en el marco de las monarquías o democracias conservadoras de una Europa sólidamente aliada frente a las tentativas totalitarias.  La egolatría o quizá el temor a que se le exigiesen responsabilidades por sus crímenes de lesa humanidad,  motivaron que se cortase de raíz cualquier intento de dar paso a  una monarquía encarnada en Don Juan de Borbón, abuelo del actual rey, o incluso una democracia homologable a la francesa, alemana o cualquiera de las otras europeas. Se pudo conseguir, si se hubiera abierto la posibilidad de que el Congreso de los demócratas de Munich, en el año 1962, instaurarse en nuestro país no sólo una democracia moderna sino también la oportunidad de integrarnos en la incipiente Comunidad Económica Europea y la posibilidad de beneficiarnos de su impulso económico y de los fondos y subvenciones, veinte años antes de que, instaurado sistema democrático, consiguiéramos entrar en la Comunidad Europea.

Y así seguimos lentamente nuestro camino. Sin embargo, el régimen no pudo evitar que sugieran movimientos disidentes que deseaban instaurar una democracia homologable a las europeas y que se oponían al monolitismo de su ideario, con movimientos políticos, sindicales, de la cultura,  incluso de algún sector de la Iglesia como los llamados curas obreros, que perseguidos, torturados, juzgados y castigados con duras penas de cárcel, resistieron en su lucha y fueron minando, poco a poco, los bastiones de un régimen basado en el integrismo católico y en el pensamiento único.

Creo que es un buen día para qué los españoles que van a ser llamados a las urnas en poco menos de un mes, mediten su voto ante el rebrote de partidos que de una manera directa y descarnada, tratan de retroceder al momento de la guerra civil e incluso al ideario de la Reconquista. Muchos acólitos, ante el temor de que prenda esta propuesta que puede desalojarlos de los espacios políticos que ocupan, no dudan en defender alguno de los «logros» del régimen dictatorial, con argumentos simplistas. Es cierto que Franco construyó pantanos. Efectivamente, algunos además ya estaban planeados por los Ministros de Fomento de la República, pero, con el mismo rigor argumental, tendrán que reconocer, por ejemplo,  que Franco no trajo la electricidad que ya estaba inventada, ni tampoco la televisión en color que todavía no se había instalado en la mayor parte de los países.

La industrialización inevitable por el signo de los tiempos, no fue un mérito personal de Franco sino una consecuencia de un fenómeno negativo y perverso del capitalismo que todavía perdura. Se debió a la política de deslocalización de las empresas punteras que buscaban instalarse, en condiciones ventajosas,  en zonas donde la mano de obra fuese mucho más barata, sin descartar, en nuestro caso, las posibilidades de tener controlados a los obreros, privados del derecho de huelga o de cualquier otra reivindicación.

Podríamos seguir con el memorándum de agravios de la democracia frente a la dictadura sangrienta y represora de nuestro país pero, a estas alturas, sus métodos son lo suficientemente conocidos, como para no gastar ni una línea más en su descripción. Dentro de unos días tendremos la oportunidad de expresar libremente nuestra voluntad democrática. Todos lo que vamos a ser convocados ante las urnas, disponemos de dos opciones; consolidar una democracia impregnada de solidaridad, tolerancia y respeto al pluralismo político o retroceder hacia el pasado, restaurando represiones e intransigencias que creíamos superadas.  Ya lo sabes, este es el dilema, o profundización en la democracia o vuelta al pensamiento reaccionario que, al parecer, ya tenían los neardentales.