Dominio público

Electoralismo, populismo y adulación

Santiago Alba Rico

Ensayista y filósofo

Como es sabido, en la famosa Atenas de Pericles la asamblea ciudadana tenía entre sus atribuciones la de condenar al destierro por mal gobierno o mala conducta a cualquiera de sus miembros: es lo que se llamaba "ostracismo", por el soporte (un trozo de terracota u ostraka) donde se escribía el nombre del cuestionado.

Pues bien, en sus Historias curiosas el historiador griego Claudio Eliano cuenta la anécdota de un candidato político que había sorprendido a un campesino escribiendo su nombre en un cascote. "Pero, ¿por qué?" se había escandalizado el político, "¡si nadie me conoce!". La respuesta fue tajante: "pues por eso", justificó el campesino, "porque no quiero que llegues a ser conocido". Los atenienses sabían muy bien que el conocimiento público implicaba y alimentaba una cristalización de poder que (como quedó claro en el caso de Alcibíades) podía amenazar las propias instituciones. Así que, al menos idealmente, invertían la advertencia paterna tradicional ("confía solo en los conocidos") en su formulación opuesta: "(en política) sólo puedes fiarte de los desconocidos".

Esta lógica griega presidió el 15-M y se trasladó también al primer Podemos, que tuvo que darse a conocer, sin embargo, en los mismos medios de comunicación, casi siempre feroces, en los que se hizo luego el harakiri. El 15-M impugnaba una clase política "demasiado conocida", pero también las vías de acceso a la autoridad pública: el cursus honorum de los aparatos de partido y una televisión que promocionaba el populismo o populacherismo más encarnizadamente mercantil.

Ahora bien, mientras duró el bipartidismo esos dos mundos discurrían en mundos casi paralelos. Ocurría, es cierto, que los políticos en televisión imitaban a las estrellas del balón o a las tertulianas del corazón (y fue por esa grieta por la que se coló Podemos); pero nunca, al revés, que las estrellas del balón o los tertulianos del corazón se dedicaran a la política. El electoralismo era un populismo de Estado; el populismo era un electoralismo de mercado. Digamos que los políticos profesionales del régimen del 78 se dedicaban tranquilamente al electoralismo mientras las televisiones se dedicaban tranquilamente al populismo; y solo en momentos de excepcional peligro esos dos mundos se mezclaban. Recordemos, por ejemplo, la campaña para el referendum europeo de 2005, cuyo protagonismo, lejos de las explicaciones y los debates, se encomendó a Butragueño, Cruyff, Natalia Sánchez o Loquillo. El 77% del electorado (con una altísima abstención, claro) votó a favor de la propuesta del bipartidismo.

Un funcionario coloca los mazos de papeletas en un colegio electoral en Madrid. REUTERS
Un funcionario coloca los mazos de papeletas en un colegio electoral en Madrid. REUTERS

El 15-M, en todo caso, pertenece a otra época. En estos últimos ocho siglos han ocurrido, entre un fragor de acontecimientos, todos ellos "históricos", al menos dos cosas de calado estructural. Por un lado la saludable irrupción de Podemos acabó con el bipartidismo y sus escenificaciones electorales, lo que fue vivido por los "conocidos de siempre" (por evocar al revés el título de un clásico del cine italiano) como un grave peligro ante el que había que reaccionar. Por otro lado, el populismo de los medios se generalizó a través de las redes, inoculadas ahora en las venas de los políticos, de tal manera que pasaron a coincidir, como nunca antes, la autoridad pública y la autoridad popular. Es como si el atinado sueño errejonista se hubiera convertido en pesadilla, haciendo ya imposible la "resignificación" del concepto mismo de "populismo", pues ha colapsado precisamente, demasiado lleno de otra cosa, por el uso "ultrapopulista" que han hecho de él sus detractores electoralistas. En el espacio hegemónico de los influencers, donde el reconocimiento público se construye como un fin en sí mismo y una categoría vacía, la "autoridad" ha quedado completamente desconectada de la política; y los políticos en peligro (y sus inquietos grupos de presión en la sombra) se ven obligados a disputar ese territorio y, más radicalmente, a fundirse con él para recabar su ayuda. Como en el cuentecito de Kierkegaard de la princesa fugitiva y el enano calzado con botas de siete suelas, de un solo paso hemos dejado la política muy atrás.

Bajo el bipartidismo la política la hacían políticos profesionales formados en el cursus honorum de los partidos clásicos, modelo impugnado por el 15-M y por la llegada de Podemos, que del modo más paradójico, a través del liderazgo mediático de Pablo Iglesias, llenó el Parlamento de "desconocidos".

Ninguno de estos dos modelos (el de los políticos profesionales y el de los desconocidos griegos) está ya vigente, al menos en términos electorales. La fusión entre una clase política en peligro y una autoridad pública popular mercantil ha impuesto un nuevo marco de reconocimiento público, un retorno de los "conocidos de siempre" bajo un formato distinto. "Nuevo" quiere decir que esa "autoridad pública", muy fluida y volátil, quema a sus iluminados en pocos días. "Distinto" quiere decir que no mantiene ninguna relación, o apenas muy leve, con el espacio político que pretende ocupar.

El desprestigio de los partidos se pone de manifiesto en la necesidad del "fichaje", metáfora futbolística muy elocuente que indica ya externalización, despolitización y pragmatismo comercial: la cantera deja lugar a la contratación de estrellas que pueden ayudar a ganar la liga. El desprestigio de la política, por su parte, se evidencia en el hecho de que estas estrellas, en muchos casos, son recogidas directamente de los caladeros del populismo mediático mercantil: tauromaquia, deporte, televisión. Es verdad que algunos "fichajes" expresan una nueva pugna ideológico-cultural (el torero versus el astronauta), pero en todo caso dejan ya atrás la batalla política de 2015, donde parecían enfrentarse más bien dos maneras de hacer política: el gobierno de los políticos y el gobierno de la "gente". El 28 de abril no habrá que elegir, no, entre profesionales y desconocidos, como en la asamblea griega. Las estrellas fichadas por los partidos fuera de los partidos no son "gente": son esa gente que legítimamente admira la gente por razones no políticas, una élite parapolítica que representa el mundo del deporte, el mundo de los toros, el mundo de la televisión y quizás el mundo autorreferencial de la celebridad pública, pero que serán escogidos menos para representar a los españoles que para ocultar o señalar a otros representantes (y a algunos poderosos ausentes).

No hace falta decir (pero lo diré para evitar malentendidos) que la Constitución reconoce a todos los españoles el derecho a elegir y ser elegidos; y que nada impide que tanto los desconocidos como los toreros, para bien y para mal, puedan acabar haciendo política parlamentaria; y hasta deviniendo "políticos" (también para bien o para mal). Sólo pretendo señalar un desplazamiento en los marcos culturales polemistas de las campañas electorales: del electoralismo al populismo…a la adulación.

La república romana distinguía entre autoridad, poder e imperio, tres instancias por encima de las cuales solo estaba la "majestad", que encarnaba el pueblo de Roma. Es decir, la soberanía. Un extraño deslizamiento semántico ha hecho que asociemos hoy "soberano" y "majestad" a la figura de los reyes, con los que se mantenía y mantiene en los palacios una relación de adulación temerosa. Al pueblo soberano sólo se le teme en período de elecciones, y más en el contexto de crisis presente, donde votar sí significa algo; de ahí que (al tiempo que se cruzan líneas rojas discursivas y subterráneas) se adule sin cesar al soberano, lo que es una manera de despreciarlo (como se desprecia también, por cierto, al candidato estrella fichado para esa misión).

Adular al soberano es todo lo contrario de consultarle, hacerle pensar, darle información o ayudarle a formarse. Eso ya era bastante incompatible con el electoralismo del bipartidismo PSOE-PP contra el que el 15-M reclamó lentitud y respeto; y contra el que Podemos reivindicó a la "gente normal", hoy un agotado eslogan de los viejos políticos. Pero, ¿qué decir de este populismo twittero adulador que, sobre todo desde la derecha radicalizada, rompe todo anclaje con la política para situarse, también en el plano electoral, en el terreno muy salviniano y trumpista del mensaje directo en la mandíbula, la familiaridad sin discurso, la lisonja sin debate, el gag sin relato, la respuesta sin preguntas?

Votar contra todo eso (se vote lo que se vote) es votar por conservar lo que nos va quedando (nos van dejando) de democracia.