Opinion · Dominio público

El fin de la excepcionalidad política

Ignasi Gozalo-Salellas

Profesor y ensayista

Junio ??de 2019. Apuntemos la fecha, porque tal vez podamos afirmar que es el momento en que se sella el periodo de excepcionalidad política en Cataluña y, por extensión, en España. El sábado 15 de Junio, día en que se formaron los ayuntamientos de todo el estado español, se puso fin a la década de la excepción, de la revuelta colectiva y de las movilizaciones masivas. Y, por consiguiente, se inauguraba un nuevo dominio de la normalidad. Comienza un segundo régimen democrático.

Con pocas horas de diferencia, se ponía fin al juicio contra el movimiento independentista y por otro lado confirmábamos el afianzamiento en el ámbito municipal de ciertas lógicas de partido, ancladas en el sistema, ya vividas décadas atrás. Hay excepciones dentro del agotamiento de lo excepcional. Hoy en España sólo tres grandes ayuntamientos mantienen el liderazgo de las fuerzas del cambio de 2015: Barcelona, ??Valencia y Cádiz. Estos proyectos excepcionales, caracterizados por liderazgos carismáticos, tendrán la responsabilidad de extender su proyecto comunitarista de ciudad aunque muy probablemente rebajando las expectativas de años atrás. En Barcelona, ??el voto de los representantes de las élites condicionó el tablero de juego y el horizonte de futuro es realmente incierto. Mientras tanto, la renovada y extremada derecha reconquista Madrid, y muchas otras ciudades medianas. La España de los municipios se derechiza.

En Cataluña, la socialdemocracia tradicional ha vuelto y se ha llevado por delante gran parte de la energía emancipatoria de los proyectos municipalistas representados por dos nuevas expresiones políticas de la última década: las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) sufren una pérdida de representación y visibilidad enormes, y el principal símbolo de la ruptura con el régimen del 78 en Catalanya (la llegada de los comunes a la alcaldía de Barcelona) apuesta por una mutación legítima pero desmovilizadora. De ser la voz del pueblo a ocupar el espacio de centralidad que en su momento representó el PSC, aquella auténtica máquina municipalista y contrapunto no nacionalista del status quo catalán junto al pujolismo. Cuando los antiguos rivales (el establishment) te prefieren a otro, has dejado de ser una amenaza. Similar destino han vivido las mareas o confluencias municipalistas en Galicia (A Coruña, Santiago o Ferrol) y en otras regiones como Zaragoza.

Una pregunta nos acecha. ¿Eran estas fuerzas del cambio el inicio de una nueva forma de hacer política, o bien los actores protagonistas de un período de excepcionalidad, tan necesario para redimir a las clases populares como suficientemente breve para la recomposición, en una nueva piel, de las fuerzas hegemónicas del régimen del 78? Cómo entender el auge del PSOE en muchos ayuntamientos o la toma de poder por parte del PP más conservador que recordamos desde Fraga? Las fuerzas del cambio fueron el inicio de un período de emancipación, imaginación y repolitización de las bases sociales, sin duda. Tal vez a modo de intermezzo entre reinos.

A día de hoy, usar el término transición es cansino. El desgaste y el mal uso hecho en el contexto español son evidentes pero no podemos negar ciertas analogías. De aquella primera transición, la del 1975-1982, se apropiaron los ganadores del Pacto de la Moncloa para producir una narrativa de consenso y normalidad. Y de paso, para sepultar la potencia renovadora de tantas iniciativas en el ámbito del asociacionismo cívico, de las nuevas pedagogías, de las culturas alternativas o de la disidencia política. Algunos también pusieron nombre al efecto que todo ello produjo: el desencanto. No pocos tienen hoy razones para volver a sentir un sentimiento parecido.

Con una buena amiga a menudo hemos imaginado los posibles para el futuro. Hoy habría que añadir a aquella pregunta cuáles son los hechos posibles que traduzcan el imaginar un horizonte en acción política y social en el día a día. Desde Cataluña, la prisión preventiva, de casi dos años, de líderes de la sociedad civil como Jordi Cuixart o Jordi Sánchez ha dado señales de los límites para el disenso que los marcos constitucionales permiten en los estados de derecho (y no sólo el español). Estamos a la espera del último acto de este triste capítulo de la historia: la sentencia judicial. Las lógicas de autoridad y de escarnio contra la desobediencia y la insumisión vistas durante el largo juicio contra el independentismo en el Tribunal Supremo hacen prever no sólo una sentencia dura sino también la victoria de un nuevo régimen disciplinario, como la entendía Michel Foucault, bajo el mandato del «orden constitucional» en un futuro inmediato. Si este presagio se confirma, el nuevo régimen democrático no tardará mucho en etiquetar la excepcionalidad interrumpida como una «segunda transición». Una pesadilla convertida en un mal menor.