Opinion · Dominio público

Clase y género en Nancy Fraser

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Feminismo y teoría crítica. Acerca del pensamiento de Nancy Fraser' (ed. Rebelión) @antonioantonUAM

La la filósofa y feminista Nancy Fraser.  FERNANDO SÁNCHEZ
La la filósofa y feminista Nancy Fraser. FERNANDO SÁNCHEZ

Con la crisis de legitimación del neoliberalismo progresista de Obama y Clinton ha ganado el neoliberalismo hiper reaccionario (del Trump gobernante), frente al populismo reaccionario (del Trump discursivo) y el populismo progresista (de Sanders). Sin embargo, no tiene una plena y segura hegemonía cultural, aunque sí parece firme su bloque de poder.

La alternativa de la prestigiosa intelectual y feminista, Nancy Fraser, es un populismo progresista y antineoliberal según la tradición estadounidense, es decir, popular en su composición, no estrictamente de clase trabajadora sino incorporando a las clases medias (estancadas), y multidimensional, integrando las distintas facetas humanas y movimientos sociales progresivos, en particular el feminista.

Es distinto al concepto de populismo de LACLAU en el que, además del antagonismo oligarquía/pueblo como lógica política, tiene una concepción (idealista) de la construcción de pueblo basada en el discurso, como elemento articulador, infravalorando el punto de partida de la realidad social (real): la problemática, los conflictos y las percepciones de la gente en su contexto.

En el caso de esta pensadora, desde la investigación del marco histórico y estructural-institucional, basa su orientación política en una distribución igualitaria, a favor de la clase trabajadora, y un reconocimiento justo, con una visión inclusiva y no jerárquica, frente a distintas discriminaciones, con una estrategia antineoliberal. Lo contempla como una etapa transitoria hasta madurar un proceso transformador socialista.

Ahora bien, cabría señalar dos aspectos. Por un lado, que la alternativa (estratégica) no solo ni fundamentalmente debe consistir en un ‘programa’ (o un discurso), con la sobrevaloración de su impacto en la conformación del sujeto transformador, sino que significa un proceso de experiencia, dinamización y cambio real de las relaciones socioeconómicas, institucionales y de poder. Por otro lado, que las diversas problemáticas económico-laborales y las discriminaciones específicas de género o etnia-raza pueden ser compartidas, en mayor o menor proporción y profundidad, por gran parte de las clases trabajadoras, que son mixtas respecto de sus variadas subordinaciones e identidades, con reconocimientos y estatus sociales múltiples, aunque dentro de una posición subalterna, global y particular.

Distintos grupos y movimientos sociales progresistas, dejando al margen los nacionales y los conservadores, son transversales, populares o interclasistas, incluyendo también el movimiento sindical. Pero, la composición mayoritaria de sus bases amplias proviene de las clases trabajadoras, entendidas como categoría sociodemográfica de gente subordinada, más o menos precarizadas e ilustradas, aunque la de sus élites o representantes, incluido los sindicatos, suele venir de clases medias, más o menos estancadas.

O sea, gente trabajadora con un estatus socioeconómico subalterno participa, tiene y se identifica con esas facetas socioculturales diversas, en el caso del feminismo por la mayoría de las mujeres y gran parte de varones. Y también gente de (nueva y vieja) clase media, meritocrática y más débil o formal en su actitud igualitaria, también es sensible a los problemas de la distribución, la reproducción social y la protección pública. Todo ello de forma asimétrica y con distintos impactos y equilibrios subjetivos, expresivos e identitarios.

Si hablamos de nuevas clases trabajadoras o, mejor, de capas populares, tenemos una configuración objetiva de carácter interclasista -dejando fuera a las clases altas y élites poderosas- con una participación muy mayoritaria de la gente subalterna o subordinada que es el criterio principal de identificación del estatus social. Con esa interpretación inclusiva y multidimensional, llámese clase, pueblo o bloque social de carácter popular, es más fácil valorar sus interacciones internas desde la diversidad, incluido el género y su identidad nacional, y la interrelación de problemáticas y respuestas que pueden conformar un sujeto plural y unitario.

En definitiva, en esta acepción flexible de clase social (trabajadora, incluida la desempleada y la inactiva) ya está integrada la gran mayoría de la juventud, mujeres,  pensionistas, personas de color o inmigrantes. Además, si se flexibiliza incorporando algunas capas medias (profesionales-expertos-gestores) estancados o descendentes se configuran las clases populares con mayoría trabajadora.

La cuestión problemática es que el nombre ‘clase trabajadora’ distorsiona y genera recelos sobre su significado, así como de las jerarquías internas y las prioridades de intereses e identidades, entre representaciones tradicionales, económico-laborales, y nuevos movimientos, con otras problemáticas sociales, culturales o socioecológicas; haría falta un significante inclusivo y consensuado, además de integrador de lo diverso y multidimensional. Estamos en una fase descriptiva en la que lo más fácil es hablar cuantitativamente del 99%, aunque en realidad habría que decir del 80% que constituyen las capas populares. Es un análisis sociodemográfico, importante, pero no el más relevante.

Para superar la tentación determinista (o idealista) de asociar mecánicamente categoría social con sujeto o comportamiento sociopolítico y cultural, hay que insistir en la importancia de las mediaciones institucionales y culturales, así como la articulación de la experiencia compartida y relacional, que requieren un análisis específico. Los procesos de identificación colectiva, la interacción de las distintas identidades es el punto intermedio y de interrelación entre los dos ámbitos: la situación social de subordinación y la acción democrático-igualitaria-emancipadora. Por tanto, lo más importante para el análisis y el diseño estratégico alternativos se refiere al plano sociopolítico (y teórico) en el que caben las palabras ‘sujeto’ (o actor), movimiento social, tendencia o corriente sociopolítica, en el marco dinámico de la interacción social.

Este enfoque más relacional, social y crítico es, a mi parecer, el más relevante, al partir de la experiencia compartida de actores y grupos sociales y los procesos de identificación y práctica interactiva o conflictiva por intereses y objetivos comunes vinculados al cambio social democrático-igualitario. Y esta mirada de FRASER, aunque hace alusiones a los procesos de los nuevos movimientos sociales y la nueva izquierda desde los años sesenta, y pone el acento en la emancipación respecto de la subordinación de clase social y de género, no la desarrolla para engarzarla con su análisis estructural y su alternativa programática. Así, la autora termina expresando su confianza subjetiva en la formación de ese sujeto alternativo al neoliberalismo, posición aceptable como deseo normativo, pero sin abordar sistemáticamente ni combinar suficientemente con su análisis de la sociedad capitalista y su propuesta transformadora.

Hacia una teoría crítica igualitario-emancipadora

En definitiva, Fraser aporta, en primer lugar, un interesante impulso a la renovación de la teoría crítica, en particular al análisis de la sociedad capitalista, del orden social institucionalizado y sus contradicciones de fondo, así como las principales tendencias políticas en Estados Unidos, el neoliberalismo reaccionario (el Trump gobernante) y el neoliberalismo progresista (Clinton-Obama) que han vencido, respectivamente, al populismo reaccionario (el Trump retórico) y al populismo progresista (Sanders), con puntos similares y algunos distintos respecto de la realidad europea.

En segundo lugar, tiene muchas sugerencias de interés, aun con ciertas limitaciones, en el campo sociopolítico, en particular su visión flexible y multidimensional de la clase trabajadora, su análisis de la discriminación de las mujeres por su papel subordinado en la reproducción social y la necesidad de la articulación unitaria de los movimientos sociales dentro de una perspectiva transformadora anticapitalista o de socialismo democrático, con una fase transitoria de populismo progresista. Es un avance significativo, aunque todavía insuficiente, en el debate clásico sobre los conceptos y relaciones de clase social y género (y nación o etnia-raza).

En tercer lugar, es más discutible alguna de sus conclusiones estratégicas y de alianzas y, especialmente, la problemática que interactúa entre los dos campos anteriores: conformación de un sujeto transformador o, en forma más convencional, la acumulación de fuerzas sociales alternativas para un cambio democrático-igualitario-emancipador. Es lo más débil y menos elaborado y lo que se debería complementar para desarrollar una teoría crítica. En todo caso, en este contexto de débil reflexión teórica y estratégica es saludable esta aportación a la teoría crítica y su debate.