Opinion · Dominio público

Jugar con fuego

Sergio Pascual

Analista de CELAG y Diputado en las legislaturas XI y XII fue el primer secretario de organización de Podemos

Una urna con las papeletas para el Congreso de los Diputados, en un colegio electoral de Madrid en los pasados comicios del 28-A. REUTERS/Rafael Marchante
Una urna con las papeletas para el Congreso de los Diputados, en un colegio electoral de Madrid en los pasados comicios del 28-A. REUTERS/Rafael Marchante

El sistema electoral español se parece a la proyección de intención de voto en circunscripción universal habitual en todas las encuestas como un huevo a una castaña. Una subida o bajada de un uno por ciento no se traduce en una escalada homóloga de escaños y no hace falta haber sido secretario de organización de un partido político para saber eso. Basta con leer la el artículo 68.2 de la Constitución o bucear en la página web en la que el ministerio del interior publica los resultados electorales.

El efecto práctico de nuestro particular sistema electoral es que pequeñas variaciones en el voto o en la agrupación de los partidos que los reciben, provocan grandes movimientos en términos relativos en los escaños de cada provincia, y por ende, movimientos tectónicos en la suma de los mismos.

Extrapolar por tanto los movimientos de intención de voto de una encuesta a su traducción en escaños resulta un ejercicio cuando menos arriesgado. Por varias razones. En primer lugar porque no tiene en cuenta la abstención, probablemente la variable más esquiva para los analistas en demoscopia. Y en segundo lugar porque, como ya adelantaba, una variación minúscula del voto puede ser inocua en algunas provincias y en otra definitiva.

Efectivamente. En España hay cinco provincias (Huelva, Álava, Illes Balears, Navarra y Zaragoza) en las que el último escaño se repartió por menos de 1000 votos de diferencia. En Zaragoza con que solo 77 votantes del PSOE decidieran abstenerse, el 0,014% de los votantes, Ciudadanos le arrebataría un escaño. Hay otras siete provincias en las que VOX no obtuvo escaño en las que sus votantes pudieran decidir apostar por lo seguro: votar al PP, con lo que este le arrebataría cinco escaños al PSOE, uno a Unidas Podemos y otro a Coalición Canaria.

En 12 provincias más, 78 mil votos adecuadamente distribuidos, un 0,3% del censo, podrían hacer perder un escaño al PSOE (8 en total) o a Unidas Podemos (4) en beneficio de VOX, Ciudadanos o el PP. Por solo citar dos casos: en Madrid y Murcia oscilaciones de menos del 1% podrían derivar en la pérdida de dos escaños del PSOE en favor de VOX y el PP respectivamente.

Si todos estos pequeños movimientos hoy apuntados como plausibles y probables se consuman el 11 de noviembre en unas elecciones generales, el futuro Congreso de los diputados podría arrojar un escenario cualitativamente diferente al actual. El bloque de derecha pasaría a tener 169 escaños (lo que en términos numéricos -quizá no políticos- podría llegar a sumar mayoría absoluta con PNV y CC). De otro lado, el bloque de la izquierda retrocedería hasta los 143 escaños (107 PSOE, 36 Unidas Podemos), muy lejos de poder gobernar ni en coalición ni con ninguna otra fórmula por imaginativa que esta sea.

A partir de aquí habrá quien podrá argumentar que los nuevos votantes de VOX no volverán tan fácilmente al PP y que Ciudadanos está en caída libre. Dirán que el escenario que planteo es un escenario demasiado pesimista. Pero lo cierto y verdad es que es que el único movimiento que todos parecen asegurar hoy es el abstencionismo creciente de una izquierda defraudada por un Pedro Sánchez que parece que ha decidido ya que su partido no es “tan de izquierdas” como para gobernar con Podemos.

No debería sorprendernos. El PSOE es el artífice del actual modelo estructural de reparto de rentas en el país, no es solo un partido de “orden” es el partido artífice y arquitecto de este orden. Le resulta por tanto mucho más cómodo coaligarse con Rivera (ya lo hizo) o incluso aceptar la abstención del PP, que -y son palabras de la propia Vicepresidenta Calvo- “hipotecarse” con un socio que apuesta por reformas estructurales en favor de una redistribución de las rentas en beneficio de las del trabajo -y por tanto frente a las rentas del capital-.

Es en ese escenario, pesimista o no, pero muy parecido al escenario de las elecciones andaluzas que daban victoria segura a Susana Díaz en el que hay que echar los números.

Eche los números Sr. Sánchez, y decida rumbo de una vez por todas porque la endiablada geografía electoral española no invita a jugar con fuego.