Dominio público

La marcha de la locura

Juan Gabriel Valdés

JUAN GABRIEL VALDÉS

Es una lástima que la historiadora norteamericana Barbara Tuchman no alcanzara a incluir Irak en The March of Folly o La marcha de la locura, su memorable libro publicado en 1984 sobre las catástrofes históricas –guerras, batallas– auto infligidas. Porque Irak parece ser el último hito en el camino que ella inicia con el estudio del caballo de Troya, (¿Qué pudo llevar a los griegos a aceptarlo?) y culmina en Vietnam, aquella derrota que los derrotados previeron hasta en sus más mínimos detalles.

"¿Por qué los gobernantes actúan tan a menudo contra lo que sugiere la razón y una lectura iluminada del propio interés?", se pregunta Tuchman al comenzar su análisis. En realidad, si hubiese estado presente, como algunos de nosotros, hace hoy exactamente cinco años en la sala del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuando el entonces secretario de Estado norteamericano Colin Powell pronunció aquel famoso discurso sobre los arsenales prohibidos de Irak, ella habría escuchado nítidamente la fanfarria que preludia la marcha de la insensatez.

Recuerdo como si fuese ayer cuando Powell entró solemnemente a la sala, a las 10:30 de la mañana, hora de Nueva York, aquél 5 de febrero de 2003, cuando ya nosotros y nuestros ministros de Asuntos Exteriores nos encontrábamos en silencio en torno a la mesa del Consejo.

Este hombre tenía una popularidad muy por encima de la banda de Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz. El Secretario de Estado había brillado hasta entonces por su sensatez y honestidad: las encuestas le otorgaban una credibilidad que triplicaba la del presidente Bush. No había en Estados Unidos nadie mejor que él para convencer a los norteamericanos de que era necesario ir a la guerra. Problema: tampoco había nadie mejor que el para explicar por qué no había que hacerlo, por qué había que evitar la guerra.

Porque, en efecto, fue él quien lo había argumentado magistralmente en la revista Foreign Affairs tras la guerra del Golfo de 1991. Y, más recientemente, poco después de asumir su cargo, había declarado que Sadam Husein estaba encerrado en su casilla; antes del 11 de septiembre de 2001, había confirmado inequívocamente que Irak no era una prioridad defensiva para los Estados Unidos. Powell atraía respeto y generaba afectos, y su petición de exponer ante el Consejo las pruebas según las cuáles Sadam Husein poseía un arsenal de armas químicas, biológicas y nucleares, no podía sino desparramar una profunda inquietud.

"¿Y si fuera verdad?", me dijo sombrío una mañana Adolfo Aguilar Zinser, mi amigo y colega embajador de México ante la ONU, cuando juntos atravesábamos la primera avenida camino a nuestros puestos en el Consejo de Seguridad. ¿Y si fuera cierto que Sadam tiene las armas escondidas y los gringos tienen razón? Los rumores galopaban como gamos por los pasillos del edificio. Los servicios de inteligencia susurraban al oído informes contradictorios. El gobierno norteamericano, se aseguró con varias semanas de anticipación, entregaría al Consejo datos tan contundentes, que toda resistencia a la guerra sería condenada por absurda, las inspecciones en Irak canceladas y las posturas moderadas en el Consejo irremediablemente derrotadas.

En ese contexto, pues, antes de la actuación de Powell, decidimos ambos, Adolfo y yo, visitar a Hans Blix, el diplomático sueco responsable de las inspecciones. "Los Estados Unidos no tienen nada que no sepamos", nos dijo. Una noche antes del 5 de febrero, Gunther Pleuger, el hábil y gentil embajador de Alemania, me confesaba: "Tanto nuestros servicios como los franceses aseguran que Estados Unidos no tienen más que hipótesis y suposiciones".

Pero, las dudas estaban sembradas. ¿Cómo podía comprenderse tanta tenacidad en señalar el peligro y tanta ansiedad por enfrentarse al mismo si no existía ninguna prueba sobre la existencia del arsenal?

Ahora me retrotraigo a la mañana del 5 de febrero de 2003. Durante los primeros cinco o diez minutos de su discurso, Powell logra mantener la tensión en una sala expectante y casi entregada de antemano. Pero pronto el drama decae en calidad.

¿Cuándo se despeña? En mi memoria está mi propia reacción y la de algunos colegas en el momento en el cual el secretario de Estado introduce como primera prueba la grabación de un diálogo telefónico en árabe entre dos soldados iraquíes cuyo plan de esconder armas a los inspectores tenía un cierto aire de comicidad.

"Que Dios me perdone", susurré a mi vecino el embajador alterno de Chile, Christián Maquieira, "pero esto me recuerda a Gila". Siguen mapas y fotos de satélite, grabaciones y planos de vehículos y aviones no pilotados. Y Powell exhibe en su mano un tubito de cristal con un polvo blanco en el interior... que representa el mortífero ántrax...

Pero nada logra impactar verdaderamente al auditorio en torno a la mesa. A diferencia de aquel día en 1962, cuando Adlai Stevenson, el embajador norteamericano ante Naciones Unidas, había hecho enmudecer al mundo y al Consejo de Seguridad con las veintiséis fotografías en blanco y negro de los misiles que Cuba había recibido de la Unión Soviética, Powell, al agotar sus setenta y cinco minutos, solo aportaba datos que con su falsa espectacularidad pretendía proyectar pequeñas historias no confirmadas. La única garantía era la presencia detrás de Powell del entonces director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) George Tenet, visiblemente molesto. Todo fue una obra de intoxicación, como no mucho más tarde reconocería el propio actor principal –Powell– de aquella mañana.

Con este rosario de presuntos "datos sólidos", según nos dijo, no probaba la culpabilidad de Irak. Solo admitía que había comprometido su prestigio personal, su imagen honesta y vigorosa, solo reconocía que se había subido al carro de quienes avanzaban sin remedio hacia la invasión de Bagdad. Un año más tarde David Kay, el jefe del grupo que el presidente Bush había designado para investigar dónde diablos estaban las armas de destrucción masiva, declaró a la prensa que los arsenales utilizados como justificación de la guerra habían sido destruídos en 1991. Con ello abrió las puertas para que uno tras otro los responsables de la inteligencia norteamericana desmontaran como los naipes de un castillo infantil las falsedades que habían construido la argumentación de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. Tras Kay vino Charlie Duelfer.

Powell, finalmente, se limitó a decir: "Si hubiera sabido que no había arsenales, no habría dicho que había arsenales". Pero precisamente: tanto Blix como Mohamed ElBaradei, director del Organismo Internacional de Energía Atómica(OIEA), le habían asegurado que no existían pruebas sobre su existencia. Por eso, Adolfo y yo intentamos, en representación de Chile y México, junto a los otros países bautizados como "indecisos" (Camerún, Angola, Pakistán y Guinea), dar más tiempo a los inspectores.

A diferencia de la locura en Vietnam, que según dice Tuchman "no consistió en la persecución de un objetivo ignorando los obstáculos, sino en el hecho de persistir en él, a pesar de la evidencia acumulada, que presentaba el mismo como inalcanzable", la locura en Irak fue la decisión de ignorar absolutamente los obstáculos, concentrando la energía en la falsificación del verdadero objetivo. Lo primero se llama contumacia. Lo segundo mitomanía. O simplemente aventura irresponsable en desprecio de la vida humana y la comunidad internacional. La irrelevancia de la ONU, consagrada en aquellos días por el presidente Bush, Powell y sus seguidores incondicionales en Europa, fue uno de los momentos más relevantes de su historia reciente.

Juan Gabriel Valdés fue embajador de Chile ante las Naciones Unidas en 2002 y 2003