Opinion · Dominio público

Cataluña: mejor mediador que relator

Laura Arranz Lago

Abogada, Mediadora particular e intrajudicial

A España le duele Cataluña. A Cataluña le duele España. La mirada doliente está puesta en la política y ésta ha llevado sus ojos de nuevo en este año que está llegando a su fin, a la figura del relator.

¿Quién es un relator? Según la RAE es “una persona que en un congreso o asamblea hace relación de los asuntos tratados así como de las deliberaciones o acuerdos correspondientes”. Es una figura que la ONU define como “experto independiente designado por el Consejo de Derechos Humanos para examinar e informar sobre la situación de un país o un tema específico de los derechos humanos”.

A principios de este año 2019, la vicepresidenta del Gobierno Carmen Calvo, introdujo esta figura en la mesa de partidos, capeando la polémica que desató con frases como “no es un mediador porque no hay un conflicto internacional. Es una persona que ayudará a organizar y negociar qué decidirán los partidos políticos”. El relator se convirtió entonces en una propuesta para ser testigo de una realidad parlamentaria que se vive bajo la niebla de la incertidumbre y la desconfianza. Y desde entonces, el relator se quedó en tablas–como tantas y tantas cosas en nuestro país- hasta que esta semana, la Generalitat ha vuelto insistir en darle cabida. La portavoz del Govern, Meritxell Budó, acaba de proponer una mesa de diálogo sobre Cataluña una vez formado el Gobierno central y relator mediantes. Mucha presión sobre este profesional, al que convocan a tomar nota de un diálogo cuando la convocatoria esconde conflicto e independentismo.

Como mediadora ejerciente desde 2006 puedo señalar que una de las grandes claves para poder gestionar un conflicto- que lo hay, en este caso- es dejar de poner vendas y velos y reconocerlo. Existe un conflicto que nos conmueve y no podemos esperar más a solucionarlo dilatando los tiempos mientras a los políticos se les sigue llenando la boca con palabras asépticas. Existe un conflicto y no un problema porque hay emociones, intrahistoria, vivencias, interpretaciones, aspiraciones, anhelos, convivencia, alianzas, deseos y dolor y hace falta un profesional experto en el manejo de todos los anteriores ingredientes para poder hacer la receta adecuada. Si hay alguien capaz de ayudar a cocinar esa solución soñada es un mediador, no un relator.

La Ley 5/2012 de 6 de julio de mediación en asuntos civiles y mercantiles entiende por mediación “aquel medio de solución de controversias, cualquiera que sea su denominación, en que dos o más partes intentan voluntariamente alcanzar por sí mismas un acuerdo con la intervención de un mediador”. Para ello, los mediadores, amén de un título universitario o formación profesional superior, cuentan con formación en mediación adquirida con cursos específicos impartidos por instituciones acreditadas.

Con un seguro de responsabilidad civil y un gran bagaje en horas de gestión de conflictos intra y extrajudiciales bajo el brazo, el mediador desempeña su loable función a lo largo y ancho del territorio nacional “facilitando la comunicación entre las partes, velando porque dispongan de la información y el asesoramiento suficientes y desarrollando una conducta activa tendente a lograr el acercamiento entre ellas, con respeto a los principios recogidos en la Ley”.

Como ya vemos, esta figura a la que nos lleva instando Europa desde 1998 y cuya fecha de recomendación a los estados miembros (21 de enero 1998) ha quedado señalada en nuestro calendario como día Internacional de la Mediación, no sólo está llena de garantías, sino que es una verdadera parte activa.  Si bien el mediador no tiene interés en el conflicto (es imparcial), no se posiciona al lado de una u otra parte (es neutral), debe guardar la confidencialidad de los asuntos tratados (algo importante en este caso), obra de buena fe (y vela porque los implicados lo hagan), garantiza que las partes acudan y permanezcan en él de un modo equilibrado (revisando posiciones llegando incluso a citar a cada una en ocasiones por separado para logarlo) y respeta la legalidad y el proceso en base al cual se constituye;  cabe destacar que es ante todo una gran parte activa.

¿Qué podría aportar el mediador entonces en el conflicto sobre Cataluña?

El mediador podría con todas sus habilidades y herramientas conseguir que las partes se sentaran a hablar en aras de llegar a un acuerdo que todas pudieran firmar e incluso ratificar posteriormente judicial o notarialmente y sobre todo.

El mediador instaría a las partes a que encontraran soluciones flexibles y diferentes siempre dentro del marco legal, como ha sucedido con mediaciones mercantiles o familiares en las que he trabajado y en las que los implicados sin desbordar la ley, han sido capaces de resolver por ejemplo, impagos a través de obligaciones de hacer, compensaciones, asunción de funciones, etc… Así, la restauración de una fachada, la reparación de una maquinaria, la aportación del menú diario de comida casera o la confección de ropa han resuelto múltiples reclamaciones de deudas y pensiones a través del “traje a medida” para cada caso que supone el sistema de mediación.

El mediador por último mostraría el valor de la voluntariedad y la voluntad –respetadas en todo momento en el proceso-  para solventar una crisis como ésta, sin aparente salida; que a través de la mediación suele devengar en esfuerzo y responsabilidad para llegar a un acuerdo cuyo cumplimiento es más seguro, no sólo por las garantías que ofrece sino porque se ha definido en un escenario neutral, imparcial, confidencial y de buena fe, en el que ya escucharse y comunicarse bien ha tenido mérito para cada participante.

La mediación está resolviendo diariamente conflictos en los que las partes tienen y tendrán relación entre ellas y vienen de una historia común compartida. Con las grandes implicaciones familiares, sociales y emocionales que está teniendo este conflicto para todos, no cabe duda de que es la mejor opción.