Dominio público

‘Apocalipsis now’, y después también

Virginia P. Alonso

Directora de 'Público'

El diputado Adolfo Suárez Illana, dando la espalda al portavoz de EH Bildu en el Congreso, Oskar Matute, este martes en la segunda y definitiva votación de investidura. /EFE

Quién iba a decirnos que la formación de un Gobierno podía ser un acto radical y extremo. Es una pregunta retórica, claro, porque tiene respuesta, concreta y precisa, en forma de siglas de partidos alineados a la derecha del Padre que es esa patria que solo les pertenece a ellos. No podían ser otros.

Todo ha sido extremo estos días. Los adjetivos, los apelativos, las gesticulaciones, el tono. Todo ha sido extremo porque forma parte de una escenificación, el gran teatro del mundo, el gran circo de la España que se rompe, dramatización en tres actos (4, 5 y 7 de enero)… y los que nos quedan. Porque esto no ha hecho más que empezar.

Decía este martes el diputado de Compromís Joan Baldoví a sus colegas de la Cámara: "Ustedes no necesitan tila, necesitan educación". Educación. Ese término que ha brillado por su ausencia en forma y fondo durante los tres días de debate de investidura. Hemos visto/oído insultos e interrupciones a Mertxe Aizpurua (EH Bildu), una (o dos) rabietas de Suárez Illana (PP), a Inés Arrimadas (Cs) blandiendo una carpeta vacía en su intento por ridiculizar el CV de Adriana Lastra (PSOE), el silencio de la bancada de VOX cuando el hemiciclo ha ovacionado a Aina Vidal, la diputada de Unidas Podemos que no pudo acudir el sábado al pleno por padecer un cáncer.

Algunos optimistas han querido ver en lo anterior una señal de la buena salud de la enseñanza pública, dado que a quienes han protagonizado esos comportamientos se les presupone una educación privada. Tal vez este sea el motivo por el que la Educación, con mayúsculas, no se ha asomado estos días al Congreso. Tampoco la sanidad, la vivienda, la fiscalidad, las pensiones… Salvo Pedro Sánchez el sábado y algún otro de los miembros de su Gobierno, nadie ha dedicado más de un minuto a debatir -ni siquiera a rebatir- las medidas del acuerdo PSOE-Unidas Podemos, entre las cuales está una reforma de la Ley para la mejora de la calidad educativa (sic.) -la LOMCE o Ley Wert-, que este país necesita como el agua si aspira a tener algo más que ‘chorrones’ de mediocridad en su Parlamento y en otros lares.

Medidas, soluciones, propuestas… a quién le importan cuando el país está al borde del apocalipsis. Y, emulando el ingenioso discurso cinéfilo del peneuvista Aitor Esteban -la bisagra más brillante del parlamentarismo patrio-, no hablamos precisamente de Apocalipsis now. Si la legislatura dura hasta 2024, tengan por seguro que la hecatombe estará al caer cada día de los 1.460 que caben en este cuatrienio. Y si no, esperen a la primera reunión de la mesa de diálogo con el Govern, que, según el acuerdo firmado entre PSOE y ERC, debería tener lugar a los 15 días de la formación del Gobierno de España. Como Sánchez ha retrasado unos días el anuncio de los miembros de su Ejecutivo, la mesa de diálogo se pospone también, así que ganamos media semana antes de que el cataclismo nos pase por encima. Porque lo hará.

Lo sabemos porque ya lo hemos visto antes. Cuando Manuela Carmena llegó al Ayuntamiento de Madrid, o Ada Colau al de Barcelona, o En Marea a Coruña y otros. Lo sabemos, porque el propio Pablo Casado, el líder del PP más ultra de los últimos tiempos (siempre que no tenga elecciones a la vista), amenazó el sábado a Pedro Sánchez con llevarlo ante la Justicia acusándolo de prevaricación si "permite" que Torra siga siendo president de la Generalitat tras la resolución de la Junta Electoral Central con la que merendamos el 3 de enero; dónde quedó el Roscón... Casado, venido arriba, puso en marcha el ventilador de falacias y obvió ese detalle sin importancia de que el Supremo tiene que pronunciarse definitivamente sobre las inhabilitaciones de Torra y Junqueras.

Lo sabemos también porque su estrategia difícilmente pasa desapercibida: consiste en hacer un ruido tan ensordecedor que la música queda enterrada. El cómo no importa, sólo el fin. Denuncias a diestro y siniestro (acusa, que algo queda, aunque termine archivándose todo), intimidaciones a través de organizaciones ultracatólicas...

Si algo ha quedado fuera de toda duda estos últimos días esto es que sus señorías de la derecha tienen una falta de cultura democrática que asusta. Ya la tenían antes, pero ahora, además, la exhiben. Van a por todas, llamadas a tamayazos y a intervenciones del Ejército, incluidas. Difunden catastrofismo, traición, fractura, y encienden a aquellos con mucho músculo y poco cerebro que se ocupan diligentemente de trasladar ese odio a las redes sociales, y también a las calles.

Tanta virulencia solo se explica de una manera: algo les asusta. Si este Gobierno de coalición triunfa, estaremos ante un cambio de ciclo y puede haber progresismo para rato. No será fácil lograrlo: PSOE y Unidas Podemos tendrán que gobernar a base de acción, no de reacción, y saber hacerse oír en medio del griterío, amplificado por no pocos medios de comunicación. Pero no es imposible. Miren hacia Portugal y saquen sus conclusiones.