Dominio público

Cifras que duelen

Lídia Guinart Moreno

Diputada nacional y portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso de los Diputados en la Comisión de Seguimiento y Evaluación de los Acuerdos del Pacto de Estado en Materia de Violencia de Género

Una mujer ssotiene una pancarta una manifestación en Madrid conbtra la violencia machista. E.P./Jesús Hellín
Una mujer ssotiene una pancarta una manifestación en Madrid conbtra la violencia machista. E.P./Jesús Hellín

Más de la mitad de las mujeres de este país mayores de 16 años han sufrido, al menos una vez en su vida, violencia por el solo hecho de ser mujeres. La macroencuesta realizada el año pasado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre la violencia contra las mujeres, siendo titular de Igualdad la vicepresidenta Carmen Calvo, se presenta ahora, en un contexto en el que la pandemia y sus derivadas económicas y sociales y el confinamiento de la primavera son ya en sí mismas muy malas noticias para las mujeres y en especial para las que sufren violencias machistas.

Esta macroencuesta es un faro que arroja luz sobre un grave problema últimamente banalizado por derivadas negacionistas ultraconservadoras y constata que, por más que algunos se empeñen en hacernos creer lo contrario, sí que estamos ante un problema estructural. Muestra como indiscutible que prácticamente la totalidad de los agresores son hombres. El estudio demoscópico también nos cuenta que muchas mujeres que han sufrido violencia sexual y no la han denunciado sienten vergüenza y esa es la principal causa de su silencio, junto con el temor a que no las crean. Y que son demasiadas las víctimas tanto de violencia física o sexual en pareja o fuera de ella que no denuncian y prefieren silenciarlo o, como mucho, acudir a su entorno más próximo para confesarlo.

Tras la macroencuesta se esconden millones de dramas personales, mujeres que han sufrido y en muchos casos siguen padeciendo porque se han tropezado con un hombre maltratador, con un violador, con un acosador. En definitiva, con un machista violento alimentado por una sociedad que todavía está lejos de conseguir la igualdad real, aunque cada vez haya más mujeres y también hombres convencidos de que sin igualdad plena no puede haber democracia. Las cifras duelen, pero más aún duelen los golpes, los silencios amenazadores y las amenazas explícitas, el control, las palabras ofensivas, los tocamientos no consentidos, los acosos, las agresiones sexuales y los asesinatos.

Como señala Núria Varela en Feminismo 4.0. La Cuarta Ola, la ruptura del silencio de las mujeres a nivel mundial y el auge del feminismo ha ocasionado, igual que ocurrió con las olas feministas precedentes, una reacción patriarcal. Una contraoleada que en estos momentos adopta diversas formas, entre ellas  la que encuentra su expresión política en la ultraderecha, que pretende hacernos creer que las mujeres son tan violentas como los hombres y que estos son víctimas, igual que ellas, de violencia, y que lo son por las mismas causas. Por eso es especialmente necesario ahora tener datos que sirvan de linterna en las tinieblas del oscurantismo negacionista y la misoginia que está detrás de esta y otras contrarevoluciones que quieren neutralizar el avance del feminismo y, con él, de la igualdad entre hombres y mujeres.

Las políticas públicas que empujan y facilitan la igualdad entre mujeres y hombres son imprescindibles para avanzar hacia una sociedad libre de violencias machistas. La renuncia a los privilegios que, por el único hecho de haber nacido hombres, tiene la otra mitad de la sociedad, también resulta fundamental para conseguir ese objetivo. La masculinidad tradicional adiestra a los niños, desde muy pequeños, a ser fuertes y a imponerse con violencia para demostrar su virilidad. A las niñas, se les ofrece el mensaje contrario, pasividad, sumisión y un papel secundario supeditado a la hegemonía masculina, tanto en el plano público como en el privado.

Este país logró hace tres años un consenso muy valioso que permitió la aprobación en el Congreso de los Diputados del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Un compromiso social, institucional y político, que emana de la lucha feminista y plasma reformas legales y medidas para la prevención, reparación de las víctimas y abordaje de la violencia machista que a nadie se le escapa que no hubiese sido factible - no al menos del mismo modo- en un contexto como el actual, con la aparición en el escenario parlamentario de la derecha nostálgica y misógina. Pero existe, está aprobado y dotado económicamente, las Comunidades Autónomas, los ayuntamientos y el gobierno central tienen dotación anual que se suma a la anteriormente existente para luchar contra esta vergüenza que llamamos violencia machista. Lo hicimos posible desde la izquierda pese a las renuencias de un Partido Popular entonces en el Gobierno al que no le apetecía nada su aprobación.

La macroencuesta que acaba de publicarse es un instrumento eficaz. Incorpora nuevos indicadores sobre acoso sexual reiterado y sobre violencia sexual fuera del ámbito de la pareja, precisamente en cumplimento de algunas de las medidas del Pacto de Estado. Es una herramienta fundamental para dotar a este país de las políticas públicas necesarias que dejen atrás estas cifras vergonzantes. En ello estamos, empujando desde el feminismo social y político. Pese a las resistencias  y contra ellas, ni un paso atrás.