Dominio público

La deuda eterna de España con el Sáhara Occidental

Esther Rebollo

Directora adjunta de 'Público'

Mujeres saharauis en el XV Congreso del Frente Polisario, en Tifariti, diciembre de 2019. FOTO: Javier Martín
Mujeres saharauis en el XV Congreso del Frente Polisario, en Tifariti, diciembre de 2019. FOTO: Javier Martín

Se van a cumplir 30 años de mi viaje a Tindouf, la ciudad argelina que alberga los campos de refugiados saharauis donde el Frente Polisario levantó su base de operaciones en su lucha por la autodeterminación del Sáhara Occidental. Todavía me pregunto si fui como observadora de paz -en teoría la ONU iba a organizar un referéndum de independencia e integré una misión de supervisión- o como periodista; creo que ejercí ambas tareas. Y el Sáhara Occidental quedó para siempre en mi universo de causas injustas, entre las muchas que he conocido en el mundo desde entonces.

Un viaje complicado. La primera parada fue Argel, ciudad que vivía en toque de queda por las acciones armadas del Frente Islámico de Salvación (FIS), uno de los gérmenes del yihadismo en el norte de África. Al aterrizar, me encontré un aeropuerto destruido por la bomba que había estallado días antes; también acababa de ser asesinado el presidente Mohamed Boudiaf. Argelia se desmoronaba. El Polisario me escoltó hasta la ‘hamada’, el desierto más pobre del Sáhara, en el extremo sur de Argelia, donde siguen creciendo los campos de refugiados de Tindouf. Se había firmado en 1991 un alto el fuego y se vivía una explosión de esperanza por los preparativos para el plebiscito, tras años de guerra.

Argelia siempre ha apoyado la causa saharaui, no importa qué tipo de Gobierno haya estado al frente. Ha sido así desde el fatídico 7 de noviembre de 1975, cuando el Sáhara Occidental era una provincia española y el dictador Franco acariciaba su muerte. En esa fecha comenzó la Marcha Verde, es decir, la ocupación del territorio por Marruecos, ante la pasividad de España y del mundo.

A día de hoy, no se ha celebrado el anhelado referéndum, tampoco las Naciones Unidas han velado por el respeto de los acuerdos, ni España ha intercedido en favor los saharauis; más aún, Marruecos ha encontrado un apoyo incontestable, el de los Estados Unidos. Y pasaron 30 años… Marruecos construyó un muro de contención para detener el avance del Polisario, límites que se llenaron de minas antipersona, y el pueblo saharaui quedó dividido entre quienes hicieron su vida en los campos de Tindouf, donde se estableció la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), y quienes quedaron en el verdadero Sáhara Occidental, cuya capital es El Aiún.

¿Por qué no se celebró el referéndum? Hubo varios motivos, pero el fundamental fue la gran disputa del censo, pues los marroquíes lo inflaron de colonos con el objetivo de que ganara la opción de pertenecer a Marruecos. El viejo truco que siempre paraliza a la ONU. Las consecuencias son conocidas: décadas de guerra, generaciones nacidas y crecidas en campos de refugiados, persecución y represión en los territorios ocupados y mucha desinformación por parte de Marruecos.

El punto de inflexión

En diciembre de 2019, durante el XV Congreso del Frente Polisario, los saharauis anunciaron su intención de volver a las armas. Respondían así a la nueva estrategia de Marruecos de cambiar las reglas del juego, desconocer los acuerdos de 1991 y ofrecer como única alternativa una autonomía para el Sáhara Occidental, aprovechando el apoyo de Francia y Estados Unidos, el siempre silencio de España, y la debilidad del entonces presidente argelino, Abdelaziz Buteflika.

El golpe de efecto tardaría un año en llegar, en octubre de 2020, fecha en la que el Polisario organiza una protesta en Guerguerat, una ‘zona de no intervención’ en la frontera de Mauritania, con el consiguiente bloqueo de la circulación de camiones con mercancías. La respuesta no se hace esperar y Marruecos envía tropas. El siguiente capítulo es una declaración de guerra por parte del Polisario, enfrentamientos armados y más represión en el Sáhara Occidental, donde la resistencia vive al límite.

Es una acción desesperada del Polisario para llamar la atención de la comunidad internacional y casi lo consigue. Pero semanas después, aun tras haber perdido las elecciones en EEUU, Donald Trump reconoce la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat establezca relaciones diplomáticas con Israel. Jaque mate al pueblo saharaui. De nuevo nadie dice nada y se suspende la cumbre bilateral que iban a celebrar antes de fin de año los Gobiernos de Marruecos y España. Porque, aunque nadie lo confirma, Rabat está esperando a que el Ejecutivo de Pedro Sánchez salga de lo que denomina la ‘zona de confort’ y se alinee a EEUU y Francia en su posición sobre la antigua provincia.

Trump no se lo ha puesto fácil a Joe Biden.  Si bien la impresión es que el nuevo presidente estadounidense no va a revertir la decisión de su predecesor -entre otras cosas porque no le viene mal para sus intereses con su principal socio en África Occidental-, Biden tendrá que adoptar alguna posición cuando el Consejo de Seguridad de la ONU retome el caso y Washington deba decidir sobre la redacción de la resolución correspondiente. Además, varios senadores le han solicitado por escrito que dé marcha atrás.

Lo que viene puede ser peor

En el entretanto no cesan las escaramuzas entre combatientes del Polisario y del ejército marroquí, tampoco las violaciones a los derechos humanos en el territorio ocupado. En los últimos días Equipe Media, una agencia saharaui de prensa que trabaja casi de forma clandestina en el Sáhara Occidental, ha dado cuenta de palizas, secuestros, detenciones y vejaciones contra activistas y población civil. Según me cuenta Admed Ettanji, de Equipe Media, a medida que crece la represión también crece la respuesta del pueblo saharaui.

Y es que el Polisario, desde su feudo en el desierto argelino y convencido de que la situación no es buena para sus planes de independencia, busca más acción al interior del Sáhara Occidental, busca ruido desde las zonas ocupadas, una mayor resistencia; y esto va a llevar a una política marroquí más represiva. Esa es la razón por la que crecen los bloqueos, el seguimiento, las detenciones, los allanamientos a viviendas…. Y esto no se va detener.

En la suma está el factor Argelia, ya recuperada de la crisis interna tras la salida del poder y posterior muerte de Bouteflika, que ha movido tropas hacia la frontera, con una cúpula militar totalmente comprometida con la causa saharaui. Y esto a Marruecos no le gusta.

Para dotar a los hechos de contexto hay que tener en cuenta que Marruecos y Argelia están enfrentados no sólo por la cuestión saharaui, también se juegan el control de la entrada al Sahel, una zona clave de seguridad para Europa por los flujos migratorios y el yihadismo, donde se da una pelea por el control de África Occidental.

Hoy he hablado con Jalil M. Abdelaziz, hijo del que fuera presidente de la RASD y líder del Frente Polisario desde 1976 hasta su muerte, en 2016; hemos intercambiado impresiones sobre lo ocurrido durante estos 40 años, sobre los anhelos del pueblo saharaui y el sueño de su padre: "Militar en el Polisario e implicarse en la revolución no va a darnos la independencia; es una lucha de por vida, una lucha de generaciones", le argumentaba el presidente Mohamed Abdelaziz a Jalil en sus últimos años de vida, más marcados por el pragmatismo que por el idealismo. Era consciente de que se estaba complicando la situación.

¿Y qué pasa con España?, le pregunto. "España no puede desligarse, no puede decir que no es responsable, pues es la administradora del territorio. En todo proceso de descolonización, la colonia es la potencia administradora hasta que se da la autodeterminación", me responde Jalil. También remarca que todos los Gobiernos han estado "maniatados por el ‘juancarlismo’ y la herencia franquista" a la hora de enfrentar el problema del Sáhara. "España no puede ser rehén de la política chantajista de Marruecos, ni plegarse a la política exterior de Francia".

Pero Jalil también habla de las dos Españas, la del compromiso con el pueblo saharaui, la del apoyo de las organizaciones civiles y de muchos políticos, y la España que, como Estado, ha actuado históricamente de forma "vergonzosa y humillante".

Esta es la deuda de España con los saharauis, un pueblo en lucha y partido por la mitad.