Dominio público

Ceuta, Melilla y el desierto de los tártaros

Nere Basabe

Profesora de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de Madrid

La policía antidisturbios marroquí monta guardia para evitar el paso de personas que intentan llegar al paso fronterizo Ceuta-Tarajal en la carretera entre Fnidq cerca de la ciudad española de Ceuta, ubicada en el norte de África, el 19 de mayo de 2021.- EFE
La policía antidisturbios marroquí monta guardia para evitar el paso de personas en la carretera entre Fnidq cerca de la ciudad española de Ceuta, el 19 de mayo de 2021.- EFE

Puede que sea una broma aquello de los que creen que Ramón y Cajal eran dos científicos distintos, pero es tristemente cierto que, aún hoy, muchos españoles creen que "Ceuta y Melilla" es un único lugar. Sus ciudadanos, cuando llegan a la peni (así llaman a la España peninsular), se encuentran a menudo con esa pregunta: "¿Qué tal es Ceuta y Melilla, es bonito?". Separadas por unos 400 kilómetros (más de 7 horas de carreteras marroquíes), dos ciudades autónomas e independientes entre sí, crisol de culturas y bisagra entre dos mundos, podrían ser excelentes destinos turísticos: Melilla es la primera ciudad en arquitectura modernista de toda Europa, y Ceuta, con el único foso navegable del mundo en el que se unen las aguas del Atlántico y el Mediterráneo, retuvo al mítico Ulises prendado de los encantos de la ninfa Calipso y erigió la columna sur de Hércules. Pero está visto que el orgullo patrio y la reivindicación de la integridad indisoluble de la nación española está reñida con la curiosidad por conocer y comprender sus complejas y diversas realidades, ya sea de las ciudades norteafricanas, las comarcas catalanas o los pueblos del Goyerri guipuzcoano. Ni González, ni Aznar ni Rajoy visitaron en calidad de presidentes estos dos enclaves españoles al otro lado del Estrecho. La paradoja de amar a España sin haberla visto, porque está tapada por una bandera.

Para saber qué es España hay que ponerse a la cola y cruzar a pie, zarandeado por la muchedumbre y el zumbido de las moscas, el paso fronterizo de Beni Enzar. Antes de que amanezca, cientos de mujeres aguardan cada día para entrar en Melilla, donde trabajan como empleadas domésticas; otros tantos porteadores y porteadoras encorvadas, con hatillos tres veces más grandes que ellos mismos, tratan de abrirse paso en dirección opuesta. Cierta vez vi a un padre y un hijo lanzando una lavadora y un colchón por encima de la valla fronteriza, ante la mirada indiferente de la policía de ambos lados. A veces, entre la multitud se abre paso un grito ininteligible, y entonces sucede la estampida. El norte rifeño es una región pobre, históricamente maltratada por Rabat, y el cierre de fronteras de este último año ha acabado por colapsar su ya precaria economía de subsistencia. Para los gendarmes, el destino fronterizo es una suerte de castigo disciplinario, como lo era el País Vasco de los años ochenta para los guardias civiles. Te sellan el pasaporte sin levantar la vista, con gesto aburrido y un cigarro pegado a la comisura de la boca, como pensando "tú verás".

Hace cinco años las protestas de los jóvenes sin trabajo ni expectativas de futuro estallaron muy cerca de allí, en Alhuzemas, enclave que también fuera español. Muchos de aquellos manifestantes pacíficos siguen hoy en las cárceles marroquíes. Esta semana unas 8.000 personas han cruzado a Ceuta, en apenas dos días, a nado y a veces sin saber nadar, por el paso del Tarajal. Otros, han intentado saltar las vallas, un acto que se ha vuelto cotidiano en estos años: entre 2015 y 2020, casi doscientas mil personas entraron en España de forma ilegal. Las concertinas han vuelto a ser desplegadas, y de este lado solo les aguarda un desubicado campo de golf. Quieren poder trabajar y comer, dicen: ponen en jaque la seguridad nacional por un capricho tan tonto.

Ante la emergencia, nuestros políticos se apresuran a recalcar que no se trata solo de la integridad de las fronteras españolas, que es la frontera sur de Europa la que está en juego. Ingenuos, no parecen haber oído hablar de Lesbos o Lampedusa. ¿Cuál ha sido la reacción de la presidenta de la Comisión a la llamada de socorro? Expresar "toda su solidaridad" en un tuit.

Para cuidar de las fronteras exteriores de la Unión Europea se creó en 2004 Frontex, la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas: que su sede se encuentre en Varsovia, ciudad alejada del mar y las fronteras, en un país recalcitrantemente opuesto a sus políticas como es Polonia, y bajo la dirección de un finlandés, pueden darnos una pista del papel que ocupa el drama del Mediterráneo en su agenda.

La operación Tritón desplegada por Frontex en este Mare Nostrum con la crisis de refugiados de 2014 y 2015 fue un estrepitoso fracaso: cualquier ONG o barco de pescadores rescató a más náufragos a la deriva. Sus apenas 700 funcionarios se limitan ahora a coordinar políticas, y la Estrategia Global de Seguridad y Defensa aprobada en 2016 incide en operar en el lugar de origen de la amenaza (ya sean migraciones masivas o terrorismo internacional), lo que se traduce en el generoso traspaso de fondos europeos a países (Turquía, Marruecos) cuyos valores democráticos y de respeto a los derechos humanos son más que cuestionables.

Nos conmovemos con las imágenes de niños llorando con hipotermia en nuestras playas tan fácilmente como nos desentendemos de lo que ocurre con ellos en cuanto son devueltos al otro lado de la valla. Y lo que les espera es la legendaria brutalidad de una policía marroquí corrupta y racista, que organiza razias periódicas en los campamentos de subsaharianos del Gurugú que esperan desde hace años para cruzar: de madrugada, requisados los móviles y pasaportes, los conducen hasta el sur y los abandonan en el desierto o en las montañas argelinas. Con la aquiescencia y el dinero de una Unión Europea que cede al chantaje, igual que el Coyote cuando lanza la dinamita TNT al Correcaminos y esta, como un boomerang, rebota y acaba explotándole al infortunado y chamuscado Coyote. Si Marruecos se enfada, no tiene más que hacer que abrir la puerta.

Así que tal vez no le falta razón a Von der Leyen al desearnos suerte, porque este, más que ninguno, es un conflicto de responsabilidad histórica española. Que no empezó cuando el exvicepresidente reclamó desde la tribuna un referéndum para el Sahara Occidental, tal y como se estableció en los Acuerdos de Paz de 1991 o en la Resolución de la ONU de 1995, o cuando el gobierno accedió a tratar en un hospital español al líder histórico del Frente Polisario Brahim Gali. Comenzó mucho antes, en el umbral de nuestra democracia que aún arrastra este pecado original: el abandono y desentendimiento de su antigua colonia africana, la pasividad ante la ocupación marroquí y la Marcha Verde de noviembre de 1975. En su descarga podría argüirse que bastante tenía la política española del momento con mirar ensimismada a su ombligo necrosado, y que el Desastre de Annual seguía presente como trauma colectivo que desincentivaba nuevas aventuras africanas. Pero finalmente la firma, casi en secreto, de los Acuerdos de Madrid, remató el latrocinio: España cedía la administración del territorio saharaui a Marruecos y Mauritania a cambio del reconocimiento estadounidense de la legitimidad del nuevo rey Juan Carlos I. Naciones Unidas declaró aquel Acuerdo de Madrid nulo de pleno derecho (no había potestad para una transferencia unilateral de soberanía alguna), y a día de hoy sigue considerando al Sahara Occidental un Territorio no Autónomo a la espera de su proceso de descolonización.

Y en estas llegó Trump, el aprendiz más torpe de Talleyrand que habría hecho que el maestro de la diplomacia se arrancara su peluca por desesperación, y cuando ya había perdido las elecciones y expiraba su mandato, reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara. "No abandonaremos ni un solo grano de su arena", se jactó Mohamed VI, que para entonces ya había levantado un muro en el desierto de más de 2000 kilómetros de largo sembrado de minas. El proyecto expansionista del reino alauita recibe el nombre de "Gran Marruecos" y reclama igualmente Ceuta y Melilla como parte de su territorio. Y esta es la gran amenaza por la que no se actúa en el Sahara.

Muchos ceutíes y melillenses duermen con la maleta hecha bajo la cama, por si en cualquier momento hay que salir corriendo, cosa que, tarde o temprano, creen que efectivamente ocurrirá. Aunque seguramente no se tratará de una invasión militar como algunos heraldos del apocalipsis, ávidos de sangre, braman hoy, sino una muerte natural: dos ciudades, encerradas en apenas 15 kilómetros cuadrados, confinadas por una gigantesca valla, mientras del otro lado los pueblos y ciudades crecen sin cesar hasta asfixiarlas (Nador y el dique de su Grand Port que ahoga la bahía melillense).

Solo que Ceuta y Melilla nunca fueron ciudades marroquíes: atravesadas por la historia del Mediterráneo, ambos enclaves son fenicios, griegos, cartaginenses, romanos, alanos, bizantinos, almohades, portugueses o españoles, qué más da. Y sus habitantes (cristianos, judíos y musulmanes) quieren seguir siendo españoles, igual que cualquier otro ciudadano del otro lado de la valla que aspira a un pasaporte europeo.

Porque, ¿qué es una frontera? Un invento reciente, vinculado al surgimiento de los Estados nacionales; una línea imaginaria que pretendió acabar con modos de vida, relaciones e intercambios de siglos. Una frontera también es un negocio, y su origen está en el latín frontis, "fachada"; el frontispicio de nuestro edificio constitucional está en el paso de Beni Enzar o el Tarajal: por eso hay que cruzarlos. Hace unos 40.000 años, el Homo Sapiens también llegó de África a Europa, y acabó sustituyendo a la especie autóctona, el Neanderthal. Más recientemente, estudios genéticos han demostrado que hace unos 4000 años la práctica totalidad de la población masculina de la península ibérica fue reemplazada por nómadas de las estepas rusas. Llevamos la migración en la sangre.

En la hipnótica novela de Dino Buzzati El Desierto de los tártaros, un joven oficial es destinado a una remota fortaleza en los confines del imperio, la última frontera en el desierto que protege frente al invasor. Sin localización exacta, deliberadamente atemporal, entre el existencialismo y el absurdo de Esperando a Godot, el joven oficial sacrificará su vida a esa misión sin sentido, oteando el horizonte sin más esperanza que un día, al fin, ataquen los temidos tártaros. Porque llegarán, aunque ya sea tarde para el desdichado. Y vendrán más oleadas, cada vez más numerosas, aunque esta vez las invasiones bárbaras no sean a caballo ni armadas, sino hordas imparables de niños empapados, descalzos y hambrientos: los niños que nos arrebató el flautista de Hamelín en castigo a nuestra mezquindad. Y esa hambre es el más temible de los ejércitos.