Dominio público

¿Puede ser Yolanda Díaz presidenta de España?

 

Desde su toma de posesión como ministra, y más tarde con la crisis del coronavirus, Yolanda Díaz ha adquirido una importancia notoria convirtiéndose en heredera implícita de una parte significativa de la izquierda. Mucho antes incluso de su oficialidad. Lo bien valorada como ministra desde el comienzo de la experiencia de coalición, las enormes simpatías que despierta entre distintos segmentos de la población y un tono discursivo que rebaja decibelios son algunas de las características que la preceden. La salida de Pablo Iglesias del Gobierno primero, y de la política, después, no han hecho más que constatar un secreto a voces. Todas las miradas apuntan a Yolanda Díaz. Ahora bien, a la espera de que la protagonista acepte el testigo, ¿cuánto potencial esconde su figura?

Desde hacía meses las únicas garantías sobre una potente candidatura de la vicepresidenta tercera residían en opiniones y percepciones. Comentarios entusiastas en redes y medios que abrían la pregunta determinante: ¿estamos ante una revaloración entre los convencidos o ante un ensanchamiento del espacio político? Finalmente, meses después de la configuración en el imaginario de que Díaz es ahora la cabeza de Unidas Podemos en la coalición, tenemos los primeros datos para arrojar luz al asunto.

En el nuevo barómetro del CIS destacan tres variables para medir la fuerza de Yolanda Díaz. La valoración, la preferencia y el conocimiento. No solo sabemos que actualmente es la líder nacional mejor valorada (4,6), por encima del presidente del Gobierno y del líder de la oposición, además, y por primera vez en años, presenta unos índices de aprobación altos entre fuerzas políticas del mismo espectro ideológico. Entre aquellos que optaron por el PSOE el 10-N un 5,7, y entre el medio millón que votó a Más País un 5,9. Ambas cifras muy por encima de la media.

Por otro lado, es la tercera mayor preferencia (10,1%) por el conjunto de la ciudadanía española para ser presidenta del Gobierno en estos momentos, a menos de un punto de Casado (11%) y a mitad de distancia de Sánchez (19,3%). Sin embargo, y lejos de lo que suele ocurrir en otros casos de novedad, su figura no es escasamente conocida. Un 84% de la ciudadanía la conoce, con solo dos excepciones llamativas: jóvenes que no tuvieron edad suficiente en 2019 para votar y los que se quedaron en casa el 10-N (56,4% y 70,8% respectivamente). Jóvenes y abstencionistas serán dos grupos con los que trabajar en el futuro próximo.

Ahora bien, la buena valoración, el conocimiento y la deseabilidad de una parte significativa de la población nos puede decir bien poco sin comparación. Si bien es cierto que la figura de Pablo Iglesias se tiende a reducir al "amado por los suyos, odiado por el resto", la trayectoria de su liderazgo es en realidad una historia demoscópica en tres actos. Uno primero y breve donde no solo era enormemente valorado entre los suyos, sino que además tenía capacidad de penetración entre el electorado de Izquierda Unida y PSOE. Una segunda donde solo era atractivo entre su electorado. Y una tercera, la más reciente, donde ya mostraba signos de debilitamiento entre los suyos.

Es decir, la andadura de Iglesias no solo estaba condenada a no poder crecer, sino que empezaba a mostrar características de insatisfacción entre sus propios votantes en los últimos años. Además de no poder aumentar su base electoral, esta podía seguir reduciéndose. En contraposición a estos datos, nos encontramos con los anteriormente descritos de Yolanda Díaz. Hay dos variables donde la actual vicepresidenta se diferencia más con el líder saliente. Mientras Iglesias solo aprobaba en las posiciones más extremas de la escala ideológica (1 y 2), Díaz consigue buenas puntuaciones también en el centro-izquierda, recuperando esa competitividad que Unidas Podemos fue perdiendo paulatinamente desde el 2016. En el resto de la escala también son notorias las mejoras de valoración. También la preferencia por la presidencia del Gobierno ha experimentado cambios importantes. Solo uno de cada cuatro votantes de Unidas Podemos quería a Iglesias de presidente. En el último barómetro, ya con Díaz como líder nacional, esta cifra sube a casi la mitad del electorado. Mejorías similares se aprecian entre el electorado de Más País y del Partido Socialista.

En tan solo un mes de diferencia (mayo-junio), la intención de voto de Unidas Podemos ha aumentado 1,6 puntos, y mientras en mayo un 4,3% de españoles quería a Iglesias de presidente, en junio un 10,1% quiere que lo sea Díaz. Las diferencias son significativas, y la pregunta que surge es hasta cuándo se mantendrán estas buenas cifras y hasta cuánto podrá crecer la marca que, en teoría, debería apadrinar la ministra y vicepresidenta.

Hay varios datos que pueden indicarnos una posible disonancia entre marca y candidata. En el último barómetro solo un 3,1% de personas mostraban simpatías con la marca del partido, poco más del 8% consideraba que Podemos/Unidas Podemos era el más cercano a sus ideas y, por el momento, la formación no está tan fuerte en las encuestas como su futurible candidata. Es decir, podríamos estar ante una situación donde la marca podría frenar las potencialidades de su candidata. Esta suerte de estigmatización la estamos viendo con el caso de la nueva secretaria general de la formación. Ione Belarra, gran desconocida hasta hace poco, presenta un porcentaje de aprobación por detrás de Abascal, y con una valoración muy escasa en el resto de formaciones de izquierda.

Es posible que la mancha de nacimiento, de color morada, sea un importante estigma para sus miembros. Si fuera así, las condiciones de posibilidad de Díaz, en unas eventuales elecciones donde su candidatura llegara a término, estarán en buena medida condicionadas a la marca o marcas que represente su figura. Con una izquierda nacional que parece complejizarse, y dadas las vicisitudes de nuestro sistema electoral, no sería descabellado aventurar nuevas fórmulas de entendimiento que aúnen a distintas fuerzas políticas de la izquierda o reimagine otras individuales.

Cualquiera de las dos opciones precisa de tiempo y de un sistema que rebaje la polarización, como mínimo, dentro de los bloques ideológicos. Y precisamente ambos elementos pueden estar presentes. No hay que olvidar que uno de los hándicaps que la coalición de los morados sufría desde la moción de censura era la de un líder en horas bajas y un adversario (Pedro Sánchez) en sus mejores momentos. En febrero del presente año, los votantes de Unidas Podemos valoraban prácticamente en los mismos términos al presidente del gobierno (5,7) que a su propio líder de partido (5,6). Y cerca del doble de sus votantes prefería antes a Sánchez (31,2%) como presidente que a Iglesias (18%). Ambas tendencias se han podido empezar a invertir con la asunción de Díaz como candidata. La capacidad de evitar rocas en el camino y mantener estos positivos números determinarán las mayores o menores posibilidades que tenga Yolanda Díaz de ser presidenta. Con el fantasma "queredme menos y votadme más" en el horizonte.