Dominio público

Los nuevos relatores de Sánchez y Aragonès para desesperación de Casado

El presidente del PP, Pablo Casado./EFE

La voz nasal y el perfecto acento mallorquín de María del Mar Bonet invadió el Passeig de Gràcia el 21 de octubre de 2017. "Hace 50 años que canté por primera vez esta canción, la escribimos para denunciar la muerte de un estudiante en manos de la policía franquista. Hoy, después de tanto tiempo, la hemos de volver a cantar para denunciar el encarcelamiento de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart". Miles de personas acompañaron a la cantautora coreando Què volen aquesta gent?. Las calles catalanas inauguraron un grito que más de tres años y medio después sigue vigente: "Llibertat presos polítics".

Las cámaras del 3/24, el canal de noticias de TV3, pillaron a Xavi Domènech, entonces líder de los comunes, llorando en aquella manifestación. La sociedad catalana comprendía que la euforia (interrumpida por los trágicos atentados del 17 de agosto) de las movilizaciones independentistas de los meses previos iba mutando hacia la rabia. El Estado español se replegaba y volvía a dar la respuesta que suele dar a estos conflictos internos: vencer y no convencer; humillar a los vencidos. Las lágrimas de Domènech, el historiador, cobraban un significado más profundo: la toma de consciencia de que se vivía un momento histórico. El paso de la ilusión por la independencia al ciclo represivo español solo acaba de comenzar.

De canciones parece que va la cosa, y sobre ellas viajamos por el tiempo. Nos situamos en la escalinata de Montjuïc unos días antes, el 30 de septiembre de aquel 2017. Lluís Llach volvía a cantar, guitarra en mano, en un escenario de la falda de la montaña barcelonesa L’Estaca. Rememoraba así, 41 años después, los míticos tres recitales en el Palau dels Esports (también en Montjuïc) de enero de 1976 que dieron lugar al disco en directo con la famosa canción entre el repertorio. A los recitales del 76 le precedieron numerosas prohibiciones gubernamentales de sus actuaciones. El último día de septiembre del 2017 se cerraba allí la campaña en favor del 'sí' para el 1-O.

Al día siguiente, las urnas se desplegarían por toda Catalunya y las imágenes de la violencia policial ordenada por el Gobierno de Mariano Rajoy darían la vuelta al mundo. Se abría una herida en la sociedad catalana mucho más difícil de cicatrizar que los moratones de los porrazos. Dos días después, el 3 de octubre, una masiva huelga general paró Catalunya en repulsa hacia la represión.

El rey Felipe VI habló por la noche. El estruendo de las cacerolas golpeadas en las ventanas del barrio de Gràcia hacía que fuera difícil seguir el discurso televisado del monarca, quien situó "de una manera clara y rotunda" a las autoridades catalanas "totalmente al margen del derecho y de la democracia". El jefe del Estado parecía querer guiar a los magistrados del Tribunal Supremo, anticiparse a lo que sería la sentencia del Tribunal Supremo de octubre de 2019. Manuel Marchena hizo caso a las indicaciones de Zarzuela.

Las protestas contra la sentencia del Tribunal Supremo volvieron a llenar, a rebosar, las calles del centro de Barcelona. Cadenas humanas llegaron desde todos los puntos de Catalunya, como si cumplieran al dedillo el anhelo que Txarango había plasmado en su canción Agafant l’horitzó compuesta para pedir el 'sí' en el referéndum del 1-O: "Gente de mar, de ríos y de montañas, lo tendremos todo y se hablará de vida".

La plataforma ciudadana Tsunami Democràtic convocaba una protesta que consiguió paralizar el aeropuerto de El Prat. Y una nueva forma de protestas se vio en Barcelona, las generaciones más jóvenes (aquellas que vieron dos años antes cómo la Policía Nacional y la Guardia Civil golpeaba a sus madres y abuelas) insistieron durante noches seguidas en hacer arder el centro de la capital catalana. Una forma de protesta que se replicarían este 2021 con la entrada en prisión del rapero Pablo Hasél. "Nos habéis enseñado a que ser pacíficos es inútil", rezaba una pancarta en las manifestaciones barcelonesas contra el encarcelamiento del músico, unas movilizaciones con banda sonora de trap.

Que la herida que separa a Catalunya del Estado es inmensa es una evidencia. Que la desinflamación del conflicto es el único camino para llegar a un destino incierto, también. El nacionalismo español, sin embargo, no quiere salir de una espiral de odio y de rencores que le beneficia electoralmente y que nos lleva a un destino para nada incierto, pues lo conocemos de otros momentos pretéritos: la venganza, la victoria sobre el diferente y la humillación del vencido. Por ello que ponen palos en las ruedas a cualquier iniciativa que vaya en este sentido.

Si en 2019 las derechas y ultraderechas se manifestaron en la madrileña Plaza de Colón contra el inicio del diálogo entre Pedro Sánchez y Quim Torra y la posibilidad de que un mediador o relator intercediera entre las dos partes del conflicto, ahora lo vuelven a hacer contra los indultos a los presos políticos que acumulan demasiado tiempo en prisión. Si en 2019, la (no tan masiva como se esperaba) protesta precedió a unas elecciones en las que las derechas y ultraderechas se llevaron un chasco por la abultada victoria de Sánchez, este año ni siquiera consiguieron igualar los 45.000 asistentes, según la policía, de dos años atrás. Se quedaron en la mitad: 25.000.

Los constantes guiños entre Gobierno y Govern de las últimas semanas han hecho que hayan aparecido unos relatores o mediadores inesperados. Como tal, han actuado los obispos catalanes o el propio presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, manifestándose a favor de la medida hacia los presos. Se esperan nuevos pronunciamientos a favor de los indultos, incluso puede que lleguen pronto desde el ámbito internacional. Relatores o mediadores que, sin pretensión de serlo, hacen que el nacionalismo español, y su estrategia de confrontación constante y humillación, quede cada vez más aislado. Y el mejor ejemplo se ejemplifica en su líder, Pablo Casado, cada vez más solo en su oposición visceral al diálogo. Para buscarle una banda sonora al líder del PP, recogemos la idea plasmada por la portavoz de los comunes en el Parlament, Jéssica Albiach en las redes sociales: In Spain we call it Soledad, de Rigoberta Bandini.