Dominio público

¿Y si Vox ya no es útil?

Hace unos meses traté de resumir en Público la complejidad de las estructuras de la ultraderecha en España, que ni son solo Vox y parte del PP, ni vienen todas del pasado franquista y nacionalcatólico de España, ni tuvieron en la victoria de Donald Trump su único logro internacional, aunque todo esto sea importante. En el artículo Se busca líder para la ultraderecha, trataba de resumir la complejidad y lo retorcido de un proyecto que tiene como objetivo la destrucción de las democracias y el control de la ciudadanía, y como herramienta básica, la mentira.

Se me ha venido este texto a la cabeza al seguir estos días la batalla campal que libra la extrema derecha en las redes sociales y algunos medios de su misma naturaleza. En teoría, la división la han provocado las vacunas contra la covid entre negacionistas de la ciencia y quienes reivindican su utilidad, y hasta necesidad, para acabar con la pandemia. En medio del fuego cruzado han pillado a Vox, muchos de cuyos representantes públicos -sabedores de que el negacionismo campa en sus papeletas- se niegan a informar sobre si se han puesto la vacuna anticovid o no.

Lo mejor de todo este pifostio, cuyos argumentos en redes sociales no tienen desperdicio, es que unos y otras blanden la bandera de la libertad como argumento: el que se vacuna lo hace en libertad; el que no se vacuna, porque es libre de hacerlo, y el que no dice si se vacuna o no, porque su libertad le permite callarse, lo mismo que la del que lo grita a los cuatro vientos. Nadie apela al derecho del resto de ciudadanos/as a no ser contagiados, es decir, a su salud, cuya existencia es la que nos garantiza la libertad real, no el libertinaje. Ya saben, aquello tan manido de que la libertad de una termina donde empieza la del otro. Creo recordar que con esto de las vacunas -cuyo negacionismo es un movimiento muy minoritario en España en comparación, por ejemplo, con EE.UU.-, es la primera vez que asistimos a un acobardamiento en toda regla de Vox, con sus medios de difusión divididos y su soldadesca virtual a leches en Twitter.

Cuando escribí el texto al que me refería al principio, Isabel Díaz Ayuso no llevaba ni un año en la Presidencia de la Comunidad de Madrid, no había ganado las elecciones, gobernaba gracias a los pactos con Ciudadanos y Vox y lidiaba con un vicepresidente de Cs empoderado, Ignacio Aguado, con quien mantenía una relación complicada, por decirlo de manera suave. La ultraderecha, su verdadero poder, buscaba en 2020 un líder -o lideresa- que le proporcionara lo que ni Santiago Abascal ni Pablo Casado podían darle, decían: poder institucional, mucho poder institucional y territorial, justo donde más y mejor calan sus ideas fascistas neoliberales. ¿Se les ocurre un lugar mejor que la Comunidad de Madrid, con los organismos de las administraciones nacional, autonómica y locales juntos? ¿Con su monarquía y Jefatura del Estado, sus más altos tribunales y sus ventajas económicas y financieras por ser ese núcleo institucional y de infraestructuras? Sí, parece que la extrema derecha empieza su reconquista ahora, pero por el centro, no por el sur. Vox se ha quedado pequeño.