Dominio público

Todas prisiones de la contrarrevolución árabe

Itxaso Domínguez

Coordinadora para Oriente Próximo y Norte de Africa en la Fundación Alternativas y profesora asociada en la Universidad Carlos III de Madrid

Territorios Palestinos, Deir Al-Balah: La gente se reúne frente a la Cámara de Comercio en Deir al-Balah para solicitar un permiso de trabajo en Israel.- Mahmoud Khattab/EUROPA PRESS

Si algo ha quedado claro en la mayoría de balances con ocasión del décimo aniversario de los levantamientos antiautoritarios de 2010/2011 que en demasiadas ocasiones denominamos 'Primavera Árabe', más allá de debates espurios sobre su 'éxito' o 'fracaso', es la forma en que los acontecimientos despertaron una ola contrarrevolucionaria agresiva y sin escrúpulos, liderada muy particularmente desde algunas capitales de la Península Arábiga, pero también con la complicidad inestimable en algunos casos de Irán y Rusia. Este fenómeno multidimensional a escala regional imponía una securitización de la ciudadanía de los respectivos países, según la cual ésta sería siempre condicional: mientras que unos pertenecerían de pleno derecho al país respectivo, otros serían considerados traidores a la patria, y tratados como tales.

El objetivo principal consistía en volver a erigir las barreras del miedo que las movilizaciones derribaron. Esta vez se convertirían en muros impenetrables. Las protestas y sus demandas habían amenazado con el protagonismo definitivo de un nuevo ciudadano, el activista que no luchaba por su país, sino por la dignidad y libertad de su pueblo. Estas causas pueden ser indistinguibles en algunas otras localizaciones, pero en los países en los que se produjeron levantamientos, y muchos de sus vecinos, la contienda era contra un régimen, unas élites políticas pero también económicas, que no sólo limitaba los derechos y libertades de sus compatriotas, sino que progresivamente había articulado un modelo en el que la dignidad y justicia de estos representa un óbice para su bienestar y privilegios exclusivos, tras décadas de flujos de acumulación de capital y reformas de tinte neoliberal impuestas desde fuera. En 2010/2011, y en ocasiones posteriores como Argelia, Irak o Líbano, el mensaje ha sido claro: la amenaza la representa el propio régimen y autoridades, no enemigos externos ni quintacolumnistas domésticos. Se habla mucho del antiguo contrato social -silencio y lealtad a cambio de una supervivencia relativa y la esperanza de movilidad social- cuya erosión derivó en las revueltas. No es objeto de tantas conversaciones extendidas el contrato social que está tomando forma, en el que el silencio no es necesariamente a cambio de prebendas, sino la condición necesaria para sobrevivir.

El principal símbolo de esta ola reaccionaria lo representa la prisión. Esta prisión es evidentemente corpórea, en forma de encarcelamientos masivos y detenciones administrativas que se eternizan sin motivo conocido, con condiciones deplorables para los prisioneros y sufrimiento indecible para sus seres queridos. La tortura es moneda corriente, las ejecuciones también han aumentado. Los ejemplos de Egipto y Siria son flagrantes, pero países como Marruecos, Argelia o Jordania no se quedan a la zaga. De entre los presos destacan algunos cuidadosamente seleccionados para erigirse en ejemplo a no seguir para una generación que los regímenes detestan y cuya esperanza aspiran demoler: es el prototipo de Alaa Abdel Fattah y Ramy Shaath en el país del Nilo. Así, a esta prisión se suma la cárcel de la ciudadanía condicional, una en la que todos tus gestos, palabras e incluso pensamientos, tanto pasados como presentes, pueden llevar a que seas considerado una amenaza. Tanto es así que la propaganda oficial, y en su conjunto un sistema equiparable a un 1984 sui generis, llevan a que todo vecino se convierta en informante potencial, erosionando cualquier unidad nacional que no se fundamente en la devoción al régimen. Una reclusión adicional esencial pone el foco en lo material: ¿acaso no podemos definir también como cadena perpetúa el futuro de desigualdad, pobreza y frustración al que se condena a decenas de millones?

Un actor estatal muy particular destaca como actor beneficiado e impulsor de este régimen, y los paralelismos son cada vez más difíciles de negar: es el caso de Israel. Esto es cierto desde el punto de vista geopolítico, en el que los acuerdos de normalización con estados árabes erosionan la centralidad -si es que alguna vez existió para estos- de la causa palestina. Pero sobre todo destaca desde la perspectiva de la securitización, en el marco de la cual Israel se perfila cada vez más como el modelo a seguir, gracias a sus décadas de experiencia condicionando no sólo los derechos y estatus de una parte de su ciudadanía como son los palestinos del 48, sino también limitando privilegios y prebendas a aquellos palestinos dispuestos a ser domesticados al otro lado de la Línea Verde, en Jerusalén. Lo ha hecho sobre la base de una estrategia de palo y zanahoria que hoy tantos regímenes árabes parecen dominar. El muro del miedo se sostiene gracias a represión brutal, pero sobre todo sobre sofisticados programas de vigilancia diseñados en Israel, además de cooperación secreta en materia securitaria durante años.

Es así que para los palestinos en la Palestina histórica, la cárcel también se ha convertido en parte integral de su día a día, un temor constante que pesa sobre sus cabezas, un rito iniciático para algunos. Dos noticias recientes han puesto de relieve la centralidad de la figura del preso para la causa palestina: una mujer embarazada, Anhar Al Deek, que sólo pudo dar a luz bajo arresto domiciliario tras dosis de presión internacional, y seis héroes que se marcaron un 'Cadena Perpetua' escapando a cucharadas de una prisión israelí de máxima seguridad. Al igual que muchos otros ciudadanos árabes, decenas de miles de palestinos -¡también niños!- se encuentran entre rejas consecuencia de la figura de la detención administrativa, un término al que el Estado de Israel normalmente recurre para despolitizar contextos profundamente políticos, como ocurre por ejemplo cuando se ven obligados a demoler sus hogares.

Los palestinos también aspiran con carácter diario a la liberación de prisiones no corpóreas en muchas otras formas, como deja claro la referencia común a la Franja de Gaza como la prisión al aire libre más grande del mundo. En este caso el Muro del miedo es tanto físico como imaginario, y en ambos casos aspira a erosionar todo rastro de humanidad y esperanza. Entre estos encierros destaca la prisión de Oslo, que con el beneplácito -¡y fondos!- de la sociedad internacional garantiza el mantenimiento de un statu quo de apartheid en el que las propias autoridades palestinas se han convertido en colaboradores necesarios, tanto en lo que respecta a la represión de aquellos ciudadanos que cuestionen el modelo, como a la edificación de una ciudadanía también condicional desde el punto de vista material. Y es que la sociedad internacional tiene mucho que ver con el éxito de la ola contrarrevolucionaria que hoy atenaza a muchas ciudadanías árabes. El marco de securitización del que echan mano sus regímenes es en sus orígenes muy similar al utilizado en Europa, muy particularmente en lo que al terrorismo respecta. A esto se añade el argumentario al que recurren los respectivos cirujanos de hierro para legitimar su mandato como única forma de garantizar costas sin cayucos y territorios sin inestabilidad, con lo que el enfoque securitizador se convierte el que en parte explica la postura precisamente de Europa. Sin embargo, y como no se cansan de decirnos desde el sur del Mediterráneo, la alternativa a la prisión, corpórea o alegórica, no es únicamente el silencio, sino el exilio… o la desaparición de los regímenes que las custodian. Y son muchos los que no cesarán hasta que esto ocurra.