Dominio público

Las cunETAs

Pablo Romero

Periodista en Público, víctima de ETA y ganador de un Ondas con el podcast 'Las tres muertes de mi padre'

Manifestación en Ermua el 25 de julio de 1997 contra el secuestro y posterior asesinato del joven concejal del PP Miguel Ángel Blanco.- AFP

Somos un país hecho de retales mal cosidos, algunas veces apenas hilvanados: se pierde más tiempo en tratar de definir España que en fijar un objetivo común. Somos un país de hermanos mal avenidos que, en los momentos duros, se juntan para ayudarse pero que inmediatamente después se insultan, se pegan y se agravian. A lo mejor por eso no somos productivos. Somos un constante olvido.

Somos el país del capital y del anticapital, del abuso y de quienes defienden a los abusados. Una mezcla perezosa en la que los más avispados sacan partido y los demás arrimamos el hombro sin saber exactamente para qué.

Somos 47 millones de identidades, vagos y trabajadores por igual, demasiado resistentes y resilientes. No tenemos memoria porque la rechazamos. Resistimos el dolor antes de mirar cara a cara sus causas y razones, aguantamos el tipo. Nadie asume las consecuencias de su silencio porque nada tiene consecuencias. Somos el sueño húmedo de cualquier dictador.

Hace 10 años que ETA ya no mata. Durante décadas el terrorismo ha moldeado nuestra frágil democracia, nuestras leyes y nuestros valores. Una década más tarde, recordamos lo que queremos gracias a un vistoso baño de desmemoria colectiva. Es mejor no acordarse y seguir adelante hacia... ¿dónde?

El olvido, el borrón y cuenta nueva, el pacto generacional para perdonar y continuar… Todo eso ha sostenido el relato (maldita palabra) de este país desde la Transición, que tanto ensalzan por el valor y el coraje de sus hacedores. Así nos luce el pelo. Ahora, recordamos a nuestros muertos de la dictadura, del terrorismo de Estado, de ETA y demás asesinos disfrazados de ideología. Pero lo cierto es que nadie, nadie sabe decir cuántos muertos hay realmente. Nadie ha cuantificado el dolor.

A estas alturas no existe un dato tan esencial como el número de muertos y heridos a manos de etarras sin una resolución judicial. No hay nada más frío que una cifra y no hay consenso ni para eso. ¿Son 400, 347 o menos de 200? Los muertos vuelven a morir una y otra vez mientras las conciencias de los poderosos y demás duermen tranquilas.

Quienes hemos tratado de rescatar la verdad del olvido no lo hemos hecho por venganza, ni por justicia, ni por dignidad: ha sido porque no nos ha quedado más remedio. Tenemos que aferrarnos a nuestra propia memoria para poder descansar un poco. También nosotros.

Porque —y aquí está la clave— si no sabes a quién perdonar (o no), ¿con quién te vas a reconciliar (o no)?

España es el país de la desmemoria selectiva, interesada, malévola, tóxica y maldita. Esa desmemoria casi acaba con mi propia vida y aún arrastro secuelas que se van quedando por el camino, esas "reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida" que decía Miguel Hernández cuando cantaba al herido que luchaba "para la libertad". Dañado y estropeado, miro hacia atrás con los ojos rojos, las ojeras moradas y las manos temblorosas.

Para mí, el final de ETA fue un anticlímax. El 20 de octubre de 2011, tres encapuchados leían un comunicado para la tele, disfrazados con una estética rancia y cutre que hacía años que era carne de parodia. Algunos no nos lo creímos; demasiadas veces habíamos visto ese ansiado final que, luego, saltaba por los aires, literal y metafóricamente hablando.

El final del terror independentista vasco quedó deslucido, no hubo medallas ni celebraciones, no hubo un relato sino murmullos. Los postulados de la banda terrorista estaban en los parlamentos desde hacía años. Muchos, desde sus escaños o desde sus butacas, se siguen rasgando las vestiduras y los señalan como los herederos de ETA. Desde hace una década se cambiaron por fin armas por palabras. ¿Es que no se trataba de eso?

Quizá ETA dejó las armas entonces en un contexto en el que el terrorismo ya estaba catalogado por Occidente como una amenaza global. Quizá los matones buscaron una salida honrosa a tanto asesinato sin sentido. A lo mejor era que ya no había dios que defendiera las bombas y las pistolas. Puede ser también que, en el hiperconectado siglo XXI, es casi imposible que un terrorista pueda esconderse. Cuando se cayó el avispero, estaba vacío. Para mí, ETA se murió de vieja.

Durante décadas los atentados terroristas fueron una rutina y al fin podemos decir que ya es pasado. Ahora, 10 años después de la versión etarra del inicio de la paz (cuánta soberbia), nos seguimos encontrando con los mismos bandos: los que quieren olvidar del todo —y aquí no ha pasado nada, héroes de la cosa— y los que se acuerdan sólo del ascua que fríe su sardina.

Somos el país del garrotazo goyesco, de las opiniones firmes y el verbo corto, del "conmigo o contra mí". Esta sociedad tiene muy poca memoria porque siempre fue así: antes porque no había suficiente información, ahora porque hay demasiado ruido. Nos encanta hablar de bandos, de "los otros", abrazamos la reescritura de la Historia casi sin inmutarnos. No queremos entender nada porque cuesta mucho trabajo. Vivimos en constante dolor porque nadie quiere desinfectar la herida.

Mientras tanto, miles de personas que perdieron a su padre, madre, hijo, nieta, amigo o referente asesinados por una banda de garrulos alienados se encuentran, para siempre, en el fuego cruzado de esta eterna batalla. En su inmensa mayoría, siempre callados, en silencio, saben tan bien como yo que no habrá paz para sus muertos, que muy pocos levantarán su corazón para defender su memoria y lo que fueron, para saber quiénes les mataron. No sabrán qué pasó realmente porque, a estas alturas, nadie les ha dicho nada.

De vez en cuando, las pilas de huesos son tan altas que se derrumban sobre nosotros, las cenizas de los asesinados intoxican el agua y amargan la cosecha. La vergüenza vuelve a los titulares. Los nichos hablan, las cunetas esperan, los viejos gritan mientras agonizan y nos morimos todos. Pero, pasado un rato, ya nadie recuerda cómo hemos llegado hasta aquí.

El tiempo lo borra todo, dicen; igual por eso nos aferramos a la historia. Pero en este caso, me temo, con los datos distorsionados y los relatos modificados, con la desmemoria de este país hecho a retazos, pronto ya no quedarán huesos, ni cenizas, ni viejos, ni nada. Construirán autopistas sobre los muertos, si no lo han hecho ya. Enterrarán con placas de mármol y lágrimas impostadas todo lo que la violencia destruyó. Homenajearán un plural sin nombres, ni vida, ni contexto, ni historia. Recordarán algo, sin saber bien qué, frente a cajas vacías.

Pronto nadie hablará de las cunetas. Ni de las cunETAs.