Dominio público

Breve respuesta ecofeminista al señor López Obrador

María Eugenia Rodríguez Palop

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, participa en una rueda de prensa matutina en el Palacio Nacional de la Ciudad de México. - José Méndez/EFE
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, participa en una rueda de prensa matutina en el Palacio Nacional de la Ciudad de México. - José Méndez/EFE

El señor López Obrador, no se sabe si por ignorancia o mala fe, ha perpetrado unas declaraciones que me han parecido impropias de un mandatario que lidera, además, uno de los países con las más altas cotas de feminicidios y deterioro ambiental del planeta.

El feminismo y el ecologismo, dijo, son productos del neoliberalismo, movimientos creados "para evitar que la población se diera cuenta de los saqueos que ocurrían en el mundo". "¿Qué hizo el neoliberalismo o quienes lo diseñaron para su beneficio? Una de las cosas que promovieron en el mundo para poder saquear a sus anchas fue crear o impulsar los llamados nuevos derechos", añadió.

Sabemos que el señor López Obrador abomina a ecologistas y feministas, por razones conocidas que ahora no viene al caso detallar, pero la asociación entre feminismo, ecologismo y propuestas neoliberales no puede sostenerse sin sonrojo.

En primer lugar, esta asociación es la que manejaban los conservadores hace ya varias décadas cuando vinculaban a las feministas y los ecologistas con las ideas postmaterialistas; personas que, por disfrutar de una seguridad física y económica, podían despreocuparse de las necesidades materiales, desclasarse y obsesionarse exclusivamente con demandas onanistas de (auto)reconocimiento.


Productos pijos, al fin y al cabo, de una sociedad industrial avanzada que, como decía Marcuse, por medio de su capacidad para mantener la abundancia y la cultura de masas, no podía proporcionar una base sólida para la política proletaria de clase, y habría propiciado un cambio radical de sujeto "revolucionario". El proletariado era así sustituido por las nuevas clases medias, las llamadas "nuevas izquierdas", cuyo surgimiento se interpretaba como el síntoma definitivo del "fin de las ideologías"; o sea, como el triunfo irremisible de la democracia liberal y el Estado social en un mundo que se creía, por fin, plenamente satisfecho.

Sin embargo, lo que sucedía entonces era otra cosa. El feminismo y el ecologismo fueron respuestas premonitorias al déficit de legitimidad democrática y a la crisis del Estado social que se evidenció, por primera vez y con toda claridad, en los años 70. Respuestas críticas frente a la democracia como mercado, los partidos políticos 'atrapalotodo', los electores-clientes y la perversión, en definitiva, de un sistema político que resultaba insuficientemente participativo y representativo y que solo servía a unos pocos intereses privados.

Respuestas críticas también frente a un modelo keynesiano en el que las políticas sociales eran subsidiarias del sistema productivo y no se orientaban a satisfacer necesidades básicas, sino a incentivar el consumo; frente a un Estado social que solo tenía sentido en el marco del productivismo y el crecimiento infinito. Como ven, nada que ver con el neoliberalismo sino, más bien, con su contrario.


Para el ecologismo el reto principal era, por una parte, algo tan material como definir cuidadosamente el concepto de necesidad y articular una política coherente para alcanzar su satisfacción. Y por la otra, señalar los límites estructurales del crecimiento cuyo puntal era la acumulación por desposesión violenta, la explotación y la distribución desigual de los recursos.

De hecho, el movimiento ecologista trató de resistir a la lógica destructiva y al desarrollo incontrolado de las fuerzas productivas, a la extensión caótica del mercado global, a la expansión económica infinita, a la lógica de la acumulación ilimitada, al despilfarro de recursos y al consumo ostentoso, revelando el lado oculto de la racionalidad económica dominante.

El feminismo vino a agregar a este diagnóstico que las mujeres estaban conceptualmente excluidas del reparto y se contaban entre sus víctimas. El boyante sistema productivo que alumbraba el Estado social era profundamente patriarcal y se apoyaba en el trabajo invisibilizado (gratuito o precario) de las mujeres. Sus cuerpos se explotaban como se explotaban los territorios y las fuentes energéticas, preferiblemente, si se situaban en "otro lugar" o estaban en manos de "otras personas". De ahí que la crítica feminista se hermanara fácilmente con las posiciones anticoloniales y antirracistas. Capitalismo, patriarcado y colonialismo han formado -y forman- parte de una tríada secular de dominación y expolio.


De manera que el discurso de "los nuevos derechos", a los que López Obrador se refiere, y a cuyo estudio he dedicado buena parte de mi vida, surge en el seno de una crisis política fruto del desequilibrio que se produce entre la democracia y el capitalismo, así como entre el mercado y el intervencionismo, en el Estado social por exceso -y no por defecto- de neoliberalismo. Y lo que exigen no es el desmantelamiento del Estado social, como pretenden los neoliberales, sino su reformulación en términos más democráticos e igualitarios.

En segundo lugar, y en todo caso, aunque el ecologismo y el feminismo se hubieran articulado alrededor de demandas identitarias de (auto)reconocimiento, como se pretende sostener, lo cierto es que ni hay ni puede haber una línea divisoria entre tales demandas y las demandas materiales de redistribución.

La defensa genuina de los derechos sociales no puede plantearse obviando el elemento identitario-comunitario que los sustenta porque para distribuir la riqueza hay que hacer comunidad, y no se hace comunidad sin (auto)reconocimiento, soberanía, derechos políticos y autogobierno. Como bien señala Sandel, la justicia social no solo trata de la manera debida de distribuir las cosas, sino también de la manera debida de valorarlas y para valorarlas hay que razonar sobre el significado de lo cada uno es y quiere ser. O sea, que ninguna exigencia material se da ni se puede dar en el vacío. Todas tienen que ver con el modo en que se interpreta la historia de nuestra vida personal en relación con la de los otros.

Por eso, no hay forma alguna de garantizar derechos sociales sin considerar la identidad de sus titulares y cuando se desconoce es porque se ha apostado por una deriva clientelar. No hay mucha diferencia entre usar los derechos sociales para incrementar el gasto y los beneficios, o usarlos para obtener ganancias electorales, especialmente en un escenario neoliberal en el que la política imita al mercado.

Lejos de lo que piensa el señor López Obrador, el ecologismo y el feminismo son las únicas fuerzas políticas que pueden ralentizar el colapso garantizándonos una subsistencia compartida, revirtiendo los procesos privatizadores que ha propiciado el sueño neoliberal y recuperando para todos lo que es de todos. Y son fuerzas que, además, han comprendido que nada eso puede lograrse sin una profundización democrática que nos permita recordar quiénes somos y lo que verdaderamente necesitamos.