Dominio público

Igualmente libres

Juan Ponte

Responsable de Formación de IU y director de la Fundación de Estudios Críticos

Los proyectos emancipatorios siempre han aspirado desde su filo crítico a que todo el mundo, quienquiera que sea, pueda ser igualmente libre. De este modo, igualdad y libertad no son concebidos como términos antitéticos, necesariamente enfrentados, sino como dimensiones que se presuponen recíprocamente de forma incondicional. Todos los individuos políticos han de estar dotados igualmente de libertades, sin excepción. En este sentido, desde una concepción republicana podríamos evocar las palabras de Cicerón: "no hay nada más dulce que la libertad como el que si no es igual para todos ni siquiera es libertad"; aequa libertas; aequum ius.

La libertad no se intercambia por igualdad. Bien al contrario, se cimenta en la hipótesis de la igualdad virtual de las inteligencias, de la potencia de obrar de cual sea. Ahora bien, que la naturaleza sea "una y la misma en todos", por seguir diciéndolo con Spinoza, no significa que la igualdad deba ser concebida en términos de homogeneidad, sino como el principio por el cual ningún individuo puede estar excluido -a causa de clase social, género, comunidad, etc.- "de derechos de existencia". "Ningún hombre tiene el derecho de amontonar grandes cantidades de trigo al lado de su prójimo que muere de hambre", señalaba Robespierre. Así, igualdad no es uniformidad, sino garantía de que la libertad no es privativa de ningún grupo social privilegiado. Nadie es más que nadie. La libertad de unos pocos no vale más que la libertad de la mayoría.

Congruentemente con esto, la libertad no será definida, de forma negativa e indeterminada, como la ausencia de interferencias en nuestros actos, pues la primera pregunta que deberíamos hacernos al respecto, en clave materialista, es: ¿a qué actos nos referimos específicamente? ¿Acaso la evacuación de sus contenidos no tendrá que ver con la naturalización de las desigualdades sociales institucionalizadas? Bajo un prisma republicano, en cambio, la libertad no solo supondrá genéricamente la ausencia de restricciones; connotará la independencia social de toda forma de opresión y, por consiguiente, la protección cierta contra la voluntad arbitraria de terceros. Por eso, el reclamo de libertad exige el socavamiento de los dispositivos de dominación (momento negativo), tanto como la creación colectiva de condiciones de igualdad (momento positivo).

Entonces, si ocurre que nuestra voluntad está sujeta a estructuras que escapan de nuestro control, si el acceso a los bienes y servicios en el mercado capitalista es radicalmente desigual, si no tenemos capacidad para decidir cómo trabajar y para qué, de qué forma producir la energía, localizar la industria o proteger nuestro planeta, ¿somos libres? Si no podemos decidir cómo organizar nuestra vida y distribuir nuestro tiempo, ¿es esto libertad? "Siempre ha resultado escandaloso para el rico que el pobre deba disponer de tiempo libre", advertía Bertrand Russell.

Obviamente, desde nuestras coordenadas la respuesta es negativa. En efecto, como bien demostró Marx, la riqueza se produce socialmente, pero los capitalistas "se reparten el botín del trabajo ajeno que se han apropiado". La clase trabajadora se constituye así como clase dependiente del salario, frente a quienes detentan los medios. La fuerza de trabajo se convierte, de esta forma, en "un modo particular de existencia del capital".

Desde la década de los 80, los poderes neoliberales se han caracterizado por la erosión de los derechos laborales y la instauración de la precariedad como forma de vida de la mayoría: pérdida de negociación colectiva, devaluaciones salariales, rotación de la mano de obra, procedimientos de subcontratación, etc. Al mismo tiempo, estos han promovido una ideología individualista, propia del neodarwinismo social, según la cual quien no tiene éxito social es porque se lo merece. Todo ello, en nombre de la libertad.

¿Hay alternativa a esta realidad política? ¿Qué políticas se deben desarrollar para garantizar una vida digna a cualquiera? ¿Cuáles han de ser los ejes de las políticas de lo común en el siglo XXI? ¿Cómo conjugar los derechos laborales con el conjunto de derechos de existencia? En definitiva, ¿cómo disputar la idea de libertad a las derechas en el presente?

Este es el punto de arranque de la Escuela de Formación Igualmente libres, organizada por IU y la FEC, que tiene lugar del 19 al 21 de noviembre en Sevilla. Un espacio amplio y diverso para aprender de nuestro pasado, poner en común experiencias y enfrentar los retos existentes; para compartir entre diferentes y luchar así mejor contra los antagonistas. Y es que no se trata de sumar voluntades preestablecidas, sino de multiplicar fuerzas inéditas. La dialéctica entre las partes transforma a las partes mismas. No es una llamada más a la "unidad de la izquierda". No consiste en juntar organizaciones, sino en contribuir a organizar aquello que no lo está, con vocación de mayoría. Como apreció muy bien Paco Fernández Buey, Lenin siempre tuvo que bregar entre dos tendencias: la creencia en "la comunión de los santos" (traducido a nuestros términos: el supuesto de que las izquierdas ya están unidas en esencia y de que su confirmación depende de la buena voluntad aportada) y "la perpetua voluntad de disgregación" (esto es, la renuncia igualmente fetichista a cualquier unidad de acción). Ambos riesgos siguen presentes, pero determinar y cumplir el objetivo es prioritario. Lo expresa admirablemente Nancy Fraser: "Debemos construir un mundo justo, cuya riqueza y cuyos recursos sean compartidos por todos, en el que la igualdad y la libertad sean condiciones de vida reales, no sólo aspiraciones". Tal es nuestro empeño.