Dominio público

Vox no es fascista

Santiago Abascal con un morrión sobre la cabeza.- Imagen difundida por Vox

El pasado 2 de mayo Vox lanzó un tuit conmemorativo de aquella rebelión popular que, en opinión de la formación, "luchaba por la soberanía nacional". Y los fascistas de verdad, o aquellos que se creen tales (Bastión Frontal y otros grupúsculos), se les echaron al cuello: "En el 2 de mayo, vosotros habríais sido los afrancesados".

A los dirigentes de Vox les falta demasiada ilustración para poder ser equiparados con aquellos "afrancesados" (partidarios del rey José I tras la renuncia de Carlos IV y Fernando VII, pero sobre todo empeñados en la modernización de España de acuerdo a los nuevos valores políticos revolucionarios, similares a los que esgrimieron los liberales patriotas de Cádiz, por otra parte). Pero algo de razón no les falta a los que desde los resquicios del fascismo les acusan de "vendepatrias": porque la propia noción de "soberanía nacional" sólo podía venir de la Francia revolucionaria y liberal, frente al "vivan las caenas" del populacho patrio. Y ninguno de los habitantes del pueblo de Madrid que aquel día se alzaron, armados con palos y cuchillos de cocina, contra el mayor ejército del momento, el del ocupante francés, tenía en mente estar emprendiendo nada parecido a una "Guerra de Independencia", denominación que sólo impuso la historiografía nacionalista más de medio siglo después.

Llevamos ya unos años peleándonos por cómo etiquetar a este nuevo partido, y ofendiéndonos con aquellos que tratan de blanquearlos mediante eufemismos: ¿Vox es fascista? ¿Son neonazis? ¿Extrema derecha, ultraderecha, derecha radical? ¿Simple populismo? ¿Ultraderecha 2.0, como vengo escuchando de un tiempo a esta parte? Llaman la atención estas dubitaciones, cuando tenemos un marco ideológico mucho más cercano en el espacio y en el tiempo: del mismo modo que en Francia existe el gaullismo o en Argentina el peronismo como corrientes políticas difícilmente extrapolables a otros contextos, en España tenemos el franquismo. Una tradición patria que nunca nos ha abandonado y que explica muchas de esas "contradicciones" o indefiniciones doctrinales que, desde un extremo y otro del espectro político, se les achacan. Así que empecemos a llamarlos por su nombre: Vox es franquista. O neofranquista, porque su discurso se adapta a los nuevos contextos históricos, qué remedio. Franquismo 2.0, si os hace ilusión: que el Caudillo contaba con el balcón de la plaza de Oriente pero no tenía cuenta de Twitter ni Telegram.

El fascismo español se constituyó en 1934 con la fusión de Falange Española (grupo admirador de la Italia de Mussolini, que eligió como líder al hijo del dictador Primo de Rivera, en principio más cercano al bando monárquico), y las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, más cercanas al nacionalsocialismo alemán y revolucionarias (aunque fuese la suya una revolución antiliberal, anticomunista y antidemocrática). Su ideología era un ultranacionalismo regeneracionista, secular y populista, unido a la exaltación de la violencia. Pero nunca llegaron a ser realmente populares. El ultranacionalismo también figuraba como eje vertebrador de Acción Española, una corriente de corte ultracatólico y reaccionario, mejor relacionado con las élites económicas, militares, políticas y eclesiásticas del país, que nunca aspiró a llegar a las masas.

Franco, necesitado de ideas con las que pertrecharse, acuñó una extraña síntesis, al fusionar el fascismo revolucionario con el tradicionalismo de los carlistas, otros sin demasiada presencia social: Dios, patria, rey. Así que al fascismo no le quedó otra, en aquel único Movimiento Nacional (verdadero popurrí ideológico atravesado por luchas intestinas) que tragarse una monarquía y una Iglesia ausentes en su ideario primordial (si no puedes con tu enemigo, únete a él, y el fascismo nunca logró movilizar a la sociedad como sí lo seguía haciendo la Iglesia). Anticapitalistas como se pretendían, les permitieron añadir un Sindicato Vertical, que junto a la familia y el municipalismo de los conservadores constituyeron los pilares del régimen nacional-católico. Así pasó el caudillo de levantar el brazo para saludar a pasearse bajo palio sin mayores quebrantos.

Como dijo el filósofo Aranguren, al que el Generalísimo apartó de su cátedra, a lo largo de aquellos cuarenta años el franquismo pasó de ser un sistema político a una forma de vida de los españoles. La aniquilación del enemigo (cientos de miles de españoles represaliados, asesinados, exiliados o condenados al silencio) jugó sin duda un papel crucial, y así se explica que aquel Madrid que iba a ser la tumba del fascismo, convertido en sede de las nuevas instituciones y élites del régimen, vote ahora masivamente contra la sanidad y la educación pública, y a favor de los toros y las cañas, identificando la libertad con aquella charanga y pandereta que tanto apenaba a Machado.

Eso que se ha dado en llamar "franquismo sociológico" ha pervivido en las sombras de la cultura política democrática de los españoles otros cuarenta años: desmovilización y apoliticismo ("la mayoría silenciosa", la de la "España que madruga", "gente como Dios manda"), una frágil sociedad civil, la preferencia por la estabilidad antes que por los valores radicalmente democráticos, el escepticismo hacia la clase política, el nepotismo frente a la meritocracia, la indulgencia con la corrupción, la cultura del pelotazo, el machismo, el anti-intelectualismo, las procesiones encabezadas por nuestras representantes públicas con mantilla, la fiesta nacional que, en vez de celebrarse en la efeméride de la Constitución, sigue rindiendo homenaje a la bandera, el ejército y los ecos de un pasado imperial, llámese Raza o Hispanidad.

Y la cultura del servilismo de un pueblo demasiado acostumbrado a obedecer de forma acrítica: el éxito del programa de vacunación contra la covid-19 en España, que no tiene parangón en las democracias maduras de nuestro entorno, ¿es un ejemplo de solidaridad y valores cívicos, o sólo responde a esa inercia atávica por acatar las directrices del Estado? A cuenta de los disturbios por los recientes macrobotellones escuché a varios conciudadanos, seguramente buena gente, pedir "más mano dura", "eso se arregla repartiendo palos". La calle reclama más violencia policial mientras los medios criminalizan la violencia de las protestas de trabajadores, y a nadie parece sorprenderle en un país que no ha logrado la unanimidad de sus representantes para condenar la dictadura.

La retórica de los discursos de Azaña suena hoy añeja y anacrónica, pero recientemente escuché un discurso de Franco, extraído de unas imágenes del No-Do en una de sus últimas apariciones públicas, en el que alertaba contra el "contubernio comunista-terrorista". Ahora no lo llaman contubernio, sino aquelarre, pero me sorprendió su actualidad: un Gobierno "socialcomunista, separatista, filoetarra, frentepopulista", claman ahora, al que no reconocen su legitimidad democrática. Un discurso que no parece pasar de moda, aparentemente aceptable para la mitad de los españoles, y la pervivencia de un franquismo sociológico en el que Vox tuvo el acierto de ver una ventana de oportunidad.

Con esos mimbres difusos (más emocionales que verdaderas ideas políticas) se construye Vox en sus programas políticos escuálidos (siguiendo la máxima aquella de "haced como yo, no os metáis en política"): una retórica ultranacionalista que pide la eliminación de las autonomías, la unidad y "concordia" de los españoles, ataca con la boca pequeña a la "partitocracia" y el "globalismo" sin proponer ninguna alternativa al capitalismo neoliberal o cuestionar la adscripción a la OTAN, pide la ilegalización de los partidos de la "anti-España", reclama un estado de alarma que luego denuncia, defiende la Cruz del Valle de los Caídos, machista, homófobo, que reivindica las glorias de un pasado imperial, el militarismo, la caza, los toros, el mundo rural del señorito que pasea a caballo y no del jornalero que dobla el espinazo. Una retórica paternalista y hueca de defensa de los "humildes trabajadores honrados" que buscan "labrarse un futuro" (en uno de los últimos tuits de Santiago Abascal), y al que solo responden creando un irrelevante sindicato católico y anticomunista al que, como el polaco, han llamado Solidaridad.

Y el 2.0, que para eso estamos en el siglo XXI: la peculiaridad del fascismo español fue su ausencia de racismo doctrinal, que se sustituyó por el catolicismo a ultranza, "la última reserva espiritual de Occidente". La "Raza" en el discurso español, desde el siglo XIX, siempre fue más un concepto cultural que biológico, pero que servía igualmente para criminalizar al judío o al musulmán. Claro que la España de Franco no tenía MENAS, porque entonces eran los españolitos los que se veían obligados a emigrar. Pero también entonces se hablaba de libertad: la de una España, grande y libre. Esa que muchos añoran.