Dominio público

Pesadilla en Navidad: el caso de Vigo y Abel Caballero

El alcalde de Vigo, Abel Caballero, durante el encendido de las luces navideñas, a 20 de noviembre de 2021, en Vigo, Pontevedra, Galicia (España).- EUROPA PRESS

Este es un artículo modesto en el que no quiero parecerme a cierto escritor madrileño y, por eso, comienzo diciendo que no soy de esas personas que pide que no pase una procesión por su calle o que no se celebren las fiestas patronales de su ciudad, que no haya verbenas o que la gente se quede en su casa cuando ganamos un Mundial. Asumo con naturalidad que en las ciudades hay días festivos llenos de ruido y todas las celebraciones me gustan; soy muy de festejos… en las ciudades tiene que ser compatible la fiesta con la vida. Pero lo de Vigo no es compatible. Es un atropello al derecho fundamental a poder vivir con cierto silencio.

Hace un par de años me mudé a un chalet en una urbanización en Guadalajara. El lugar es tranquilo y lo visité varias veces antes de decidirme. Me mudé en invierno y en verano descubrí que el vecino alquila su chalet para organizar todo tipo de fiestas durante todos los días del verano, lo que implica vivir al lado de una discoteca todo el día; la noche parece que es la única prohibición que se respeta. Este señor me ha robado la vida y yo no me puedo defender. En mi casa, durante el verano, no se puede estar en el jardín leyendo, ni charlando, ni comiendo… Existe el derecho a escuchar música que, como todo derecho, tiene que ser compatible con el derecho a vivir sin música. No existe el derecho a invadir con tu música el silencio de las vecinas. Por eso existen normativas que buscan que ambas cosas sean compatibles, aunque en España dichas normativas son siempre muy laxas porque este es un país que otorga a los contaminadores de cualquier cosa, ya sean públicos o privados, todos los derechos que niega a la gente corriente.

Acudí al Ayuntamiento, hablé con concejales y abogados, puse denuncias y el resultado es: nada. El derecho de ese señor a poner su música está por encima de mi derecho a vivir una vida en la que no tenga que escuchar cada día la música ajena a un volumen incompatible con cualquier otra actividad. No me hacía falta esta experiencia para darme cuenta de que lo que el Ayuntamiento de Vigo se propone hacer con los vecinos durante los próximos dos meses es una invasión intolerable del derecho de estas personas a vivir, no ya en silencio; a vivir sin más.  Los villancicos sonarán durante dos meses de 17:00 a 21:00 horas los días laborables, mientras que los viernes, sábados, domingos, festivos, vísperas de festivos y puentes (o sea muchos días navideños) estarán sonando de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 22:00 horas, nueve horas al día en total. No es sólo que se imposibilita la vida, es que se tortura también a las trabajadoras de los comercios que tengan que pasarse el día con la musiquilla en el cerebro.

Hace unas semanas entré en una tienda de moda de esas que tienen música todo el día a un volumen altísimo. A mi me hacen salir corriendo, pero asumo que estará estudiado que a mucha gente le produce el efecto contrario y entrarán a comprar atraídos, precisamente, por la música. Le pregunté a una trabajadora joven y me dijo que era una tortura y que había perdido audición después de años trabajando en esas condiciones, que además le costaba dormir y que tenía que tomar tranquilizantes para calmar los nervios que le producía pasar todo el día en una especie de discoteca. Y hablo de una chica joven a la que puede que dicha música le gustará para su ocio. Pero no hay nadie en el mundo que pueda estar bien oyendo nueve horas al día Los peces en el río. Ser obligada a escuchar durante dos meses un villancico varias horas al día supone impedir la lectura, el pensamiento,  y cualquier trabajo que requiera concentración, supone poner nerviosos a niños y niñas y también a los animales domésticos y supone someter al personal que está trabajando a niveles de ruido que aumentan de forma exponencial el estrés y que son causa de enfermedades profesionales, supone convertir las calles que son de todas,  que son para pasear, charlar, ir en bici, salir con los niños… en un centro comercial.

No puede ser progresista, ni siquiera lejanamente, quien arrasa con los derechos de unos para convertir toda la ciudad en un parque temático de la Navidad.  Me gustaría tener la capacidad de echar maldiciones efectivas sobre los alcaldes y alcaldesas que convierten nuestras ciudades en centros comerciales y no en espacios para vivir; que confunden vida con consumo y con negocio. Malditos todos estos alcaldes y alcaldesas que entienden sus ciudades únicamente como un producto, como un espacio para hacer negocio; los que entienden las ciudades como oportunidades para atraer turistas al precio de expulsar a sus habitantes menos pudientes, que pasan de habitantes de su ciudad a meros trabajadores/as que acuden por las mañanas a trabajar a una ciudad que ya no es suya.

Estos alcaldes son, literalmente, la peste. Necesitamos alcaldes y alcaldesas que trabajen para convertir sus ciudades en espacios de vida y no de consumo y contaminación. Y sí, ya sé que gran parte del vecindario estará encantado con el festival de música (por eso le votan, supongo) y también sé que el alcalde Abel Caballero está contentísimo de haberse conocido y aspira, incluso, a que le conozcan en Marte. Y sí, sé también que los representantes de los partidos políticos no podemos parecer aguafiestas, que luego viene Ayuso con su libertad y sus cañas y arrasa. Pero yo quiero, en esta modesta columna, expresar mi opinión pero, sobre todo, expresar mi solidaridad con los amantes del silencio, con las disidentes y los disconformes; con los perros y gatos, con los niños, los jaquecosos, las insomnes, los poetas e incluso con las deprimidas; porque no hay nada que contribuya más a aumentar la depresión que encontrarse sentada en medio de Disneylandia sin saber cómo se ha llegado allí.