Dominio público

Conspiración y puñaladas en la derecha española

Elizabeth Duval

Mañueco junto a Francisco Igea. (EFE/Nacho Gallego)

"Hola, Paco. Que sepas que estás cesado tú y todos los consejeros de Ciudadanos". Cada uno leerá la frase como quiera, pero la frase funciona: lo que le da su encanto es el "Paco" al principio, la confianza justo antes de clavar el cuchillo, el cariño, el apelativo afectuoso que invita al insulto y la reyerta. Francisco Igea, hasta el lunes vicepresidente de Castilla y León y antiguo rival de Inés Arrimadas en las primarias de Ciudadanos, se ha enterado en medio de una entrevista en la radio de su cese y de la convocatoria de elecciones por parte de Mañueco. "Paco" ha sido muy educado: ha anunciado que abandona la política y solicita la reincorporación como médico al hospital. Detrás de su "¿qué cojones te va a importar la población?", se escondía un muy comprensible "estoy hasta los cojones". Óscar Puente, alcalde de Valladolid, ha considerado que Igea "va camino de ser el mayor pagafantas de la política autonómica de todos los tiempos".

La política no es nada personal, salvo cuando lo es, es decir, siempre. En teoría no es un circo, salvo cuando lo es, o sea, con frecuencia. Hubo un momento decisivo en el que Ciudadanos escogió hacerse el harakiri y convertirse en la muleta permanente del Partido Popular; cuando quiso deshacerlo, ya había insistido sobremanera en su rol de muletita, así que no inspiró confianza ni a unos, ni a otros. Su hundimiento sirvió para mayor gloria del fenómeno Ayuso, que hizo lo que ahora hace Mañueco: cesar consejeros, convocar elecciones. Igea corre la suerte de Ignacio Aguado (no haré el mal chiste de que a Aguado se lo tragaron los tiburones) y su partido, que por ahora no tiene ni candidato, desaparecerá de Castilla y León, y luego desaparecerá del resto de España.

Lo que sucede en la derecha española podría infundir ánimos casi tan llenos de júbilo en el corazón de la izquierda como la victoria el pasado domingo de Boric en Chile: frente a nuestros sucesivos y aparentemente infinitos intentos de asesinarnos en los últimos años, parece que de un tiempo a esta parte la derecha española está enzarzada en una batalla permanente consigo misma. Casado, Cospedal y Sáenz de Santamaría, las dos últimas ya en la papelera de la historia, con sus famosas historias propias de cuchillos y desdenes, se dieron duelo en las primarias tras la caída de la derecha, pero luego desaparecieron y callaron. Una vez el Partido Popular ha conseguido recuperar poder, empiezan los deseos de acabar con quien lo ha liderado en sus horas bajas. ¿Será Ayuso? ¿Será Moreno Bonilla, que no parece tener muchas ganas de pactar con el Vox de Macarena Olona? ¿Tendrá alternativa a incluirlos en el gobierno de la Junta? Prosigue el culebrón.

Lo que pasa, y por lo que quizá habría que rebajar un poco los ánimos, es que tantos puñales, tanta nocturnidad y tanta alevosía obedecen a que la derecha huele sangre y se ve con posibilidades. La derecha comprende que el poder es el poder y que en toda circunstancia la voluntad de autoconservación tiene que ser su guía suprema: conservar el poder en su máximo grado posible, siempre.

La derecha observa que en Francia sus homólogos le hacen menos asco que hace unos años a las posturas de Le Pen: el cordón sanitario se ha roto. La derecha percibe que en Alemania la victoria de Merz aleja a la CDU del centro liberal y permite la competición (¿quién sabe si futura cooperación?) con la extrema derecha. La derecha sabe que al neoliberalismo se le acaba el tiempo y el ciclo: su respuesta pasa por incorporar a lo neoliberal un autoritarismo securitario, a veces soft, a veces potente. Ni tendrán escrúpulos a la hora de cambiar de máscara ni les costará alinearse detrás de quien salga victorioso de sus contiendas internas.

Esa es su gran diferencia con la izquierda. Las primarias de Podemos en Asturias amenazan con partir el partido (¡ja!) en dos, y la agresividad ha alcanzado líneas rojas incluso en el seno de una misma formación… pero los puñales en la derecha no tienen que ver con el control de una sola estructura pequeñita, sino con el deseo de absorción. La izquierda se pelea para determinar qué individuos controlaran vínculos e ideas. La derecha se pelea para absorber, crecer, ser más poderosa. Las peleas internas de la izquierda acaban con grupos que después ya no se hablan: las luchas intestinas de la derecha acaban con personas retirándose de la política y una sumisión absoluta de los que quedan en pie.

¿Es envidiable su modelo de la sangre fría? Tampoco estamos tan exentos en la izquierda de esa misma mala leche; la realidad nunca es tan maniquea como unas cuantas formulaciones pueden pintarla.  ¿Queremos candidatos que manden mensajes como el que recibió Igea, con su glorioso "hola, Paco", si esa es condición para ganar las elecciones? Es una buena pregunta. Es útil como instrumento propagandístico insistir en lo mucho que se pelean dentro de la derecha, y es verdad… pero si al mismo tiempo hay formaciones de izquierda a punto de matarse a sí mismas, y nadie da la voz de alarma, la autocomplacencia con lo imbécil que es el enemigo se queda en una cosa bastante inútil y algo triste. Que la paja en ojo ajeno no impida ver la viga en el propio; que los culebrones de la orilla de enfrente no nos impidan ver lo que pasa en nuestra humilde morada.