Dominio público

Covid-2022

Javier Padilla

Pixabay

"Ah, shit, here we go again", ese meme ocupa mi cabeza desde hace días. Aumento de casos, aumento de medidas que uno no entiende muy bien por qué se plantean, aumento de preguntas cíclicas sobre la efectividad de las vacunas (cuando los datos entre vacunados y no vacunados difícilmente pueden ser más halagüeños), aumento del hartazgo...

Como si se tratara de otro meme que reaparece con frecuencia, el de los compañeros de Bart Simpson mirándole expectante hasta que dice lo que todo el mundo espera de él, varios presidentes de Comunidades Autónomas han saltado a los medios a pedir diligentemente la vuelta de la mascarilla obligatoria para estar en exteriores; solo ha faltado que alguien reclamara un esfuerzo para salvar la navidad, y podríamos haber decretado que esta Nochebuena sería la de 2020.

Más allá del caos y cierto despropósito, nos enfrentamos a algo que no habíamos vivido hasta ahora: el total desacoplamiento en la terna contagios-hospitalizaciones-socialización. Tenemos unas cifras de contagios que va camino de superar las de las navidades de 2020, unas hospitalizaciones más parecidas a las de verano de 2021 y unos niveles de actividad social más similares al invierno de 2019. Esto hace que las soluciones no puedan ser las de navidades 2020, verano 2021 o invierno 2019, porque nos estaríamos perdiendo una parte de la foto.

El reto actual es transitar hacia una situación que se caracterizará por lo siguiente: I) alta tasa de vacunación en nuestro entorno, lo cual implica una disminución importante de la gravedad de la enfermedad, II)  baja tasa de vacunación en países de África -principalmente-, lo cual además de ser una injusticia mayúscula, es un factor de imprevisibilidad en términos de salud global, III) menor tolerancia social a restricciones de lo cotidiano y IV) normalidad en las necesidades sanitarias no-covid de la población, que no pueden esperar más.

¿Cómo hacer esto? ¿Cómo avanzar mientras se atiende también lo actual? Uno puede fijarse en tres ámbitos: las medidas de salud pública, las medidas sobre el sistema sanitario y la importancia de no hacer ciertas cosas.

En relación con lo primero, lograr el objetivo disminuir contagios pasa, básicamente, por disminuir el número de contactos poco seguros. El teletrabajo es un ejemplo de medida que permite compatibilizar la actividad laboral con una disminución del número de contactos; esos contactos en muchas ocasiones no se producen en el ámbito laboral -donde mucha gente puede cumplir con medidas de seguridad-, pero sí en cafeterías, salas de estar o similares. Los otros dos aspectos que probablemente serían más razonables en este nivel serían las medidas relacionadas con la ventilación ("la ventilación es el pasaporte covid de Asturias", decía recientemente el Director General de Salud Pública de Asturias) en lugares interiores -especialmente si se realizan actividades sin mascarilla como comer o hablar- y la disminución de aforos en ese tipo de interiores, llegado el caso.

En el ámbito de las medidas sanitarias, nos jugamos todo en la conservación de la Atención Primaria como un punto funcionante de asistencia a la población. En Atención Primaria llevan casi dos años compitiendo las necesidades covid y las necesidades no-covid, de modo que cuando las segundas aumentan, las primeras saltan por la ventana. El problema es que lo que se deja de hacer son visitas a domicilio a pacientes encamados, controles de personas con polimedicación, atenciones al trastorno mental común, actividades comunitarias, cirugía menor o cualquiera de las decenas de cosas tan rutinarias como importantes que se realizan ahí. Es clave garantizar que todo aquel que necesite atención médica por sintomatología derivada (o sospechosa) de la covid-19 la va a obtener, así como que toda persona contacto o con sintomatología leve que no precisa atención médica no va a necesitar ser vista por ningún profesional de Atención Primaria.

Esto pasa por crear circuitos separados de atención (carpas de test sin cita en cada distrito, agilización de los procesos de baja -llegando a la autojustificación de los primeros 10 días, versión reducida de lo que ya ocurre en Reino Unido-...) y por agilizar la notificación de la información generada fuera del sistema (webs y apps donde notificar un positivo de un test de farmacia y que automáticamente genere cita de confirmación, baja laboral si se precisa y llamada de rastreo). En definitiva, todo pasa por tomar conciencia de que la mayoría de los casos de covid-19 no necesitan atención médica (o enfermera), sino una prueba, una baja, un rastreo y unas instrucciones, y que cuanto más eficiente se realice esto de forma autónoma, menos competirá con la Atención Primaria.

Por último, necesitamos urgentemente dejar de hacer cosas que no aportan. Enzarzarse en batallas judiciales por el toque de queda o la mascarilla en exteriores no es que no aporte, sino que resta. Resta, al menos, a tres niveles: el primero, porque en un momento en el que la gente necesita que las instituciones muestren altura de miras y se vuelquen en el cuidado de los suyos, la performance gobierno-judicial resta credibilidad a las instituciones y no mejora la salud de nadie; el segundo, las medidas que se toman cuando nadie está vacunado no pueden ser las vacunas que se toman cuando más del 90% de la población vacunable ha cumplido con su parte, y no pueden serlo porque las vacunas reducen la frecuencia con la que la enfermedad se convierte en algo grave y, además, porque vacunarse tiene que servirle a la gente para algo en lo cotidiano y tangible, no solo en la estimación de riesgos o en lo hipotético; el tercero, porque si queremos seguir contando con la baza de la responsabilidad individual es imprescindible demostrar que la responsabilidad institucional está al mismo nivel.

Toca pasar de fase, pero es difícil hacerlo mientras estamos sumidos en una explosión de contagios. Aún así, hay que tener muy claro que no hay ni motivos epidemiológicos ni sanitarios ni receptividad social para actuar al estilo 2020, y sí existe una necesidad abrumadora de que las instituciones comparezcan aliviando las cargas de la gente que se vea afectada por la pandemia (garantizar permisos de cuidados, garantizar procesos rápidos de atención...) y alejando la mano de ese fetichismo de la coerción en el que nos metimos en 2020. De la restricción a la acción. De la coerción al cuidado. Las instituciones tienen que mostrar que saben hacer mejor lo segundo que lo primero.