Dominio público

Gestas de la historia de España

Alfredo González-Ruibal

Estatua del Cid Campeador

La historia de España está llena de gestas. Proliferan últimamente los libros y documentales que nos lo recuerdan. Frente a esta ofensiva de glorias patrias, parece que quienes no comulgamos con el nacionalpopulismo estamos en contra de celebrar los aspectos positivos de la historia de nuestro país. Es más, parece que hacemos todo lo posible por ocultarlos. No es así. Lo que sucede, entre otras cosas, es que no nos ponemos de acuerdo respecto a qué gestas deben celebrarse y cuáles no. Según la Real Academia de la Lengua, una gesta es un hecho o conjunto de hechos memorables. Como investigador del pasado, no tengo nada en contra de que recordemos hechos memorables. Todo lo contrario. La clave está en el adjetivo "memorable", es decir, qué consideramos "digno de memoria" o, más bien, de homenaje. Y ahí es donde empiezan las desavenencias.

Una ojeada a cualquier celebración histórica reaccionaria demuestra que "gesta" se hace equivaler, en la mayor parte de los casos, con hechos de armas. Es comprensible, dado que ese es el sentido que ha tenido habitualmente. Aunque creo que una democracia tiene eventos históricos más adecuados para la celebración que las hazañas bélicas, no estoy en contra de que se conmemoren. Pero debemos reflexionar sobre cuáles celebramos, porque no son todas iguales. Por ejemplo, una carga de caballería en una guerra colonial, que es por necesidad un conflicto de agresión, asimétrico y racista, no debería considerarse memorable (o más bien conmemorable) en una sociedad democrática, por mucho valor que demostraran los soldados. Porque ese acto de valor ocurrió en un contexto oscuro en la historia europea, en la que hay mucho que recordar pero poco que celebrar.

El caso de la guerra colonial nos lleva a un problema fundamental en la celebración acrítica de gestas: y es la falta de contexto. Porque, en abstracto, que unos hombres estén dispuestos a sacrificar su vida por otros es sin duda digno de admiración. Pero el problema es que las hazañas no ocurren en abstracto. Ocurren en contextos históricos muy concretos. Así, no es lo mismo un soldado británico dispuesto a sacrificar su vida por sus camaradas en el desembarco de Normandía, que un SS dispuesto a hacer lo mismo mientras él y sus camaradas arrasan Varsovia. El primer gesto es, sin duda, digno de conmemoración; el segundo, no, por mucho que las acciones, desde el punto de vista del heroísmo militar, sean idénticas. En historia el contexto lo es todo. Si no tenemos en cuenta el contexto, entonces no es historia. Puede ser un ejercicio de nacionalismo, una anécdota bélica o propaganda política, pero no historia. En democracia, el contexto también es clave.

El pensamiento histórico reaccionario, sin embargo, se ha actualizado. Así, junto a soldados y conquistadores, ahora también se incluyen algunas gestas civiles que, esas sí, son sin duda dignas de homenaje en democracia: sean expediciones científicas o actos humanitarios.  Nada que objetar en este caso. O casi. Porque las hazañas de la historia siguen siendo cosa de unos pocos, casi siempre hombres—acompañados ocasionalmente de alguna mujer que adopta un rol tradicionalmente masculino. Este concepto de gesta nos sigue chirriando a quienes nos dedicamos a la historia, porque recuerda un poco a los manuales escolares del siglo XIX y sus semblanzas de grandes personajes y otro poco a las vidas de santos. La historia es otra cosa.

Algo que sorprende de estas narrativas acartonadas del nacionalpopulismo es que ejemplifiquen siempre las glorias del pasado en términos individuales, no colectivos—a lo sumo un puñado de hombres. Sorprende porque el populismo reaccionario pretende siempre hablar en nombre del pueblo. Pues bien, si vamos a hablar de gestas y de españoles, estaría bien hablar de las de todos y todas. Y hay muchas.

Por ejemplo, la hazaña de tantas mujeres campesinas, en los últimos dos siglos, que sacaron adelante familias, casas y campos, ellas solas, mientras sus maridos emigraban. Heroínas ellas y héroes ellos. Más hazañas: la de esos mismos campesinos y campesinas, jornaleros y pastores que durante siglos han alimentado a nuestro país, con frecuencia en condiciones durísimas. Las de los pescadores, cada día que salían (que salen) a alta mar. Las de los maestros rurales que educaron a los más desfavorecidos. Estas sí son gestas olvidadas. Otra hazaña: el largo camino al sufragio femenino, aprobado en España en 1931, antes que en Italia, Francia o Suiza. Y otra: el retorno de la democracia a finales de los años 70; una proeza colectiva que el relato oficial atribuye en exclusiva a un grupo selecto de varones poderosos, pero que es el resultado de esfuerzos y sufrimientos colectivos—de hombres y de mujeres, héroes y heroínas de todas las clases sociales.

No faltan gestas en la historia de España, está claro. Ni en el pasado ni en el presente. Como en cualquier otro país del mundo, de hecho: será un gran avance cuando logremos sentir como propia toda acción que haya beneficiado a la humanidad, independientemente del origen nacional o étnico de quienes la hayan realizado.

Las gestas, en todo caso, las llevan a cabo en cualquier parte personas anónimas, se hacen todos los días, sin sangre ni violencia, y sirven para construir un mundo mejor. Esas son, de verdad, las grandes hazañas: las olvidadas, las que perduran, las dignas de recuerdo.