Dominio público

Tiempo y dinero: sobre 'la Gran Renuncia' en EEUU

Emma Álvarez Cronin

Doctoranda en la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del grupo de investigación GSADI.

Trabajadores excluidos de protección sanitaria protestan en Nueva York el pasado mes de octubre.- AFP

Artículo publicado en colaboración con Sobiranies

Durante los últimos 50 años, las crisis económicas han sido sinónimo de desregulación y retrocesos en materia de derechos laborales. La crisis del petróleo en los años 70 supuso una revitalización de las doctrinas del Estado mínimo. Las políticas de inspiración neoliberal arrasaron progresivamente con los principales pilares del orden económico-laboral fordista, dando lugar a una serie de transformaciones que experimentaron un último impulso durante la crisis del 2008: mercados laborales altamente segmentados, con niveles elevados de desprotección y temporalidad, donde ha aumentado la desprotección y la temporalidad, y donde la negociación colectiva y la organización sindical son extremadamente difíciles, sobre todo para las trabajadoras más vulnerables (las llamadas outsiders).

Este enorme desequilibrio de poder entre capital y trabajo podría haber seguido profundizándose durante la crisis económica que ha generado la pandemia. Sin embargo, en esta ocasión parece que la balanza comienza a moverse, tímidamente, en dirección contraria.

La "Gran Renuncia" (Great Resignation) es el nombre que utilizan muchos economistas para describir el fenómeno de renuncia masiva al trabajo que está teniendo lugar en EEUU. Los niveles de renuncia comenzaron a subir en abril de 2021, superaron los 4 millones en julio y no han bajado desde entonces. En noviembre de 2021 renunciaron al trabajo 4,5 millones de estadounidenses, un millón más que en el mismo mes de 2020[1].

Estas dimisiones masivas han afectado a variedad de sectores e incluyen empleos de mayor y menor remuneración: desde el sector de la salud o la industria tecnológica, a sectores como el comercio minorista y la hostelería[2]. Al contrario de lo que pasaba en crisis económicas anteriores, donde los despidos masivos iban acompañados de recortes en condiciones laborales y salarios, ahora, la dificultad para encontrar mano de obra tras la reactivación económica está empujando los salarios al alza en EEUU, a unos niveles más propios de un contexto de boom económico. La última vez que la tasa de crecimiento de los salarios alcanzó el 4,3% actual fue en noviembre de 2007[3].

¿Qué ha cambiado, respecto a otras crisis, para que la lógica se haya invertido y el poder de negociación de la fuerza de trabajo vaya en aumento? ¿Por qué ahora se sienten con más poder para decidir si cambian de trabajo, para presionar y exigir condiciones mejores? Si bien han confluido una diversidad de factores, hay dos que han cambiado sustancialmente la posición desde la que negocian las trabajadoras: tener tiempo y dinero.

La pandemia ha llevado a miles de personas a situaciones vitales extremas, pero detener la rueda de la economía también nos ha permitido ganarle tiempo al capital. El tiempo siempre ha sido una demanda histórica del movimiento obrero, la jornada laboral de 8 horas fue la protagonista de buena parte de las huelgas en el mundo industrializado a lo largo del siglo XIX y principios del XX. El tiempo, que es fundamental para el descanso y el ocio (como decía el famoso lema de Robert Owen), pero también es condición necesaria para poder pensar, conectar con otros, organizar alternativas o cuidar de los demás.

Tener tiempo para pensar ha sido un factor tan determinante en la Gran Renuncia que el economista Paul Krugman la ha "rebautizado" como the great rethink [el gran replanteamiento]. La crisis sanitaria y el confinamiento también han supuesto una oportunidad para apreciar el tiempo propio, la propia vida, en una sociedad tan mediada por las lógicas de mercado como la estadounidense. Como señala Krugman, cuando algo interrumpe la cotidianeidad y la rutina, uno es más capaz de tomar conciencia de su situación y explorar alternativas de vida. Esto ha ayudado a muchos a decidir renunciar o, directamente, no volver trabajos mal pagado, sin garantías ni protección, ni mucho menos flexibilidad para conciliar. Y si bien, en buena medida, se trata de una decisión individual, las renuncias alimentan un descontento colectivo que está impulsando a otros a hacer lo mismo.

Así mismo, otra característica de este fenómeno es que el tiempo para el trabajo de cuidados se ha convertido en una demanda y un factor fundamental. Esto es, sin duda, consecuencia de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, aunque existen grandes diferencias entre unas y otras. En los sectores de clase media, que han tenido la oportunidad de trabajar desde casa durante la pandemia, empieza a asentarse la demanda de normalizar el teletrabajo. Por otro lado, en los sectores peor pagados – muchos altamente feminizados —, donde las trabajadoras fueron despedidas durante la pandemia o estuvieron en primera línea expuestas al riesgo de contagio, muchas mujeres están renunciando a trabajar por la imposibilidad de conciliar, empujadas por la falta de flexibilidad en el empleo y una ausencia abrumadora de servicios públicos destinados a los cuidados.

Todo indica que se está produciendo un cambio de mentalidad entre las y los trabajadores estadounidenses, que durante la pandemia han terminado de acumular cansancio y hartazgo hacia unas condiciones laborales que no han hecho más que empeorar durante las últimas décadas. Esto no solo ha llevado a la Gran Renuncia, sino también a un repunte de las movilizaciones y huelgas por todo el país. Si bien entre 2018 y 2019, a causa de las movilizaciones en el sector educativo y de la salud, también hubo un gran número de huelgas, en 2020 y 2021 han aumentado las huelgas vinculadas al sector privado, incluyendo a trabajadoras no sindicalizadas con condiciones especialmente precarias que sufren el estrés producido por el sistema laboral del "justo a tiempo" (just in time).

Pero más allá de poseer tiempo, del hartazgo y el aumento de las movilizaciones, la Gran Renuncia no hubiese sido posible si no hubiesen tenido, además, dinero.

Muchos economistas señalan que en esta crisis la situación económica de los trabajadores, en todos los sectores, es mucho mejor que durante las crisis anteriores. Esto se debe, principalmente, al ahorro que se produjo durante el confinamiento y a las ayudas económicas impulsadas por el gobierno de EEUU. El CARES act incluyó como medidas temporales un refuerzo de las prestaciones por desempleo existentes (Unemployment Insurance), a las que se añadirían 600$ semanales extra, y una ayuda específica para quienes no cumplían con los requisitos para percibir el UI. Esto último ha sido fundamental para garantizar algún tipo de seguridad de ingresos a los autónomos y sobre todo a trabajadores de la gig economy (riders, repartidores de Amazon, conductores de Uber y Apps similares, etc.), que normalmente se encuentran en situación de total desprotección. En un país donde la protección social es extremadamente limitada y residual, estas medidas y sus sucesivas prórrogas han dotado a las asalariadas de una herramienta esencial, que les da el poder de decir "no" a trabajos de mierda, como los denominó David Graeber.

En definitiva, las políticas de garantía de ingresos, concretamente las políticas de desempleo, no son solo un mecanismo para dar seguridad económica en momentos de recesión. Son también un mecanismo que otorga cierta independencia del mercado laboral, lo cual es esencial para garantizar un margen y poder de negociación frente a los empresarios. En el contexto actual, ante a las grandes transformaciones que ha experimentado el mercado de trabajo y el aumento de la precariedad laboral, plantear políticas de garantía de ingresos generosas e incondicionales que garanticen esta independencia es esencial para plantear un nuevo gran pacto social que incluya a las trabajadoras más vulnerables. Aquí encajaría, sin duda, la propuesta de una Renta Básica Universal u otras propuestas similares, como la herencia universal de Thomas Piketty.

Lamentablemente, esto no es lo que está sucediendo en Estados Unidos, donde la expansión y refuerzo de la protección social ha tenido un carácter absolutamente coyuntural. Las ayudas del gobierno finalizaron este mes de septiembre, ante la presión de los empresarios que culpan a estas ayudas de la escasez de mano de obra, y las trabajadoras no podrán sobrevivir de manera indefinida al margen de la participación en el mercado laboral. Por otro lado, tampoco es lo que buscan: renuncian partiendo de la confianza en que encontrarán un trabajo mejor.

La conclusión es que este fenómeno, junto al aumento de la movilización social, puede estar impulsando un cambio de mentalidad, abriendo el debate sobre los derechos laborales en EEUU e incluso puede dar lugar a ciertos cambios importantes, como un aumento de los salarios en los sectores peor pagados de la economía estadounidense. Pero para que la balanza no vuelva a su posición anterior y, sobre todo, para que siga aumentando el poder negociador de la fuerza de trabajo frente al capital, hacen falta cambios permanentes y estables en las políticas de bienestar y la regulación laboral estadounidense. Es necesario cristalizar, en las instituciones, el Gran Replanteamiento.

[1] Table 4. Quits levels and rates by industry and region, seasonally adjusted - 2021 M11 Results (bls.gov)

[2] https://hbr.org/2021/09/who-is-driving-the-great-resignation y The sectors most impacted by workers quitting jobs in the Great Recession - The Washington Post

[3] Wage Growth Tracker - Federal Reserve Bank of Atlanta (atlantafed.org)