Dominio público

El dolor retransmitido

Elizabeth Duval

Refugiados de Ucrania llegan al local II. Escuela primaria Rakoczi Ferenc en Tiszabecs, Hungría, 28 de febrero de 2022.- EFE

Hay dos tipos de personas que consideran que la empatía no puede dividirse, entrar en compartimentos, actuar de forma sesgada o simplemente activarse y desactivarse según la circunstancia. El primero, más despreciable, es el de los cínicos de presunta moral hiperactiva, que se erigen como estandartes mientras ocultan que su principal preocupación es la imagen que transmiten al mundo y no el dolor de los demás. El segundo, que merece todo nuestro reconocimiento, es el de las santas y las piadosas, como Simone Weil, para quienes el dolor de un corazón reverbera igual en todas partes.

Hay muchos textos sobre lo que hacen las imágenes con nosotros; no es nueva la pregunta sobre hasta dónde puede una fotografía transmitir el horror, desbrozar, replicar en nosotros el exterminio de un mundo imaginado como la guerra lo produce en el mundo real. Ante el dolor de los demás, de Susan Sontag, se cuenta entre los más célebres, y no han faltado estos días citas. y referencias al libro. En él, retoma (para criticarla) su argumentación en Sobre la fotografía, que vendría a decir que la abundancia de imágenes es perniciosa para la capacidad ética y emocional humana. Califica esa tesis, años después, como un provincianismo pasmoso, un lugar común.

Es un lugar común al que es tentador regresar, por más que Sontag lo califique como provinciano. La sobreexposición a las imágenes sólo ha ido en aumento desde 2003, año de publicación de su ensayo, aunque en 2003 las imágenes y el discurso ya estuvieran bien asentadas tras su invasión del cuarto de estar; esas imágenes y vídeos, ahora a veces en primera persona, quedan completadas por el discurso, un discurso constante, con más de una actualización por minuto apareciendo en las redes sociales y la proliferación de opiniones sobre absolutamente todas las cosas.

Alguien podría teorizar que el hecho de que ahora muchos de esos vídeos se vean vinculados a individuos en lugar de a reporteros que intentan esconderse detrás de sus cámaras permitiría suscitar una mayor reacción empática: vincular el suceso a alguien en el cual nos reconocemos como humanos. Es probablemente una de las cosas que pasan; casi todos los relatos que adquieren relevancia estos días en las redes sociales provienen, de hecho, de gestos espontáneos que son muestras de humanidad. Esos gestos espontáneos se convierten en material simbólico, y el símbolo en mensaje o propaganda: así, los soldados que dijeron, asediados en una isla, "váyase a la mierda, buque de guerra ruso"; de igual modo, la señora mayor que le dijo a un soldado ruso, con poso de tragedia griega, "pon semillas de girasol en tus bolsillos para que crezcan en Ucrania cuando mueras".

Es probable que las manifestaciones espontáneas a las cuales hemos asistido estos últimos días puedan interpretarse como gestos empáticos (y que eso otorgue parcialmente la razón a Sontag al negar que las imágenes de la barbarie nos hagan menos sensibles). Pero lo que hay de cruel en el acompañamiento por el discurso (o sea, en convertirnos a todos en partícipes) es que el horror queda sustituido por un concepto, porque la guerra y la invasión se convierten en temas conversacionales: igual que se habla del tiempo o del trabajo, ahora se habla, sin más, de cómo Putin ha invadido Ucrania.

Es una conversación con frecuencia sin ningún tipo de sentido o interés, pero que nos conforma como grupo (nos horrorizamos en común, así que estamos del lado de la humanidad y no del lado de la barbarie) y nos permite reaccionar de forma colectiva, pertenecer e identificarnos. Aunque no compartamos la terrorífica experiencia, nos vemos de golpe autorizados a hablar de ella, e incluso a elaborar una autoridad virtual basada en comentar los últimos sucesos sin ningún tipo de conocimiento de primera mano.

Dice Benedict Anderson, en Comunidades imaginadas, que el hecho de que los primeros nacionalistas mexicanos hablaran de sí mismos como nosotros, los americanos y de su país como nuestra América no se debía en absoluto a una supuesta vanidad, según quien postularía que los mexicanos se creían el centro de su particular mundo, sino que el sintagma americanos denotaba simplemente la inevitabilidad compartida ligada al hecho de que hubieran nacido fuera de España y en sus colonias.

Las entidades administrativas fronterizas que nos unen con Ucrania son en sí mismas capaces de crear un sentido (aunque sea un sentido cruel e hipócrita) que se ha verbalizado en las declaraciones de algunos periodistas de distintos países europeos: el horror de algunos parece exacerbarse cuando quienes experimentan la guerra son europeos como nosotros, o sea, cuando son blancos y a un nosotros (que parece venenosamente definido también como blanco) se parecen, con todo el supremacismo racista que dicha frase implica. También sucede que están exactamente donde se marcan las fronteras arbitrarias de algo a lo que sentimos que de algún modo pertenecemos, y por lo tanto a ellos nos vemos ligados, particularmente cuando quien invade ha sido construido como uno de los grandes antagonistas de nuestros últimos tiempos.

Hay algo repulsivo, una vez se entra en el análisis racional, en esa generación espontánea de empatía excluyente con nuestros parecidos, con quienes comparten algo tan banal como el color de la piel; es un horroroso comportamiento moral humano que nos hace avergonzarnos de nosotros mismos, víctimas de la división de la empatía en compartimentos a la cual me refería al principio. Por mucho que lo queramos, no nos hemos escandalizado de la misma manera cuando ha habido guerras, quizás incluso más cruentas, que no nos han tocado tan de cerca, y cuyos muertos se parecían menos a la imagen falseada que tenemos de nosotros.

Es como si tuviéramos una brújula moral atrofiada, sobre todo cuando los actos son tan brutales y censurables. Lo que sucede, al mismo tiempo, es que podemos tender inevitablemente a buscar pesos empáticos más pequeños, si no sometemos el comportamiento humano a reglas racionalmente planteadas. Nos veremos dibujando círculos menores dentro de los cuales enfrentarnos a lo abominable, ignorando las fronteras más amplias cuyo dolor sería capaz de reventar cualquier espalda. Es difícil, sin ser santa o piadosa, soportar toda la agonía del mundo, más aún de un mundo en agonía constante.

En mi caso, el dolor retransmitido hace que el dolor ajeno sea menos doloroso; nada ejemplifica mejor esa crueldad, voluntaria o involuntaria, que el momento en el que un programa de televisión utilizó para hablar de la invasión en Ucrania imágenes de un videojuego. No significa esto que la realidad abdique, pero sí que necesitamos algo más que el dolor retransmitido.

Decía la periodista Margaryta Yakovenko en un tweet que es posible aguantar cualquier imagen de la guerra, pero que ella rompió a llorar al reconocer una calle en un vídeo de un tanque pasando por la ciudad en la que nació. Algún resorte se acciona cuando reconocemos la humanidad lejos de la abstracción que pueden provocar las palabras y también las imágenes. Es un resorte que se nutre de la experiencia, pero que no necesariamente la necesita.

Nuestra empatía puede tener tendencias caprichosas e incluso supremacistas, por más que nosotros aborrezcamos esos desmanes; cierto grado de abstracción es necesario para seguir adelante con la vida sin sucumbir ante el dolor, pero demasiada abstracción es capaz de quitarnos a nosotros la humanidad que ocultamos en los otros para no ser heridos.

Dice Sontag, en el ensayo antes referenciado, que no podemos imaginar cómo la guerra se convierte en normalidad, ni podemos entenderlo. Se corresponde con cómo la guerra para sus descendientes se convierte con frecuencia en una conversación incomprensible, imposible de descifrar: en ejemplos de conversaciones recientes que recuerdo, el relato de la masacre del tren de Amritsar, en la partición entre India y Pakistán; la guerra civil española y cómo dejó cicatrices en nuestros árboles familiares. El discurso sobre el dolor heredado puede ayudar a entender el dolor retransmitido, pero no permite ninguna comparación ni puede acercarse a sustituirlo. Si la angustia al ver mapas, tweets, vídeos, imágenes, TikToks, directos en Twitch y miles de fuentes anónimas por minuto ya es insoportable, debe de ser humanamente imposible la angustia de quien vive en la guerra su única realidad, lejos de la retransmisión.