Dominio público

Borrell, la jungla y Abu Khamash

Miquel Ramos

Josep Borrell en una imagen de archivo. EFE
Josep Borrell en una imagen de archivo. EFE

"Los europeos hemos construido la Unión como un jardín a la francesa, ordenadito, bonito, cuidado, pero el resto del mundo es una jungla. Y si no queremos que la jungla se coma nuestro jardín tenemos que espabilar." El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, contestaba así al periodista de El Mundo, Pablo R. Suanzes en una entrevista sobre la invasión rusa de Ucrania y el papel que está desempeñando la Unión Europea. Estas declaraciones se publicaron dos días después de las imágenes que emitió RTVE de varios guardias civiles propinando una brutal paliza a un joven africano que acababa de saltar la valla de Melilla. La imagen de Borrell con una guitarra y melena cantando Imagine de John Lennon, y la de Marlaska disfrazado de Guardia Civil apaleando a un negro, se me juntaron en la cabeza de manera macabra. A algunos nos resulta inevitable imaginar los discursos de algunos políticos y periodistas de estos días en otros contextos, y uno, que tiene una imaginación así un poco peculiar, pues se imagina estas cosas.

No hay que ignorar la gravedad de la guerra en Ucrania ni despreciar el sufrimiento de la población. En ello se han volcado todos los medios, despertando una oleada de solidaridad sin precedentes que nadie debería ver con malos ojos. Pero permítanme que me cueste digerir algunos discursos y dobles raseros, cuando las guerras no son nuevas, y tampoco los actores políticos que hoy se muestran más solidarios que nunca. Las palabras de Borrell sobre el jardincito europeo, ese resort en medio de la jungla, son la muestra del eurocentrismo y del supremacismo que exhiben sin pudor los viejos y nuevos fascismos, y que en realidad aplican los Estados adornando las concertinas de confeti y serpentina. Esa idea de que la civilización occidental, con Europa a la cabeza, está en peligro, rodeada y acechada por los ‘salvajes’ de la jungla a la que hace referencia Borrell, es el mantra de la ultraderecha, que lo cacarea sin rodeos, pero que está más que institucionalizado. Las imágenes de Melilla no podían ser más oportunas, pero tampoco hace falta salir del escenario de guerra en Ucrania para ver cómo esto es la norma.

Borrell usó la misma metáfora que el ex ministro de Asuntos Exteriores israelí, Ehud Barak en 1996, quien dijo que en Israel "todavía vivimos en una villa moderna y próspera en medio de la selva". No es ningún desliz. Lo creen de verdad. De hecho, uno de los principales argumentos de quienes justifican la ocupación y el apartheid israelí es que se trata de la puerta de Occidente, el muro de la civilización contra los bárbaros. El ejemplo de Israel nos viene de perlas para ilustrar, junto algunos otros, el doble rasero de los discursos épicos de Borrell y del resto de líderes europeos en el asunto de Ucrania.

El 8 de agosto de 2018, varios misiles lanzados por Israel contra la ciudad de Gaza mataron, entre otros a una mujer palestina, Inas Abu Khamash, embarazada de nueve meses, y a su hija de 18 meses. Aunque no es uno de los episodios más sangrantes de los ataques israelíes contra Gaza (solo en 2021, Israel mató a cerca de 230 palestinos durante sus bombardeos), la respuesta del ministerio de asuntos exteriores español dos días después fue la siguiente: "El Gobierno condena el lanzamiento de cohetes contra Israel y hace un llamamiento firme a las facciones palestinas de Gaza para que cesen definitivamente estos actos hostiles contra la población israelí." Ni una palabra de las víctimas civiles palestinas. La excusa de Israel siempre que bombardea la ciudad y mata a varias personas, incluidos niños, es que milicianos de Hamás se escondían allí. El periodista Iñigo Sáez de Ugarte publicó un texto sobre este comunicado de tan solo 145 palabras, en el que reprochaba a Borrell "comprar la propaganda israelí", y al Ministerio Español de Exteriores de difundir "un comunicado sobre la situación reciente de Gaza que ignora la violación de los derechos humanos de la población palestina", tras un rastro de cerca de 160 muertos por el ejército israelí durante las protestas de aquellos días.

Las palabras de Borrell tienen tantos escenarios posibles como uno quiera, pero aquí va otro interesante. En su "aplaudido discurso" en el Parlamento Europeo el pasado 1 de marzo, el jefe de la diplomacia europea dijo que "no vamos a cambiar los derechos humanos por su gas. Y este es el momento de repetírselo, y de actuar en consecuencia. No vamos a compartir, no vamos a abandonar la defensa de los derechos humanos y de la libertad porque seamos más o menos dependientes de Rusia". Parecería un noble gesto si no fuese porque, la dependencia del petróleo y de otros negocios con la dictadura de Arabia Saudí no entra en esta ecuación. Aunque estos días haya seguido bombardeando Yemen, por cierto. Pero nos queda lejos, no son ‘como nosotros’, son parte de esa jungla de la que hablaban los mandatarios occidentales. Y lo que pase allí nos la pela. Es más, nos da dinero, ya que precisamente a los sauditas les vendemos armas. Y veranean en Marbella.

De este mismo discurso, me guardo otra frase para la posteridad, a ver si encajaría en otros conflictos: "Cuando un potente agresor agrede sin justificación alguna a un vecino mucho más débil, nadie puede invocar la resolución pacífica de los conflictos. Nadie puede poner en el mismo pie de igualdad al agredido y al agresor." Imaginad a alguien pidiendo armar a los palestinos cada vez que Israel bombardea Gaza o construye colonias en territorios ocupados incumpliendo la legalidad internacional. O a los saharauis ante los constantes ataques de Marruecos, con la responsabilidad añadida que nos toca tras haberlos dejado tirados como una colilla. O a los kurdos cuando son atacados por Turquía, miembro de la OTAN, por cierto. A quienes lo denunciamos no se nos ocurre llamar al envío de armas. Hoy, quien reivindica las vías diplomáticas para parar la escalada bélica en Ucrania es acusado de aliado de Putin o de ser un puto hippie comeflores. Esta me la guardo también.

También me acordé de Palestina cuando se anunciaron las sanciones contra Rusia. Concretamente me acordé de los activistas del movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) a quienes les pedían varios años de prisión por una de sus campañas contra el concierto de un músico proisraelí. Años de incertidumbre ante las peticiones de cárcel y de criminalización en los medios hasta que el juzgado los absolvió.

Esta semana, varios periodistas y tuiteros fuimos crucificados por reproducir los vídeos y los relatos de personas de origen africano y asiático que denunciaban discriminación y racismo en su huida de Ucrania y su entrada en Polonia. Algunos compañeros que estaban sobre el terreno acreditaban los hechos, mientras otros aseguraban que los testimonios que ellos habían recogido no manifestaban nada de esto, y que decirlo podría suponer que otras personas decidieran no huir por miedo a quedarse a mitad camino. Ambas partes tenían razón. Hubo quien cruzó sin problemas, y hubo quien sufrió racismo. Dos días después, la ONU confirmaba las denuncias de racismo. Nos habían acusado de difundir bulos e intentaron ridiculizarnos por redes tildándonos de ser ‘activistas’ en vez de periodistas, que pretendíamos manchar la imagen de Europa por un prejuicio que debemos tener pensando que aquí existe racismo en las fronteras. Desde entonces, los casos de racismo no hacen más que multiplicarse, y hasta los periodistas David Melero y Laura Luque fueron testigos de cómo un grupo de neonazis que se acercaba a la estación de Przemysl, en Polonia, fue interceptado por la policía tras haber cometido los días anteriores varias agresiones contra refugiados no blancos.

El humorista sudafricano Trevor Noah representó perfectamente en un gag este doble rasero con los refugiados según su origen o color de piel, mostrando las crónicas de varios periodistas occidentales relatando la huida de miles de personas refugiadas de Ucrania y diciendo que ‘son como nosotros, como cualquier familia europea’, ‘no es una nación en vías de desarrollo, esto es Europa’, ‘de clase media’, ‘blancos, rubios con ojos azules’...

A nadie se le puede olvidar el trato que recibieron las personas refugiadas que consiguieron llegar durante la guerra de Siria. Las que no morían en el mar, quedaron hacinadas en campos de refugiados, señaladas y criminalizadas por políticos y agredidas por activistas de extrema derecha. El suplicio de aquellos que lograron llegar a Europa para conseguir refugio o al menos el estatus de refugiado contrasta con la generosidad que mostraba el gobierno español con los refugiados ucranianos, ofreciéndoles todas las facilidades posibles para regular su situación inmediatamente. Son parte del resort para blancos, no de esa siniestra y oscura jungla que nos acecha.

Borrell dijo también en su discurso que "nos acordaremos de aquellos que en este momento solemne no estén a nuestro lado". Que este señor se venga arriba de esta manera no sé si es fruto de su soberbia o de su imprudencia, cuando la hemeroteca está ahí y algunos venimos años denunciando cualquier atrocidad cometida por cualquier país contra la población civil. Ya sea en Yemen, Palestina, Sahara, Irak, Siria, Libia, o los Balcanes, mientras nuestros gobernantes miran hacia otro lado o se ponen del lado del agresor. Las palabras del periodista Íñigo Sáez de Ugarte en el citado artículo sobre la infame respuesta del ministerio que lideraba entonces Borrell, son perfectas para redondear esta columna: "Un Gobierno que ignora de forma tan consciente la obligación de defender ciertos principios humanitarios y de criticar duramente a los que los vulneran, (...), es un interlocutor prescindible en este conflicto sin ninguna legitimidad moral para difundir condenas."

Por cierto, seguimos esperando alguna declaración institucional sobre Pablo González, el periodista vasco encarcelado en Polonia al que este país acusa de ser un espía al servicio de Rusia.