Dominio público

Pensar una salida a la guerra en Ucrania

Pablo Bustinduy

El presidente francés, Emmanuel Macron, asiste a una reunión centrada en la igualdad de género en el trabajo como parte del Día Internacional de la Mujer, en el palacio del Elíseo en París, Francia, el 08 de marzo de 2022. (Francia) EFE/EPA/LUDOVIC MARIN / POOL MAXPPP FUERA
El presidente francés, Emmanuel Macron, asiste a una reunión centrada en la igualdad de género en el trabajo como parte del Día Internacional de la Mujer, en el palacio del Elíseo en París, Francia, el 08 de marzo de 2022. (Francia) EFE/EPA/LUDOVIC MARIN / POOL MAXPPP FUERA

En los últimos días el frente diplomático ha comenzado a adquirir protagonismo en la guerra de Ucrania. A las primeras rondas de negociación entre delegaciones rusas y ucranianas en la frontera bielorrusa se sumó un misterioso viaje a Moscú del primer ministro israelí. Un día después de que Tayyip Erdogan mantuviera una larga conversación con Putin, se anunció que los ministros de relaciones exteriores de Rusia y Ucrania mantendrán próximamente un encuentro en Turquía. Tras varios días de especulaciones cruzadas, China ha amagado por fin con asumir un papel más relevante en la resolución de la crisis.

Bennett, Erdogan, Xi Jinping: actores extraordinariamente incómodos para diseñar un horizonte de salida a las violaciones masivas de derechos humanos que contemplamos con horror en estos días (Arabia Saudí se ofreció también como mediadora: no parece que haya cuajado su propuesta, aunque sí sabemos que los EE.UU. se han dirigido a Riad, además de a Maduro, para intentar paliar la terrible crisis energética que resultará del embargo al petróleo ruso). Era de prever que Putin profundizara en su estrategia de orillar a las Naciones Unidas o de ignorar a la Unión Europea como interlocutora para cualquier negociación de paz. También lo es que Moscú solo vaya a aceptar los marcos de resolución del conflicto que le resulten más cómodos y favorables a sus intereses. Pero estos primeros esbozos de mediación sorprenden por la crudeza con la que anuncian una acelerada transición a un mundo donde los resortes para la resolución de conflictos, o para definir las lógicas de gobernanza global, se alejen cada vez más del eje atlántico y de lo que se vino a llamar el "orden liberal internacional".

Para el público europeo, esa transición resulta especialmente significativa al menos por dos razones. La primera es que en esta guerra está en juego nada menos que la arquitectura de paz y seguridad en el continente. ¿Estamos contemplando, como efecto colateral del "despertar geopolítico" de la UE, una relegación del papel y la capacidad de Europa para definir su propio entorno de seguridad? ¿Es posible que el golpe en la mesa que ha dado la Unión (cuyas consecuencias económicas y sociales se harán notar con gravedad en las próximas semanas) vaya de la mano con una merma de su capacidad para decidir su propio destino? Es reseñable en este sentido que el esfuerzo diplomático de mayor nivel que ha salido hasta la fecha de los países europeos haya sido una reunión conjunta de Scholz y Macron con Xi Jinping. Las connotaciones geopolíticas de esa conversación, en este momento de tensión y gravedad, son impactantes.

La segunda razón tiene que ver con las razones profundas de este conflicto y con la posición que Europa ha asumido frente a él. En estos días se ha especulado mucho con las dos visiones contrapuestas que supuestamente inspiran la lectura de lo que está sucediendo en Ucrania. Una visión realista del conflicto partiría de una premisa incontrovertible: Rusia jamás aceptará, bajo ningún concepto, que Ucrania o Bielorrusia caigan en la órbita europea. La "occidentalización" de Ucrania, su ingreso a la OTAN o la UE, es para Moscú una línea roja innegociable: la escala de la agresión de Putin demuestra hasta dónde está dispuesto a llegar para mantenerla. Se puede debatir sobre las razones históricas, ideológicas o políticas de esta posición, pero la posición misma es un hard fact, algo no modificable, que en última instancia se apoya en un arsenal de 6.000 armas nucleares. Para la posición realista, cualquier lectura del conflicto que no tenga este hecho en cuenta es irracional y peligrosa; cualquier escenario de salida debe partir de aquí.

Para la visión idealista, esta premisa equivale a sacrificar el destino del pueblo ucraniano en nombre de una lógica caduca e inaceptable, que concibe el mundo como un enfrentamiento entre grandes potencias que gobiernan a su antojo sus esferas de influencia. En juego en esta crisis estarían por tanto no solo la integridad territorial o la soberanía de Ucrania, sino la posibilidad misma de vivir en un mundo regido por el derecho internacional, donde los pueblos sean libres de decidir su destino y de gobernarse a sí mismos (a menudo, la membresía a la OTAN o a la UE se plantea de hecho como un derecho esencialmente democrático). Ceder ante las exigencias de Putin implicaría por tanto renunciar a los fundamentos democráticos de la Unión y a un orden internacional regido por normas, garantías y valores. En el lenguaje que domina la conversación pública en estos días, equivaldría a rendirse de antemano, abandonar a las víctimas y legitimar al agresor: nadie puede saber quién será el siguiente.

¿Cómo se puede salir de esta contradicción entre dos posiciones aparentemente irreconciliables, cuyo choque amenaza con la perspectiva de una confrontación total? Un primer paso es reconocer que ninguna de las dos posiciones existe en abstracto o de manera absoluta, que la fuerza y los valores están siempre mezclados entre sí, y que por tanto cualquier decisión política que se adopte respecto al conflicto siempre responderá a una forma de equilibrio entre las dos. Ahora sirve de poco recordarlo, pero un ejemplo de cómo estas posiciones no existen en el vacío es la campaña que condujo a la entrada en vigor del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares el año pasado. Acompañado de toda una serie de medidas técnicas para hacer plausible la des-nuclearización completa de las relaciones internacionales, el TPAN ha sido firmado a día de hoy por 86 Estados (España estuvo a punto de sumarse a esa lista: la ratificación del TPAN fue objeto de un compromiso gubernamental que quedó en papel mojado). Todas las potencias nucleares, incluidos los países europeos que defienden en esta crisis posiciones "idealistas", se han opuesto frontalmente a este tratado. Lo hacen en razón de argumentos extraordinariamente  "realistas": como decía, ninguna posición es absoluta ni existe en el vacío.

Más allá de estos matices, la realidad es que cualquier solución al conflicto que no pase por la guerra total consistirá necesariamente en un equilibrio complejo entre las dos posiciones enfrentadas. Y que si los indicios de estos últimos días son fiables, es posible que las coordenadas de ese equilibrio se definan en un lugar que sobrepase claramente el eje atlántico y el marco multilateral de la posguerra. A las consecuencias de la crisis energética y comercial, a la catástrofe humanitaria y los millones de personas refugiadas, al peligro existencial que la guerra cierne sobre Europa, se le añadiría así una dimensión adicional: la transición acelerada hacia un orden multipolar que modifica profundamente la lógica del mundo y el margen que Europa tiene para intervenir en él. La respuesta instintiva de los poderes europeos ante esa incertidumbre ha sido sorprendente y decidida: dar muestra de su poder económico, de su cohesión política, de su voluntad de convertirse en gran potencia militar. Que ese instinto no acabe devorándose a sí mismo, ante las fuertes turbulencias que se avecinan, dependerá de que tengamos también en cuenta nuestros propios equilibrios: no solo nuestras capacidades sino también las limitaciones que nos afectan. Para poner fin cuanto antes a las atrocidades que estamos viendo en Ucrania contarán mucho más los efectos de nuestras acciones que las intenciones que las inspiren. En el corto plazo, ese equilibrio empieza por apoyar con todos los medios los intentos de desescalada y mediación internacional para parar la guerra, por incómodos o contradictorios que nos resulten.