Dominio público

La bofetada se la dieron a Jada Pinkett

Nagua Alba

Psicóloga. Exdiputada en el Congreso.

Jada Pinkett Smith posa en la alfombra roja de los Premios Óscar hoy, en el Teatro Dolby de Los Ángeles, California (EE.UU.). EFE/ Javier Rojas

Lo sucedido anoche en la gala de los Óscar y la conversación posterior sobre ello evidencian cuánto queda aún por hacer cinco años después del #MeToo.

Todo empezó con el lamentable discurso de Chris Rock, cuya abundancia de referencias y estereotipos machistas dejaban clara no solo su mediocridad y su falta de capacidad cómica, sino cómo el chiste más fácil sigue siendo el que agrede a una mujer, ya sea para llamarla "loca" como vino a insinuarle a Penélope Cruz -a la que por cierto se refirió como "mujer de"- o para meterse con su aspecto, como hizo con Jada Pinkett. Dos grandes clásicos del cómico machito.

Si la cosa se hubiera quedado ahí, habría ya mucho sobre lo que reflexionar. Pero es que entonces, Will Smith y su masculinidad herida se subieron al escenario y doblaron la apuesta. El bofetón de Smith a Rock y su discurso al recibir el Óscar dicen varias cosas, y ninguna buena.

En primer lugar, dicen que Jada Pinkett no es un sujeto con capacidad autónoma para ofenderse (o no) por un chiste que le dedican, y por tanto tampoco para defenderse (o no) autónomamente. De hecho, ella misma ha hablado abiertamente en muchas ocasiones sobre su alopecia, las inseguridades que ésta le generaba y el proceso hasta integrarla como parte de su identidad, llegando incluso a tratarlo desde el humor con algún que otro meme en su cuenta de Instagram. Pero esto a Smith le da igual. Porque él solo contempla a Pinkett en relación a sí mismo, como objeto, complemento y posesión: "mi mujer" repetía a gritos incesantemente. Jamás se refirió a ella por su nombre.

Will Smith no estaba dolido ni ofendido por el efecto que las crueles palabras de Rock podían tener en Pinkett, sino por el que éstas tenían en él. No era empatía, sino ego herido. Al desvalorizar el objeto (cosa) de su amor, lo desvalorizaban a él. Por eso se lanzó a atacar.

Esto nos lleva a lo segundo: el actor eligió usar la violencia. Y después, la justificó en su discurso al recibir el Óscar. Argumentos como "el amor te hace cometer locuras" y "he recibido el llamado de amar y proteger a mi gente" recuerdan demasiado al clásico "la maté porque era mía". El amor como justificación para dominar, controlar y agredir.

Pero ese bofetón y la ausencia de consecuencias inmediatas dicen mucho más, quizá lo más grave: que aún hoy algo así puede suceder impunemente delante de millones de personas. Que muchas instituciones siguen sin estar a la altura de lo que se esperaría tras décadas de lucha feminista. Y es que después de la agresión, se permitió al actor recoger su premio con total normalidad, justificarse y acudir a la fiesta posterior a celebrar y sacarse fotos. Mientras, la Academia respondía con un más que ambiguo comunicado: "La Academia no aprueba la violencia de ninguna forma". Esta mañana, muchos medios lo han titulado "el momento incómodo de la noche", restándole así la trascendencia y las graves consecuencias que semejantes actos de violencia -primero los insultos y luego la bofetada- tienen, especialmente en una ceremonia de tal proyección. Lo que pasó anoche dice que hombres como Smith y Rock aún pueden ser referentes y objeto de admiración para miles. Que el modelo de padre de familia, de amor y romanticismo del que hizo apología el actor aún es hegemónico. Y lo peor de todo, que una vez más, cualquier crítica a la reacción de Smith es respondida con más machismo y más violencia contra aquellas mujeres que deciden pronunciarse -no hay más que darse una vuelta por Twitter para constatarlo-.

Y es que a quien realmente agredió esa bofetada fue a Jada Pinkett. Y por extensión a todas nosotras. Porque eso no es amor. El amor jamás tiene como consecuencia la violencia. El machismo, sí. Ojito con romantizarlo. Ojito con banalizarlo.