Dominio público

El movimiento de mujeres y la voz de Francia Márquez

María Eugenia Rodríguez Palop

Eurodiputada de Unidas Podemos

La candidata a vicepresidenta de Colombia por el Pacto Histórico, Francia Márquez.
Fecha: 07/04/2022. Foto de ARCHIVO (EUROPA PRESS)

En Colombia se pasará a la segunda vuelta y las mujeres se juegan mucho.

Se juegan una reforma electoral que les garantice representación política, la persecución y condena de la violencia sexual cometida durante el conflicto y el postconflicto, la protección de sus derechos sexuales y reproductivos, su independencia económica, la agenda de reparación con perspectiva de género y la defensa de la reforma agraria porque son ellas quienes salvaguardan los territorios, los recursos naturales y el tejido comunitario frente al agronegocio y las extractivas. Las mujeres en Colombia, como en cada rincón del mundo, son las defensoras ambientales que abren el camino de retorno a las tierras robadas y expoliadas. La implementación del Acuerdo de Paz, en este y otros puntos, sigue siendo una cuenta pendiente y sin esa implementación no habrá ni verdad, ni justicia, ni reparación para ellas.

El movimiento de mujeres no es homogéneo ni está cohesionado y hay muchas que todavía ven en el feminismo un fenómeno burgués, urbano y de clases medias. Sin embargo, todo hace pensar que las mujeres trabajarán para lograr la unidad frente a la agenda antiderechos y antifeminista de Rodolfo Hernández.

El 19 de junio solo podrán elegirse dos papeletas. La del populismo reaccionario y trumpista de Hernández o la del cambio progresista de Gustavo Petro y Francia Márquez. Un cambio que Colombia jamás ha vivido y que tendría un impacto muy profundo en toda la región. A estas alturas todo el mundo sabe que se hará lo imposible para evitar que Colombia se una por esta vía a la alianza progresista latinoamericana, especialmente, si se prevé, como parece, un triunfo de Lula en Brasil.

En estas tres semanas, el pueblo colombiano tendrá que resistir ferozmente al uso de la violencia selectiva, la extorsión, las amenazas, el fraude, la compra de votos o los confinamientos orquestados por el narco-paramilitarismo. Buena parte del esfuerzo de esta campaña electoral tendrá que dirigirse a garantizar el simple ejercicio libre del voto, y aún tiene que quedar energía para llenar las calles con una respuesta popular coordinada. Las mayorías tienen mucho que perder si se perpetúa el uribismo, se potencian, de nuevo, las políticas neoliberales, se apuesta por la privatización y la desposesión de la tierra, o se refuerza el marco de la misoginia institucional. Una Colombia que vuelva sobre sus pasos será una cárcel para los más jóvenes, las minorías, los pueblos originarios, los trabajadores, las clases populares, los migrantes y las mujeres. Ellas lo tienen claro.

Por eso, sobre todo ahora que el tiempo apremia, este es el momento de Francia Márquez. Porque, como señaló hace poco Gabriela Wiener[i], ella simboliza la desigualdad racial, de género y de clase que sufre buena parte del país. Afrodescendiente, de origen humilde, primero campesina, después trabajadora del hogar, se enfrentó al poder minero en una de las regiones más golpeadas por el conflicto. Reconocida internacionalmente como líder medioambiental, es hoy una abogada contestataria convencida de que el sistema solo favorece a los hombres blancos privilegiados. Frente a la necropolítica y la pretendida-pretenciosa autosuficiencia masculina, Francia podría elevar un entramado relacional de enorme consistencia anclado en los viejos saberes y tejidos comunitarios. Sus saberes ancestrales son, paradójicamente, los que más se necesitan hoy en Colombia y en buena parte del mundo.

Francia es ecofeminista y el ecofeminismo siempre ha reconocido una deuda de vínculo con el pasado y con el futuro. Ha asumido un deber de memoria y cuidado que no reconoce límite temporal; una justicia intergeneracional en la que el tiempo es necesariamente circular. Este hilo narrativo y vivencial es el que nos identifica como el fruto de nuestras sinergias relacionales (escogidas o no) y nos (re)conecta (también críticamente) con nuestras raíces materiales y afectivas. Ser libre aquí no es desvincularse de los otros y del entorno mediante procesos violentos de desconocimiento y olvido, sino reconocerse (re)conectado de manera distintiva. "Usamos el cariño maternal para cuidar nuestro territorio", dice Francia. Y por eso ha sido ella quien ha puesto en la agenda electoral la protección de los ecosistemas y las ontologías relacionales del Buen Vivir, del Vivir Sabroso.

El futuro de Colombia exige, hoy más que nunca, abrir paso a las mujeres y poner un enorme altavoz al discurso de Francia Márquez, porque no hay programa de gobierno ni fórmula presidencial que pueda propiciar un cambio por la vida sin cuerpos, vínculos y articulación social. Con la revolución feminista en las calles y la voz genuina de Francia será más fácil llegar a la Casa de Nariño. Frente a la soledad de los matones que supuran en redes sociales, las mujeres pueden alzar la materialidad masiva, sorora y radical de los que no son nadie. Las mujeres tienen hoy en su mano la bandera del cambio histórico que necesita Colombia.

Ojalá, mañana y siempre, "la dignidad se haga costumbre".

[i] La Francia (Eldiario.es, 25 de mayo, 2022)