Dominio público

Alemania después de Merkel y la guerra en Ucrania

Ruth Ferrero-Turrión

La excanciller alemana, Angela Merkel, habla con el exlíder de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Alemania, Armin Laschet, para la asamblea de la Convención Federal el 13 de febrero de 2022 en el edificio parlamentario Paul-Loebe-Haus en Berlín, antes de la elección del presidente de Alemania.- AFP

Si hace un año alguien hubiera preguntado por el papel que jugaba Alemania en el seno de la UE pocos hubieran respondido algo diferente a "el motor de Europa", "estabilidad" o "fiabilidad". Entonces ya se conocía la decisión de Angela Merkel de abandonar la escena política y que en Alemania se abriría una nueva época. Y así ha sido. Las elecciones alemanas de septiembre de 2021 abrieron oficialmente la puerta a un nuevo contexto político europeo en el que había más incertidumbres que certezas. La configuración de un gobierno semáforo compuesto por socialistas, verdes y liberales era algo novedoso y nadie sabía cómo funcionaría la coalición. Lo único cierto es que en Alemania pasará lo que pasará, gobernara quien gobernara habría estabilidad y que la transición sería pragmática e integradora, salvo con la extrema derecha. Se abría un panorama donde se apostaba de manera clara por la política verde y dónde el discurso del que hacía bandera entonces Scholz hizo incluso pensar en un nuevo resplandecer socialdemócrata. La necesidad de más Estado tras el momento pandémico hacia que estas ideas de corte keynesiano hicieran albergar aires de cambio en Europa. Y así fue, la época de la austeridad, aparentemente, había quedado atrás. A pesar de que un cierto optimismo se había apoderado de las mentes progresistas con el cambio de gobierno de unos meses antes, la impresión general era la de que Scholz iba más lento de lo esperado, y que todavía no tenía el carisma ni el liderazgo suficientes como para dar ese impulso social a Europa. Esto junto con el creciente protagonismo que comenzó a manifestar Macron hizo que cada vez se viera un viraje hacia una Europa más francesa y menos alemana. Y así fue hasta el día que Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero.

Macron en su capacidad como presidente rotatorio del Consejo había tenido conversaciones con Putin para intentar aplacarlo, sin éxito. Y fue entonces, como en las anteriores crisis por las que había atravesado la UE, cuando todo el mundo miró a Alemania. Pero esta vez no obtuvo una respuesta clara. Scholz dudó durante todo el mes de febrero ante los que le apremiaban.

Finalmente, tres días después de la invasión, anunció ante el Bundestag el Zeitenwende, el punto de inflexión en la política exterior alemana y también en la historia de la posguerra europea. Con ello se daba por terminada la Ostpolitik inaugurada por el canciller Willy Brandt en 1969 y que había sido utilizada como la llave de la distensión entre el este y el oeste. Más adelante esta aproximación sería la que dominaría las relaciones con Rusia a través de las relaciones económicas y la diplomacia como hacedores de seguridad y paz, lo que se denominó Wolkenkuckucksheim y que fue corroborado tras la segunda era de la globalización en 1989. La idea central era que el intercambio comercial con Rusia beneficiaria a la industria alemana y la necesidad de gas daría estabilidad a la relación entre ambos países.

Esta Neue Ostpolitik puesta en marcha por los gobiernos socialdemócratas y liberales desde los años 70, es la que ha guiado la política exterior alemana hasta ahora, independientemente del color político del gobierno. Y es en este contexto en el que también hay que situar la postura adoptada por Alemania en la Cumbre de la OTAN de 2008, o el papel mediador jugado en la firma de los Acuerdos de Minsk en 2014 y 2015, al tiempo que se construía el Nord Stream 2. Pues bien, esta política que es a la que, desde Berlín, se considera deudora del final de la Guerra Fría, y por la que apostaron Steinmeier y Merkel, y que ha guiado los pasos de la acción exterior germana es la que, en estos momentos, se ha venido abajo.

El giro dado por Scholz en su discurso ponía fin al pacifismo tradicional alemán de la posguerra, alimentado por su sentimiento de culpa. Contra los postulados histórico donde una Alemania dirigida por el SPD no sería incondicionalmente pro-OTAN, el canciller anunciaba un incremento del gasto en defensa del 2% del PIB de la OTAN, algo que fue extremadamente bien recibido por Londres, Washington y Varsovia que veían como finalmente Alemania cedía a sus tesis y abandonaba su error de cincuenta años.

Sin embargo, Scholz ha seguido dudando, y eso ha dado pie a un intenso y apasionante debate en la esfera pública alemana sobre el nivel de involucración en la guerra en Ucrania a través del envio de armas, donde se ha llamado a la reflexión y la cautela, al tiempo que llamaban a prestar atención a la responsabilidad histórica de Alemania para encontrar un compromiso entre las partes e intentando rescatar ese pacifismo de posguerra alemán.

Esta posición tachada, por parte del líder del partido verde alemán y ministro de Economía, Robert Habeck, como de pacifismo vulgar. Porque sí, los verdes en este debate se han manifestado de manera clara a favor del envio de armas a Ucrania y se han alineado con las tesis más duras en relación con la guerra, las que apoyan los halcones europeos del este y del norte europeo más el Reino Unido y que han defendido desde el principio la posibilidad de que Ucrania pudiera ganar la guerra.

Para Habermas, que también ha participado en este debate constituyente sobre la esencia de la Política Exterior alemana, se trata de una cuestión generacional. La generación más joven, personificada por la ministra de Asuntos Exteriores Baerbock, dice Habermas sólo consigue "ver la guerra con las gafas de la victoria o la derrota", mientras que la generación más veterana "sabe que una guerra contra una potencia nuclear no se puede ganar". Las réplicas no terminaron en aparecer, apelando a la historia que demuestra que el apaciguamiento no puede derrotar al fascismo, en directa alusión a Munich.

El debate entre verdes y socialistas en relación con la posición alemana frente a la guerra va más allá de sus fronteras. Estas posiciones se suman al realineamiento que se está observando entre las posiciones más atlantistas sin fisuras en el que se alinean los países del este, del centro y del norte europeo, frente a aquellos que apuestan por una mayor autonomía estratégica en relación con Washington donde se sitúan Francia, Alemania o Italia será determinante para ver en qué dirección avanza la UE. Si gana opción acrítica, entonces la OTAN habrá cumplido con su objetivo, en palabras de Lord Ismay, secretario general de la organización transatlántica entre 1952-1957, "keep the Soviet Union out, the Americans in and the Germans down" ("mantener fuera a la Unión Soviética, a los americanos dentro y a los alemanes abajo").