Dominio público

La quinta depresión

Ana Pardo de Vera

"Gracias, Mercedes. Gracias por contarlo. Gracias por hacernos ver a quienes la sufrimos que no estamos solas, que estas cosas pasan, que no somos bichos raros". La chica, muy joven y sentada entre el público, lloraba este sábado mirando hacia el escenario del Museo de Pontevedra, donde la Diputación que preside Carmela Silva celebró el fin de semana la quinta edición de su congreso de mujeres periodistas, As mulleres que opinan son perigosas. Lo celebramos cuatro años y una pandemia después.

Mercedes Milá, que charlaba como es ella, única y excepcional, con Susana Pedreira, una de las periodistas impulsoras y almas del evento junto a Diana López, miró a los ojos a la muchacha que nos había congelado el corazón a todas y le dijo: "¿Y cómo estás?". La chica, cuyo nombre voy a omitir, le contestó, nos contestó, que estaba saliendo de "su quinta depresión", así que consideraba que estaba "bien". Contó que sus depresiones son exógenas, es decir, provocadas por un factor externo: sufrió abusos sexuales cuando era una niña.

Pese a su testimonio demoledor, que nos entró en las entrañas como lanzado por un bazuca, la preocupación de esta joven era hacerle llegar a Mercedes Milá su agradecimiento y a nosotras, mujeres y hombres que llenábamos la sala pese al día radiante en la ría de Vigo y de Domingo Villar, insistirnos en la importancia de que gente con la proyección de Milá, sus dotes comunicativas, su trayectoria, su sensibilidad arrolladora, hubiese hablado y contado, durante una entrevista con Jordi Évole, en primera persona, con todo detalle, su depresión; el relato de cómo el cerebro incombustible de una fuera de serie había hecho crack por la llamada hormona del estrés, el cortisol.

La breve conversación de la mujer desgarrada con Milá, entre el auditorio y el escenario; su brutal experiencia narrada con esa valentía, las lágrimas generales de una empatía imposible de desactivar, el grito desesperado por una sanidad pública que esté ahí siempre, también cuando el cerebro se rompe, y el silencio seco y duro que acompañaron estos minutos fue uno de los momentos cruciales del congreso. No fue el único.


Las periodistas, plurales como la misma condición humana, necesitamos encontrarnos, hablar, compartir, reírnos, acercarnos más allá de la televisión, del periódico o de la radio y ponernos al día de la vida de cada una, que no hay dos iguales, pero en las que todas hemos sufrido por algo en algún momento o en varios; y en muchos, por la desigualdad a la que vamos ganando terreno, amplísimo, pero, en la que aún queda batalla ante fuerzas poderosas que pretenden impedirlo. Sobre todo, tenemos que juntarnos con y por aquellas que no tienen voz pública o pantalla y una tarde de sábado, deciden ignorar la playa seductora, y vienen a un congreso excepcional a dejar su testimonio brutalmente excepcional. O no tanto.

Ahora, de vuelta a Madrid desde Pontevedra, mientras escribo, con Mercedes sentada ocho asientos por detrás de mí, leo un reportaje de este domingo en la Cadena Ser, donde detallan el último informe de la fundación ANAR: los abusos sexuales a menores han aumentado un 300% en una década y nueve de cada diez casos de abusos a niños y niñas los cometen hombres del ámbito familiar. En España, ni hay un plan para evitar estos abusos ni hay un sistema que penalice de verdad este delito execrable. No estamos preparados y las cifras siguen subiendo, el daño infligiéndose y la impunidad entre los abusadores, campando a sus anchas con poderosos respaldos y cómplices silencios. "De 25 alumnos que hay en cada aula de un colegio, cinco serán abusados antes de los 14 años". ¿Cómo podemos dormir tranquilas?