Dominio público

La soledad de Pepe Gotera

Pepe Viyuela

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, conversa con el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares (d), este miércoles durante el pleno del Congreso de los Diputados. EFE/Fernando Alvarado

A medida que pasan los días se acentúan las consecuencias del patinazo de Pedro Sánchez y su ministro Albares en la crisis abierta con Argelia por el giro en su consideración sobre el Sáhara Occidental como provincia autónoma de Marruecos.

La soledad de ambos es la de Pepe Gotera y Otilio ante una chapuza descomunal que resulta cada vez más clamorosa y de más difícil arreglo. "¿Y ahora qué?", Parecen decirse. Resulta que las relaciones con Argelia se han ido al garete y la postura de Marruecos ni es más amistosa ni más conciliadora de lo que venía siendo históricamente.

La monarquía alauita no solo no tiene ninguna prisa en cumplir los compromisos adquiridos con Sánchez y Albares, sino que es más que probable que nunca llegue a cumplirlos. Mientras tanto, lo que sí se ha conseguido es cosechar el desprecio y la desconfianza de Argelia, que ya prefiere contar como aliados con otros países europeos antes que con el nuestro. Y la chapuza sigue creciendo.

La cantilena de Albares echando la culpa a Putin de esta crisis no acaba de colar y solo echa más leña al fuego. Pero la culpa, en este caso, no puede echársele al maestro armero, ministro, toca apechugar y asumir que las consecuencias de la temeraria idea de arrojarse en brazos del Majzén, son de su absoluta autoría.

Me comenta un amigo en este sentido que Marruecos es algo así como el maltratador que somete a humillaciones constantes a su víctima y, al mismo tiempo, exige respeto; alguien que cuantas más contemplaciones se tengan con él, más te seguirá exigiendo y humillando.

Albares y Sánchez deberían saber que no hay otro modo de parar los pies a Marruecos que recurrir a la legalidad internacional, dejarle claro que los territorios del Sáhara no le pertenecen y que hay que escuchar la voz de los saharauis y que deben ser ellos quienes decidan sobre su propia soberanía.

Por más que el ministro Albares haya corrido a pedir auxilio a Europa tras el anuncio de Argelia de romper las relaciones comerciales y de amistad, no se ha conseguido nada sustancial. Se sigue enredando en su propia madeja y tropezando con sus propios pies.

Es posible que Argelia haya matizado el tono de su discurso, llegando incluso a cesar a su ministro de finanzas, pero es evidente que su resquemor continúa siendo el mismo, como parece demostrarlo el hecho de que consideren que al frente de nuestra diplomacia se encuentre un pirómano; así como que sigan dando instrucciones a sus empresas para que busquen alternativas a los negocios que tienen con nosotros.

Por su parte, las empresas españolas con intereses en Argelia siguen viendo el futuro con temor y confiando poco en una solución próxima. Y los ciudadanos de a pie tememos la llegada de una subida del precio del gas en los próximos meses. ¿Alguien da más?

Por otro lado, cuando a nadie se ha consultado a la hora de tomar una decisión tan grave como la de ponerse del lado del agresor en la cuestión del Sáhara Occidental, cómo puede pretenderse tachar de desleal a la oposición y a tus propios socios de gobierno, por no secundar un error tan garrafal. Las decisiones unilaterales son responsabilidad exclusiva de quien las toma, y no se puede exigir complicidad a quien no se ha tenido en cuenta previamente.

Pedro Sánchez y Albares han ido demasiado lejos con esta chapuza y han conseguido incluso enturbiar los logros que haya podido alcanzar esta administración en otros asuntos. Esta legislatura quedará siempre marcada por el abandono consumado del pueblo saharaui en manos de un país invasor.

Particularmente ya no puedo pensar en otra cosa cuando escucho a nuestro presidente referirse a cualquier tema, tengo la impresión de que su indignidad le acompañará a donde vaya y temo que las consecuencias más graves, tanto diplomáticas como económicas, estén aún por llegar.

Solo hay algo que, a mi juicio, podrían hacer el presidente y su ministro, y sería rectificar y donde dijeron digo, decir de nuevo Diego. Reconsiderar su apoyo a Marruecos en su tramposa propuesta autonómica es lo único que podría ayudar a limpiar su complicidad con un régimen que encarcela y tortura a los saharauis que luchan por su independencia.

Pero eso es algo que seguramente no ocurrirá, sencillamente porque rectificar es de sabios y nada parece apuntar a que estemos ante nadie que merezca esa consideración.

Y lo peor de todo es que seguimos sin oír hablar de los saharauis en esta crisis. Todo se ha vuelto hacerlo de intereses comerciales, aduaneros, gasísticos, de empresas, de cuestiones diplomáticas o industriales; pero sobre los derechos humanos más elementales que llevan siendo violados en el Sáhara Occidental desde hace casi cincuenta años, nadie está abriendo la boca.

De nuevo las víctimas son las que pagan los platos rotos.