Dominio público

Mitos e inexactitudes sobre Argelia, el país del que todo el mundo habla... no siempre con conocimiento

Itxaso Domínguez

Coordinadora para Oriente Próximo y Norte de Africa en la Fundación Alternativas y profesora asociada en la Universidad Carlos III de Madrid

Los argelinos celebran la victoria de su selección nacional en el partido de fútbol final de la Copa Árabe de la FIFA 2021 entre Túnez y Argelia en Argel, el 18 de diciembre de 2021. Riad KRAMDI / AFP

No creo en las casualidades cuando de entender la política global se trata. Tampoco creo que fuera una casualidad que, cuando mi editor sugirió publicar un artículo sobre algunas informaciones básicas sobre Argelia que la mayoría de la sociedad española desconoce, me encontrara inmersa en la búsqueda de un libro de 1996 llamado ‘Colonial Mythologies: Algeria in the French Imagination’ (excelente, por cierto). Pasemos sin más dilación a repasar algunas de las realidades de Argelia que no todo el mundo parece controlar.

La política exterior de Argelia es más complicada y multidimensional de lo que se piensa

A pesar de que se ha presentado la decisión de Argelia de suspender el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación de 2002 con España como una reacción irracional y sorprendente, la iniciativa fue, al igual que la política exterior del país, mesurada y coherente. Poco se ha hablado de que Argel siempre ha cumplido sus compromisos. Esta política exterior también se ha caracterizado por la desconfianza hacia la UE, aunque no siempre con sus Estados miembro, por la significación del principio de no interferencia y por la búsqueda de estabilidad de sus vecinos. En los últimos años, también por la diversificación de aliados en el plano regional y global (estrategia también abrazada por Marruecos). Frente a España (y otros países), Argelia ha contado con potentes bazas: a todo el mundo se le viene a la cabeza el gas, pero también es necesario hablar de la movilidad humana y la seguridad, además de algunas inversiones recientes en sectores contados. Aunque el control migratorio ha representado un pilar del interés de Madrid en el Sur del Mediterráneo, no es baladí señar que Argelia trata este fenómeno de forma distinta a Marruecos, en atención a la sensibilidad social que existe en el país hacia los llamados ‘harraga’.

Esta política exterior no está esencialmente definida por dicotomías de la Guerra Fría (tampoco la marroquí, de hecho). Estos últimos días, desde gobierno y analistas en medios, se ha apuntado a la relación entre Argel y Moscú para explicar, en todo o en parte, la ruptura de relaciones. De forma intencional o no, se ha intentado desviar la atención del motivo central de la decisión. Es cierto que la estrecha relación con Rusia se ha mantenido durante años y hoy en día se despliega en numerosos ámbitos como el militar. A nadie escapó la abstención de Argelia cuando la Asamblea General de Naciones Unidas propuso sancionar la invasión de Ucrania (tampoco el rechazo a participar de Marruecos). No obstante, lo cierto es que la decisión del 8 de junio aconteció estrictamente en reacción al giro español. Argelia no fue informada (a pesar de que se declaró lo contrario), ni ha recibido una explicación clara y convincente de los motivos españoles (tampoco ante la sociedad y arena política españolas).

Los gestos por parte de España, como la repatriación exprés del disidente Mohamed Benhlikma, no fueron suficientes para apaciguar el enfado argelino. Y es aquí donde entra en juego una realidad puesta de relieve por numerosos expertos: la política exterior de España en esta parte del Magreb se ha visto condicionada durante décadas por el triángulo España-Marruecos-Argelia, obligado por estos dos últimos a ceñirse a un juego de suma cero. El ‘giro histórico’ del 18 de marzo representó un abandono de la neutralidad en favor de la postura de Marruecos, y por lo tanto fue lógicamente percibido como una clara preferencia por Rabat y la ‘solución’ que el Reino lleva desde el 2007 defendiendo para convalidar su ocupación del Sahara Occidental. Por si esto fuera poco, una vez anunciada la decisión, España, en vez de negociar, volvió a recurrir a un gesto unilateral de demostración de fuerza con la implicación de la UE.

Es imposible entender el Magreb sin prestar atención a la centralidad del conflicto entre Argelia y Marruecos

Este conflicto es anterior al -primer- abandono español del Sahara Occidental. Tras la independencia de ambos países, hacia la que ambas sociedades lucharon al unísono, Marruecos intentó apoderarse de territorio desértico que los administradores coloniales franceses habían otorgado a Argelia. Esto condujo a la guerra de las Arenas. Después de algunas semanas, las partes acordaron un alto el fuego, pero desde entonces se han visto involucrados en un enfrentamiento diplomático de larga data. Esto llevó a una marcada Preferencia por la integración vertical (hacia Norte y Sur) que por la horizontal/regional, que ha dado al traste con iniciativas como la Unión del Magreb Árabe

A lo largo de la última década, la creciente asertividad marroquí en el plano doméstico y regional (incluyendo África en su conjunto), una estrategia estructuralmente anclada en el reconocimento de su soberania en el Sahara ha puesto a Argelia a la defensiva. La rivalidad bilateral se intensificó cuando la administración de Donald Trump convenció a Rabat de normalizar sus lazos con Israel, a cambio del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el territorio del Sahara. Argelia consideró la nueva amistad de Marruecos e Israel como un movimiento ‘hostil’. La crisis del verano de 2021, en la que Argelia lanzó una ristra de acusaciones, sentó los cimientos del acercamiento con España. Argel cortó los lazos diplomáticos y cerró las fronteras con Rabat. El rearme progresivo de ambos países llevó a algunos a hablar de guerra, quizás de forma exagerada. Otros estados cambiaron, antes que España y sin llegar al nivel de Estados Unidos, su postura respecto al Sahara. Fue el caso en Europa de Alemania y Países Bajos, algo que puso aún más en alerta a Argelia. Pero se trataba de países con una relación mucho más superficial con el país norafricano que España.

No se puede atender a la relación Argel-Rabat sin abordar la centralidad de la colonización del Sahara Occidental

Es de sobra conocida la alianza histórica entre Argelia y el Frente Polisario, el autoproclamado gobierno saharaui en el exilio. Ambos abogan por la independencia de la última colonia de África (nos decantamos por no analizar aquí el estatus de Ceuta y Melilla), una República Árabe Saharaui Democrática en línea con la descolonización por la que abogó el derecho internacional. Una vez que Marruecos se apoderó de la mayor parte del Sáhara Occidental, Argelia comenzó a brindar apoyo militar al Frente Polisario y permitió que sus líderes, así como muchos refugiados saharauis, se establecieran en territorio argelino. La población argelina se sentía aún más vinculada con una causa profundamente anticolonial, vinculación que hunde sus raíces en la lucha del país contra la colonización francesa durante 132 años.

El sistema político de Argelia se ajusta a los contornos de un régimen autoritario (no tan diferente, en ese sentido, del de Marruecos, por mucho que éste sea en ocasiones calificado de ‘liberal’)

Argelia ha solido y suele levantar simpatías entre la izquierda, como consecuencia principalmente de la herencia de la Guerra Fría y de su postura como campeón de las luchas anticoloniales y antiimperialistas. Esta parcialidad no suele tener en cuenta el contexto actual en el país. Un desarrollo que pasó desapercibido -una vez dada a la ‘Primavera Árabe’ por fracasada en el imaginario colectivo- es cómo la ruptura cada vez más evidente del contrato social poscolonial que el régimen tejió con los argelinos y renovó en varias ocasiones llevó a las movilizaciones masivas protagonizadas en 2019 y hasta la pandemia de la covid por un movimiento transversal y pacífico conocido como Hirak. Aunque éstas llevaron a que Abdelaziz Bouteflika renunciara a presentarse a un quinto mandato y sentaron las bases de una nueva narrativa no del todo extinto, aún no ha sido posible desalojar al régimen, y algunos hablan de un retorno a la casilla de salida.

El papel del ejército ha sido clave a lo largo de la historia del país, y el periodo actual no ha sido excepción: los militares han intentado presentarse como salvadores de la patria y acudir al rescate de los ciudadanos. Esto es cada vez más difícil, y su protagonismo indiscutible en el mantenimiento del sistema, además de una represión creciente, contribuye a erosionar su legitimidad por momentos, aunque todavía no quede claro quiénes podrían ser las élites independientes llamadas a poner en marcha nuevas instituciones. De momento, el proyecto ‘Una nueva Argelia’ del presidente Abdelmadjid Tebboune toma forma de un recordatorio del inmovilismo del sistema, o incluso de un chiste macabro.

El futuro de Argelia seguirá dependiendo del gas... hasta que deje de hacerlo

Tebboune también aseguró en septiembre de 2020 que Argelia avanzaba ‘hacia una economía abierta al mundo’. Un término que viene a la cabeza de muchos al pensar en el futuro a medio de plazo del país, al igual que el de otros estados rentistas es... ¿qué ocurrirá cuando el gas se acabe o deje de ser relevante? Esta complicación no escapa a las élites argelinas, conscientes de la insuficiente diversificación económica del país y de que el maná de los altos precios de los hidrocarburos (engordado por la guerra en Ucrania, y con todavía recorrido) les ayuda a comprar tiempo (y estabilidad social)... de forma transitoria. Sin embargo, el estancamiento que protagoniza la arena política ha impedido a lo largo de estos años la adopción de reformas de la estructura económica del país, que tanto necesitan los jóvenes licenciados para no echarse al mar.

Reformas que, por ejemplo, podrían avanzar hacia un papel central del país en la producción de energía renovable, algo trascendental si tenemos en cuenta cómo la emergencia climática se ceba y cebará con el Sur del Mediterráneo. Hasta que esto ocurra -si ocurre-, la única medida adoptada con ahínco ha sido el control de las importaciones, en línea con el énfasis que el país ha puesto durante años en los peligros de ceder soberanía ante instituciones financieras internacionales. Eso sí, de momento a costa de un auténtico drenaje del tejido productivo. Y la realidad es que la economía está hoy aún menos diversificada y depende aún más de los hidrocarburos que hace tres años. Por si esto fuera poco, sobre todo si tenemos en cuenta la rivalidad mencionada, el país atrae mucha menos inversión extranjera que Marruecos.

¿Qué hay del futuro de la relación España-Argelia? Es claro que todos los elementos anteriores, tanto los domésticos como los más globales, jugarán un papel clave en su evolución. Las dinámicas domésticas también son clave desde el punto de vista español, muy particularmente si tenemos en cuenta que Argelia parece confiar en un cambio de inquilino en La Moncloa. Todo parece indicar, no obstante, que no hay partido mayoritario en España que genuinamente esté dispuesto a revertir la postura de España vis-à-vis Marruecos, por muy críticos que todos se hayan mostrado con la decisión del gobierno. En cuanto a las dinámicas regionales, se están perfilando nuevos subsistemas en el Mediterráneo Occidental y Oriental, con la energía como pilar clave. El tiempo dirá, pero lo que parece claro es que España o la UE no están dispuestas a cambiar su postura frente al Mediterráneo y el Sur Global en su conjunto: las líneas de color creadas hace siglos no se moverán un ápice, y todos sabemos quiénes sufren principalmente las consecuencias: las sociedades de Argelia, Marruecos, y tantos otros países ‘aliados’...